El 13 de enero de 1898, Francia amaneció sacudida por una carta abierta que convirtió la literatura en un acto de resistencia. Ese día, el escritor francés Émile Zola publicó J’accuse! Puso nombre y apellido a una injusticia que muchos preferían callar.
El capitán Alfred Dreyfus llevaba años condenado por traición con pruebas falsas, sostenidas por el antisemitismo y el nacionalismo herido tras la guerra con Prusia. La sociedad había aceptado el veredicto, pero el literato decidió no hacerlo.
Desde la portada de L’Aurore, el autor señaló la corrupción del proceso y asumió las consecuencias. Sabía que hablar implicaba el exilio y el juicio, también que el silencio lo volvía cómplice.
En su carta escribió: “La verdad está en camino y nada la detendrá”, una frase que funcionó como advertencia y promesa. J’accuse! Dividió al país, incendió el debate público y convirtió a la prensa en un contrapoder.
El caso expuso la manipulación de pruebas, la complicidad de la cúpula militar y el uso del antisemitismo como coartada política. El galo no alcanzó a ver el desenlace de la causa que defendió, aunque dejó fijada su postura en una frase: “Tengo una sola pasión, la de la luz”. Fue una toma de posición frente a una época que prefirió mirar hacia otro lado.











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