Simenon, el grande

“En París, Simenon no solamente descubre la Ciudad de la Luz, sino la ciudad lúgubre, debido a sus particulares crímenes, sus delirios, vinos, boulangerie y pensiones de mala muerte.”

Voy a continuar con la vida y obra de Georges Simenon. Columnas atrás relaté los primeros años de su infancia y juventud, sus inicios en el periodismo, las influencias que tuvo, como un familiar delincuente; y su extraña manera de buscar pseudónimos por lo prolífico que siempre fue. Escribí también acerca de su fuga a París con su entonces novia, Régine Renchon.

En París, Simenon no solamente descubre la Ciudad de la Luz, sino la ciudad lúgubre, debido a sus particulares crímenes, sus delirios, vinos, boulangerie y pensiones de mala muerte. Comienza su vida de artista y sus escritos empiezan a darle satisfacciones económicas, así que decide emprender un viaje por los canales franceses. Manda a construir un barco al que bautiza como Ostrogoth y vive en esta nave durante tres años. La vida en el mar siempre ha sido una referencia para su literatura, y cuando aborde sus novelas, seguramente la traeré a colación.

Aparece Maigret

Una de las fechas históricas para Simenon es 1932. Ese año nació su genial detective, el comisario Maigret, que surgió a partir de un pedido que le hicieron.

La aparición del singular protagonista coincide con que Simenon comienza a viajar por casi todo los continentes. Estas travesías le aseguran buenos reportajes, fotografías y el encuentro con mujeres que hablan distintos idiomas.

Entre los diversos viajes, tanto fuera como dentro de Francia, Simenon se alucina por la ciudad de La Rochelle, un puerto histórico que en el siglo XIV estuvo en manos de los ingleses. En su autobiografía Memorias íntimas, el escritor resalta el imán que tuvo esa ciudad y el mar. Por cierto, llegó allí huyendo de Joséphine Baker, una amante, tipo atracción fatal, con la que se había enrollado años atrás.

Hay una interesante anécdota de Simenon en La Rochelle. Cuando fue a tomar al Café de la Paix, su favorito en ese entonces, supo de la declaración de la Segunda Guerra Mundial. Entonces, el escritor de novela negra, pidió una botella de champán, y en voz alta expresó: “Al menos así estaremos seguros de que esta no se la beberán los alemanes”. Continuará.

Francisco Alejandro Méndez Castañeda