Un nuevo tipo de liderazgo

El Estado requiere personas capaces de convencer con la palabra y arrastrar con el ejemplo.

Suele decirse que una persona líder “nace, no se hace”. Esta expresión tal vez sea válida para el liderazgo carismático, que es ese imán para atraer, que tienen ciertas personas. Pero como no existe un solo tipo de liderazgo, cada quien puede descubrir el potencial que posee y desarrollarlo. Por eso en el sector empresarial privado a menudo se imparten cursos motivacionales con esta finalidad, buscando cada día nuevos paradigmas de liderazgo que les permitan competir ventajosamente.

Pero en el sector público no es muy común observar estas prácticas, en parte por estar organizado en estructuras verticales con cierta rigidez proveniente de la reglamentación de sus funciones, pero también debido a que prevalece la inercia burocrática y la resistencia al cambio.

Ahora que el sector público está siendo sacudido por las revelaciones de casos de corrupción que ocurrían prácticamente en todos los niveles de algunas instituciones, es oportuno reflexionar sobre el tipo de liderazgo que necesitamos para reivindicar la labor del funcionariado público, que más que jefes necesita líderes; es decir, personas capaces de convencer con la palabra y arrastrar con el ejemplo. Esta es una condición indispensable para responder a las demandas de una sociedad cada vez más informada, empoderada y vigilante. 

Y no se trata solamente de las personas que tienen a cargo la dirección o supervisión de otras, sino de desarrollar también en los mandos medios y en quienes no tienen autoridad formal, la capacidad de influir y motivar a otros sujetos para alcanzar un objetivo común. 

En la administración pública todas las personas son valiosas y necesarias. Es tan importante quien planifica y organiza las actividades o quien ajusta los presupuestos, como quien con una tarea de apoyo o de mantenimiento crea un ambiente sano y agradable para el trabajo, o quien con actitud optimista y colaboradora alienta el espíritu de equipo y la orientación hacia el logro y la excelencia, cualquiera que sea el tipo de funciones asignadas a la institución.

Lo anterior implica desarrollar una cultura organizacional que promueva la disposición al cambio, en la que las personas no trabajen únicamente por la compensación económica, la estabilidad en el puesto o el sueldo a fin de mes, lo cual es legítimo, pero también una cultura de servicio a la ciudadanía, de sentir orgullo como servidora o servidor público, de ser parte del cambio que Guatemala demanda.  Un nuevo tipo de liderazgo puede lograrlo.