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Se llama esperanza…

Voces desde Flacso

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Alba Cecilia Mérida
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Cotidianamente en toda Guatemala, pueblos, comunidades y organizaciones sostienen la vida allí donde el Estado ha decidido no estar, dado su carácter centralista y excluyente. Ante su ausencia en comunidades, municipios y cabeceras departamentales, son las personas, sus autoridades y formas propias de organización quienes gestionan y hacen posible lo indispensable: el cuidado del agua y los bosques, los caminos y los espacios para la salud, la educación, la justicia y la economía local. No es apoyo complementario: es voluntad y trabajo colectivo que sustituye responsabilidades públicas y evidencia el histórico abandono estatal.

Indescriptible es el empeño de las mujeres, vivan en el campo o en ciudades, para sostener la economía familiar y comunitaria; muchas, junto a hombres conscientes, disputan espacios de participación para ser parte de la toma de decisiones y exigen que los recursos públicos dejen de administrarse para intereses particulares y respondan a las necesidades colectivas.

En todos los territorios hay quienes resisten desde el arte, la memoria y la palabra. También desde la academia y el feminismo.

Hay activistas sociales, artistas, gestores culturales, escritoras, muralistas, cantantes quienes se movilizan para potenciar el sentido humano del arte y preservar la memoria histórica. Es decir, en todos los territorios hay quienes resisten desde el arte, la memoria y la palabra. También estamos quienes, desde la academia y el feminismo nos situamos como parte de las realidades y colocamos el conocimiento al servicio de las luchas sociales, confrontando el racismo estructural y los mandatos patriarcales que sostienen la exclusión étnica de los pueblos originarios, la subordinación de las mujeres y reproducen masculinidades tóxicas.

A esta acumulación de esfuerzos y disputas le llamo esperanza. No es espera pasiva ni consuelo moral: es práctica política cotidiana. Es la certeza de que algo distinto debe y puede construirse, no por designio divino, sino porque somos pueblos que históricamente no nos hemos rendido. De eso deberían estar advertidos quienes se aferran al poder que les confiere un cargo. Porque, pese a todo, siempre vamos a luchar por lo justo.

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