Caminar por las calles del Centro Histórico no es lo mismo desde el 10 de enero pasado. Antes de esa fecha, era común observar a un señor de mediana edad, de aproximadamente 1.55 metros de estatura, cuyo paso era lento.

Por momentos no lograba levantar mucho el pie derecho. No sé si por sus años de vida o consecuencia de ingerir bebidas alcohólicas.
Era típico verlo con pantalón de lona, camisa de vestir manga larga y, en esta época de frío, con una chumpa azul enguatada.
Por lo general, su vestimenta lucía limpia, a pesar de que a veces se le podía ver dormido en alguna acera, atrio e incluso afuera de alguna tienda tras supuestamente beber el líquido del dios Baco.
No importa en qué condición se encontrara. Siempre lo acompañaba, incluso cuidaba, un pequeño perro french poodle blanco.
Por años, el nombre del personaje pasó inadvertido para transeúntes; no así, el de su fiel acompañante: Tobías.
Nunca amenazó
El pequeñín, a veces, parecía su hijo y, otras, su hermano. Cuando caminaban por el Paseo de la Sexta daba gusto ver a Tobías corretear una pelota que su dueño le lanzaba entre la gente, quienes se acercaban a él con admiración, con un poco de comida y agua, que nunca le faltó.
También hubo quienes se percataban de la mascota para no golpearla, pues nunca se le observó que estuviera atada. No le ladró a nadie de forma amenazadora. Más bien, tenía una mirada enternecedora que derretía al corazón más frío.
La comunidad católica, en particular la de los cucuruchos, lo recuerdan porque en la época de procesiones se les encontraba detrás de los cortejos o dentro de alguna iglesia de la zona 1, principalmente en la de San Francisco, ubicada en la 6a. avenida y 13 calle, para recibir la bendición divina.
Casualidad o coincidencia, el 10 de enero se encontró a una persona tendida en la puerta del templo de Santa Teresa, adonde también frecuentaba.
Ninguno sabe si acudió a la celebración eucarística o el Creador le llamó para exhalar su último hálito de vida allí. Hasta ese momento, muchos supimos de su nombre: Jorge Mario García.
Los bomberos informaron del hallazgo de un hombre sin vida, pero minutos después, la noticia corrió como reguero de pólvora, pues a su lado estaba su “perrhijo”; esta vez sí ladraba desconsoladamente, como quien pide auxilio por un ser querido.

Muchos lo abrazaron, hasta que un socorrista le “explicó” lo que pasaba; tomó conciencia de que Jorge Mario García había traspasado a una dimensión de la cual no regresaría.
Algunas cuentas de Facebook comunicaron que Tobías había sido adoptado por amigos de Jorge Mario. Otros mencionaron que una familia lo llevó a su vivienda. No hay certeza en las versiones.
Lo que sí es seguro, que los nuevos amos de Tobías lo llevaron a darle el último adiós a su amo en el Cementerio General. Desde ese momento, no se le ha vuelto a ver. Solo queda la esperanza de que reciba el cuidado que requiere.











Deja un comentario