¿Somos esclavos de lo que publicamos?

Entrar en el mercado de libros para niños ha sido todo un descubrimiento.  Antes para mí solo había una forma de escribir: ser fiel a la historia y a lo que siento sin pensar en nada más. El lector era algo abstracto.

En cambio, al hacer literatura infantil sí es necesario pensar en quiénes nos leerán, qué edad tienen, cómo ven y sienten el mundo en ese momento de su vida. No es precisamente autocensura, sino más bien regresar a nuestra propia infancia, al niño o niña que alguna vez fuimos.

En mi caso decidí que quería contarles el mundo oscuro que me tocó vivir y evitar que les pase lo que a mí. Por deprimente que pareciera, debía crear una historia que fuera atractiva para los niños acerca de ciertas amenazas que existen y lo importante que es no quedarse callados. Fue muy difícil y la verdad no sé cómo le va a ir a este libro, quizá lo encuentren raro.

Otra novedad es que esta editorial tiene un departamento de mercadeo que debe “colocar” el libro en las escuelas. Para eso, ellos deben entender de qué se trata y así venderlo, y yo debo contestar las preguntas que me hagan al respecto.

Esto ahora es un dilema para mí, ¿cómo les explico que este es un tema para mí hasta ahora oculto, que se trata de mi momento “yo también”? Jamás he hablado abiertamente acerca de esto y me pregunto si es conveniente hacerlo para impulsar un título.  Pero quién mejor que alguien que vivió este infierno de niña para describirlo. Además de catarsis, es una manera de sacar algo positivo de este episodio tan doloroso.

Y no se trata solo de decirles a los niños “pónganse pilas”, también quiero que los papás comprendan que un descuido de su parte puede traer traumas e infelicidad  a sus hijos para toda la vida. Hay heridas que nunca sanan.

Pero puede que esto se tome como una publicidad amarillista para vender, o que quiero volver este libro sobre mí para ganar
protagonismo.

En unas semanas me toca hablar con maestros y padres. Quizá me pregunten de dónde salió la idea y si consulté a expertos. Debo preparar mi discurso porque si no me paralizaré o querré salir corriendo, así ha sido toda mi vida.

Tengo 46 años y todavía me cuesta pensar en lo que me pasó, no digamos hablarlo con alguien. Pensar en exponerlo en público me pone
ansiosa.

Dicen que somos dueños de lo que pensamos y esclavos de lo que decimos, yo agregaría que, además, de lo que escribimos y publicamos. Si está allá afuera, si está escrito en un libro, no hay marcha atrás. Yo solo quiero que mi testimonio ayude a otros.

Jessica Masaya