”Cooperación extraordinaria”. “Gran aliado en América Latina”. En las dos últimas semanas, los gobiernos han mantenido una comunicación “excepcional”. En estos términos se refirió Mauricio Claver-Carone, enviado especial del presidente Donald Trump a América Latina, cuando se refirió a Guatemala, una de las cinco naciones que visitará el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio.
Habrá que detenerse en el hecho de que el jefe de la diplomacia estadounidense solo saludará a cinco de los 33 mandatarios de América Latina y el Caribe. Solo cinco. A nadie más.
Aunque cueste asimilarlo, el presidente Bernardo Arévalo no tiene que hacer lobby para conversar con el secretario de Estado. No, para EE. UU., es el representante legítimo del pueblo guatemalteco. El símbolo de la unidad nacional. Quien derrotó en las urnas a las mafias. Su verdadero interlocutor.
De esa cuenta, no debe extrañar la confianza manifiesta del Gobierno cuando escribe: “Este encuentro fortalece la relación bilateral y reafirma nuestro compromiso con la seguridad, el desarrollo y la estabilidad de la región”. La oportunidad fundamental para enfrentar desafíos y construir oportunidades estratégicas.
Claro, hay que estar conscientes de que Rubio simboliza los nuevos vientos que soplan en las relaciones internacionales de la administración Trump. No cambiará la firme posición expuesta en Panamá, El Salvador y Costa Rica, sobre todo en el tema migratorio.
Sin embargo, no cabe duda de que la visita permitirá negociar. Plantear propuestas y defender posiciones. Lo dijo Claver-Carone, Guatemala es el único aliado en Centroamérica, dada su indestructible amistad con Taiwán e Israel.
Las 18.2 toneladas de cocaína incautadas en 2024, un récord histórico, valga decir, también muestran la férrea lucha de nuestras fuerzas civiles y militares para combatir el tráfico de drogas. Mérito que no solo reconoce Trump, sino que lo exige.
Además, hay otras políticas que unen a los gobiernos y defienden los Estados: la cruzada contra la corrupción y el saqueo del erario. El impulso de sistemas probos, decentes, honestos. Que no fomentan la impunidad. En este punto se terminan las discusiones. Se sabe quiénes están llamados a la
mesa y quiénes quedaron excluidos.











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