Sudar la gota gorda en el escenario

Estar en contacto con los lectores, medios de comunicación y público en general es parte de la carrera literaria. No se puede negar que al final de cuentas estamos dentro de un mercado que produce libros que deben venderse.

De esa cuenta, los autores que gustan de los escenarios, reflectores y cámaras disfrutan mucho esta faceta. Quienes, además, tienen carisma al hablar en público son el sueño de las editoriales.

Una cosa está clara: lo más fundamental, el punto de partida, es una obra bien escrita y trabajada. Una que hable por sí misma, sin necesidad del mercadeo. Todo lo demás es ajeno a la literatura y permanece solo unos momentos. La obra perdura.

Pero hay autores que además de tener talento al escribir lo tienen al hablar. Su dominio del lenguaje no se queda en lo escrito, tienen el don a la hora de articular un discurso o leer su propia obra. Esto para mí es muy admirable, porque yo me limito a escribir, enfrentarme al público es un terror.

Por casi 17 años he tratado de aprender y, tengo que reconocer, ya lo hago un poco mejor. Sin embargo, sigo sudando en extremo, y cuando mi voz pasa por el micrófono y sale por los altoparlantes, no la reconozco.

No soy yo esa persona rígida que ametralla palabras como queriendo terminar pronto, incapaz de decir algo simpático o natural. Soy insegura de todo, pero más que nada siento miedo, más bien pánico, que lo que tanto me costó escribir sea tomado a la ligera o, peor, sea motivo de risa o burla.

Prefiero pensar en mis lectores como personas únicas que leen mis escritos a solas, y así logro hablarles de manera más directa. Les guste o no, espero que capten el dolor, el miedo o la locura que quise plasmar, y así se entable una comunicación genuina entre dos seres humanos.

Pero esa es mi postura ante las letras; cada escritor tiene una propia. Hay quienes, sobre todo los poetas, desde un inicio se plantean su oficio como uno escénico. Los versos, pensados para ser escuchados por su ritmo, salen de sus entrañas mientras leen, y crean la misma magia del actor o el cantante. Con su performance son capaces de arrancar lágrimas y ovaciones. Bravo.

Ahora, hay otros que no merecen ni un aplauso. En el otro extremo también se ven quienes promocionan su título como si fuera un producto de los que se venden por la televisión. Hablan maravillas y bondades difíciles de creer. Sus creadores son agradables de oír y de ver, y aparecen dando entrevistas explosivas o controvertidas. Mas, al abrir el libro que la gente compró, más que todo por la influencia del mercadeo, no hay nada allí. Eso sí que es una estafa.

Jessica Masaya