Volver a reír con Happy Gilmore (y conmigo mismo)
La nostalgia es ese perfume emocional que nos lleva de regreso a un tiempo donde todo parecía más simple, más emocionante, más nuestro. Es un abrazo invisible del pasado que nos conecta con una versión de nosotros mismos que ya no existe, pero que sigue viva en recuerdos, canciones, sabores… y sí, también en películas.
El cine sabe bien cómo activar esa memoria afectiva. Sobre todo cuando se trata de secuelas que llegan décadas después. No solo traen de vuelta personajes y frases, también emociones, risas y heridas que creíamos sanadas. Son como portales al pasado.
Happy Gilmore 2, recién lanzada en Netflix, me hizo sentir precisamente eso. No solo reviví al Happy rebelde y adorable de Adam Sandler, sino que sentí que revivía a mi yo de mediados de los noventa, el que se desvelaba viendo Saturday Night Live los sábados por la noche.
Ver a Happy fue como reunirme con un viejo amigo que se las arregla para seguir siendo chistoso pese al tiempo. Me recordó mis días de VHS y risas espontáneas, de cuando el humor era más absurdo, físico, ridículo… y por eso mismo, era genial. Fue como revivir esos años de irreverencia inocente que me marcaron para siempre.
Hace poco volví a ver la primera Happy Gilmore (1996) y me di cuenta de algo: más allá de la comedia, esta siempre fue una película de superhéroes disfrazada de filme deportivo. Happy tenía un superpoder (ese swing imposible), un mentor (Chubbs), un villano (Shooter), y hasta una abuela como brújula moral. Era como el Spiderman del golf.
Y claro, Happy Gilmore 2 mantiene esa mezcla mágica de géneros. Ahora Happy es más viejo, más cascarrabias, pero igual de entrañable. Hay una escena de su “nuevo espacio seguro” que sorpresivamente se parece demasiado al mío.
Siempre quise ver triunfar a Happy, que fuera feliz, que se reivindicara. Tal vez porque, en el fondo, yo también quiero eso para mí. Tal vez ver a Happy levantarse, pese a los años y los tropiezos, me hizo pensar que yo también puedo seguir intentándolo. Que no importa cuántos swings fallidos tenga la vida, siempre puedo intentar otro más.
Tal vez se necesita un poco de locura para conmoverse de esta manera con “la nueva comedia genérica de Adam Sandler”, pero para ahí se dirigieron las emociones, con risas y esperanza. ¿Qué se puede hacer? Como decía Chubbs y sin abrazo por detrás: “Un toquecito a la vez, suavecito”.
Comedia
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Documental
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