Sobre los chistes machistas

Por: Gonzalo Serrano/Universidad Adolfo Ibáñez

Es muy simpática, pero… Todos decían lo mismo cuando hablaban de Enriqueta Bórquez, inteligente secretaria de Raimundo San Martín, el acaudalado hombre de negocios. Es muy simpática, pero Enriqueta pasaba amargos ratos porque ella sabía que era verdad. De nada valían su simpatía, su inteligencia, su bondad. Los hombres procuraban mantenerse el menor tiempo posible junto a ella. Fue Eliana, su amiga íntima, quien le abrió los ojos: “Enriqueta…, ¿has contemplado tus labios…, tu cutis? ¿Por qué no recurres a Don Juan? La historia es sencilla. Enriqueta usó ‘Don Juan’ y ahora ha dejado de ser la secretaria, para transformarse en la señora de Raimundo San Martín. Don Juan ayuda a su felicidad”.

El aviso del lápiz labial Don Juan, publicado en la revista Eva en 1952 y destacado por Ana María Ledezma en su tesis sobre publicidad en Chile entre 1950 y 1960, es uno de los ejemplos de una sociedad en que el valor de la mujer se reducía a su apariencia.

Los candidatos a la Presidencia, Sebastián Piñera y Alejandro Guillier, han recibido fuertes críticas luego de haber hecho chistes que han sido calificados de machistas. Más allá de la guerra política entre ambos bandos, disfrazada de hipersensibilidad, hay que comprender, aunque no justificar, a dos hombres que se criaron en esa sociedad.

Revista Paula, por ejemplo, surgió en respuesta a Eva, en la que aparecía el citado aviso del lápiz labial. Fue por medio de este tipo de publicaciones que la mujer pudo informarse y tomar sus propias decisiones en temas como educación sexual. Gracias a la planificación familiar, las mujeres tuvieron más oportunidades de estudiar y trabajar, además de la opción de independizarse de una vida que estaba subordinada a la de un esposo.

El político inglés Winston Churchill, famoso por su liderazgo en la Segunda Guerra Mundial, tuvo un diálogo inolvidable con la primera mujer en el Parlamento británico, Lady Astor. Durante un debate la parlamentaria declaró que si fuera la esposa de Churchill le pondría veneno en el té, a lo que el primer ministro respondió: “Señora, si yo fuera su marido, me lo bebería”. Hoy día, Churchill habría sido colgado en la plaza, “mememizado y tuiteado”, insultado y expulsado de la política chilena por haber dado esta respuesta.

Redacción DCA