La artista performática Regina José Galindo realizó ayer frente al Palacio de Justicia una de esas intervenciones que obligan a observar, incluso cuando mirar incomoda. Entre transeúntes y curiosos que se detuvieron, la actriz se cambió de ropa en plena vía pública y se colocó el traje del periodista Jose Rubén Zamora, fundador del extinto elPeriódico, quien permanece privado de libertad.
El gesto de ponerse literalmente en la ropa del otro condensó el núcleo de la acción: asumir el cuerpo, voz y vulnerabilidad de un periodista perseguido. Ya vestida con el traje de Zamora, Galindo leyó una carta escrita por él. Un texto vehemente y profundamente político, donde repasa los mecanismos de censura, persecución y silenciamiento que han marcado su vida profesional y la relación entre poder y la prensa en Guatemala en los últimos 40 años. Zamora afirma que en el país se intenta someter a la prensa desde múltiples frentes, con el fin de convertir a la prensa en propaganda. “Las responsabilidades del periodismo son la crítica, fiscalización y lucha constante y sin cuartel contra los abusos de poder”, escribe, para luego subrayar la ausencia de contrapesos institucionales para frenar la corrupción e impunidad.
Sostiene que el país ha desarrollado “un sistema sofisticado de cleptocracia” y que cada cuatro años “elegimos a un cleptodictador”, en alusión a las alianzas entre élites políticas, económicas y redes criminales.
Reflexión sobre la libertad
El preso ilegal también retoma episodios de persecución que, según su relato, incluyen atentados, amenazas, campañas de difamación, vigilancia estatal, boicots comerciales, espionaje, secuestros, agresiones físicas, sabotajes y el asesinato de un colaborador cercano.
La carta culminó con una reflexión sobre la libertad, entendida no como concepto, sino como práctica. “La libertad no se define, se ejerce: es una apuesta”, cita y añade que existe libertad cada vez que alguien se atreve a decir no al poder, incluso en soledad y marginalidad.
Frente al Palacio de Justicia, la acción de Galindo convirtió ese texto en presencia física. El cuerpo de la artista cargando el traje de Zamora reforzó una lectura inevitable, donde más que leer una carta, encarnó una denuncia sobre la fragilidad de la libertad de expresión y sobre los costos (a veces personales, a veces mortales) que asumen quienes la ejercen.











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