En la escena teatral guatemalteca donde el telón se levanta entre obstáculos y esperanzas, Ricardo Martínez —director, productor y dramaturgo— es intérprete imprescindible para entender el estado actual del teatro. Poseedor de experiencias y una mirada crítica, pero apasionada, no solo alerta de las limitaciones físicas y estructurales que enfrenta el arte escénico, sino que también señala las grietas invisibles: la improvisación sin formación y la falta de relevo generacional.
En esta entrevista con el Diario de Centro América invita a mirar el arte escénico no como lujo, sino como una necesidad urgente. La convicción de que sobre las tablas se refleja, cuestiona y transforma la sociedad misma.
¿Cuáles son los desafíos y logros de la profesión teatral?
Considero que lo principal a lo que nos enfrentamos son los espacios limitados y los pocos existentes son costosos. Lo segundo, es que hay demasiada improvisación, los profesionales manifiestan su desinterés al trabajar con personas sin trayectoria, que no son egresados de academia, lo cual va en detrimento de la calidad del espectáculo y principalmente del hecho estético.
¿Cómo inyecta a la cultura las artes escénicas?
Sobre el escenario vamos a ver reflejado lo que acontece en la sociedad de la cual el teatro surge, emana y se desarrolla en la misma. Son pocos los dramaturgos que se han interesado en poner sobre el escenario lo que está aconteciendo. Quizás uno de ellos sea el grupo de Jorge Ramírez, que tiene una trayectoria continuada desde que comenzó en 1979 con la Epopeya de las Indias Españolas.
¿Por qué ha disminuido el teatro estudiantil?
Por supuesto, para quienes nos dedicamos a esta profesión, sacar una obra de teatro y llevarla al colegio, por el amor de Dios, vamos a encontrar muchas limitaciones. No hay luces, amplificador de audio, tramoya; entonces, lo estético decrece. También Llevar a un colegio a la sala teatral es un dolor de cabeza por los trámites ante el Ministerio de Educación.
Como dramaturgo, ¿Cuál es su proceso de investigación?
Tengo el compromiso de presentar la pieza teatral, analizo y defino el tema; luego comienzo a leer al respecto, se llevará de cuatro, cinco o seis meses posiblemente. Y en algún momento sentarme ante la computadora para escribir todo lo que se me viene a la cabeza.
La temática varía como la que escribí de Tierra de leyendas que hablaba de el Sombrerón, la Llorona, el Cadejo, los Penitentes, etcétera. Para ello, platiqué hace muchos años con el antropólogo Celso Lara, quien me daba indicaciones y correcciones; además, me sugirió que hablara con Héctor Gaitán. Todo es parte del proceso investigativo para poner en escena una teorización sólida alrededor del asunto.
¿Qué nos deja sobre el arte escénico?
La principal preocupación para quienes nos dedicamos a escribir es que somos escasos en el país, no vemos quién va a sucedernos. Nosotros estamos tratando de seguir el trabajo que hizo gente como María Luisa Aragón, Carmen Escobar, Manuel Galich, pero ya no hay dramaturgos, no veo quién está escribiendo teatro para adultos.











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