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A un año del busazo en calzada la Paz: La herida aún no cicatriza

En esta aldea retumba la ausencia de quienes nunca retornaron a casa

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Un año después de la tragedia que aún retumba en la aldea Santo Domingo Los Ocotes, San Antonio La Paz, El Progreso, el polvo se levanta y el dolor y el drama continúan vigentes. 

El 10 de febrero de 2025, un autobús extraurbano se precipitó al vacío en la calzada La Paz, zona 6 de la capital, lo que causó el deceso de 54 personas.

Hoy, sus familias cargan el terrible vacío de sus seres queridos. Rosa Florinda Ramírez, de 73 años, frente a su casa de lámina, con piso de tierra, vive sola, pues su hija, la maestra Edna Mariela Ramírez y sus tres hijos menores de edad iban en esa camioneta rumbo a la capital.

Sus ojos miran al horizonte como si esperaran verlos de nuevo por el camino empedrado. “Me dejaron sin nadie. Se fueron mis niños, mis únicos niños”, murmura.

La soledad la envolvió como niebla matutina, pero Dilia Rivera, una vecina, la cuida. Le da comida, le ayuda con la venta ambulante de frutas que tiene Rosa para sobrevivir. 

“Sin Dilia, ya me habría muerto”, confiesa Rosa, mientras una lágrima surca su rostro. En su casa no hay fotos recientes; solo un altar improvisado con velas a medio consumir.

Reginalda Rivera, viuda desde esa madrugada, abre la puerta de su hogar con una sonrisa forzada. Su esposo, mensajero en la capital, ya no está.

“Era la cabeza de esta casa”, dice. Ahora vive sola con sus hijos que siempre salen a trabajar. Lucha contra las noches en que el insomnio la obliga a revivir el momento en que le dieron la noticia. 

“Me dijeron que ya no va a volver. Y el mundo se me vino abajo”, revela.

Imborrable

Francisca Rodríguez atiende su pequeño puesto de abarrotes. Perdió a su compañero. “Una vida juntos no se borra con un parte de defunción”, asegura con voz firme, pero los ojos la traicionan. Por las tardes se sienta en la penumbra y habla con él, como si aún estuviera ahí.

Irma Catalán evoca a su esposo como un hombre callado, pero protector. “Él era reservado, y siempre lo voy a recordar como mi compañero de vida”.

En tanto, Aracely Revolorio perdió a su hermano de 41.

“No se metía con nadie, era un hombre trabajador; sigue siendo muy duro, lo seguimos recordando”, dice y señala su pecho. 

En Santo Domingo, el luto es colectivo. Las calles parecen más vacías. Un año después, las indemnizaciones llegaron para algunos, pero el dinero no compra un abrazo, una risa o un “mamá, ya llegué”. 

Flores y recuerdos

Esta mañana, decenas de familiares llegaron a enflorar a sus seres queridos al lugar del trágico accidente, justo donde el bus cayó unos 20 metros hasta detenerse en el río Las Vacas.

Entre un silencio que se oía hasta lo más profundo del alma, cada pariente realizaba su ritual de enflorado y, sin duda, hablándole a su ser amado que vive y vivirá por siempre en el corazón de cada uno.

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