Vida y muerte a debate

¿Puede el Estado ser garante de la vida si en el seno de la sociedad grupos la irrespetan?

La pena capital nos divide. Unos en favor, otros en contra. Se ha de privilegiar la vida humana tal cual valor supremo nos ilustra el humanismo en el derecho penal. Tales argumentos son irrefutables siempre y cuando haya un sistema de justicia que opere bajo esas premisas y que se aplique de tal manera que en sus procedimientos observe rigurosamente la igualdad ante la ley de los sujetos procesales. A mi juicio abolir la pena de muerte no es el fin de un ordenamiento legal. Ha de ser el resultado del acertado emprendimiento en la construcción de los valores supremos del Estado de Derecho.

En consecuencia ha de prestarse particular atención a los derechos de las víctimas y de sus familiares, ante la manifestación de horrendos crímenes o mutilaciones humanas, cuya saña en su momento, fue la patente de reconocimiento en el fuero delincuencial. En esos actos el victimario renunció al valor supremo de la vida humana. Entonces, ¿qué hacer? ¿Cómo puede un Estado cualquiera ser garante del privilegio a la vida, si en el seno de su propia sociedad, por un conjunto de precariedades y de limitaciones, hay congregaciones que la desprecian constante y reiteradamente? ¿Cómo pueden instaurarse las garantías procesales si la justicia no se administra pronta y cumplidamente, tal el mandato constitucional contenido en el artículo 207? ¿Cómo, verdaderamente más allá de la misericordia religiosa, puede guardarse el respeto a la vida de quien se burló de ella de manera reiterada? ¿Qué garantías de reinserción pueden ofrecerse de quien abdicó de las más elementales normas de convivencia social y laceró con su brutalidad la vida de sus víctimas?

¿Cómo hemos de comportarnos en una sociedad que tampoco ha querido volver la vista hacia las personas que por una u otra razón entran en conflicto con las leyes? Entonces, repregunto, ¿qué hacer? Si nos inclinamos en un sentido de los criterios apuntados y nos aunamos por la vida, las asociaciones delincuenciales continuarán en sus actitudes y acciones desafiantes. Las cárceles seguirán atiborrándose. El confinamiento ya está en un punto de hacinación. El infierno de tal encierro es patético y un tormento adicional.

Ante tales condiciones se pervierte aún más el antisocial. Se incrementan los rencores y aflora el sadismo y la barbarie al ejecutar nuevos hechos criminales. No es un círculo. Es una espiral que cada vez abarca a más personas, a más sectores, a más lugares. Nos orilla a perder territorio y a conformarnos con nuestros propios encierros y búsqueda de sensaciones de seguridad y tranquilidad. Ello explica las calles vedadas, las tiendas con barrotes, las colonias cerradas. Los muros y talanqueras ¿Esa es la vida que queremos, parece que no es la solución? ¿Qué hacer? Si por donde se mire la vida y la muerte también nos fracciona.

Walter del Cid