Un sistema perverso

Cualquier similitud con la realidad no es casualidad. En los últimos debates ha salido a relucir, cómo este modelo patriarcal/colonial ha otorgado una serie de privilegios masculinos, estableciendo lógicas de dominio naturalizadas y normalizadas que han sido asumidas socialmente como “las reglas” de convivencia.

Se ve normal que la mayoría de los hombres sean considerados “jefes” de los hogares y por lo tanto de los Gobiernos; que sean violentos y bravos; que defiendan su “honor” a costa de cualquier cosa; que consideren a las mujeres como de su propiedad. Cuando se quiere proteger a las mujeres, hay varias respuestas: si se quieren hacer leyes de protección, se argumenta que a quien hay que visualizar es a los victimarios. Miremos un poco hacia atrás. Homo sapiens, según estudiosos, son “los seres humanos que poseen capacidades mentales que les permiten inventar, aprender y utilizar estructuras lingüísticas complejas, lógicas, matemáticas, escritura, música, ciencia y tecnología; capaces de concebir, transmitir y aprender conceptos totalmente abstractos”; existen en el planeta desde hace aproximadamente 315,000 años, y estudios muestran que la evidencia más antigua de comportamiento moderno son 165,000 años. Podemos concluir en que lo que ahora llamamos “los valores” y que les caracterizamos como patriarcales, racistas, heteronormados y coloniales, tienen para este territorio vigencia de 526 años, pues fueron impuestos con las religiones judeo-cristianas en la invasión europea, que impuso una forma de régimen de gobierno, en donde el poder autoritario monárquico y luego burgués se servía de la servidumbre y la esclavitud, sobre todo de los pueblos indígenas y de las mujeres. Este sistema se sostiene porque al mismo tiempo que otorga esos privilegios masculinos, oculta los mecanismos que los perpetúan. Tenemos la esperanza de que estos 526 de 165,000 años de historia de la humanidad puedan ser transformados en nuevas maneras de convivencia entre la humanidad y con el resto de seres vivos con que convivimos en el planeta.

María Dolores Marroquín