El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, puso las cosas en su lugar. Su indiscutible respaldo al presidente Bernardo Arévalo conjuró dudas. Exorcizó fantasmas. Golpeó, sin piedad, al pacto de corruptos y a sus operadores. Esta vez, las mafias no tuvieron consuelo que valga.
Desde el inicio de la conferencia de prensa, cada palabra de Rubio fue una bofetada para ese sistema de justicia que ha asaltado la democracia. Que persigue la decencia y premia a los corruptos. En términos boxísticos, ese cártel no llegó al tercer round. Fue derribado con una elocuencia que no pudo meter las manos. Quedó tendido. Desconsolado. Moribundo.
La felicitación del funcionario norteamericano al mandatario guatemalteco por defender la institucionalidad del país puso en evidencia de qué lado está EE. UU. A quiénes apoya y a los que rechaza. Es más, estas congratulaciones tenían un colofón: “Seguiremos trabajando, junto a usted, para que pueda lograr lo que quiere”, advirtió el visitante.
Esto fue solo el inicio. El comienzo de la sacudida. Lo peor estaba por venir. El momento llegó cuando Rubio respondió la pregunta del millón. La firmeza con que lo hizo no admite malentendidos ni genera dudas. “No se ha discutido ni contemplado” revertir las sanciones que pesan sobre funcionarios ligados a la corruptela. A la ingobernabilidad. En dos platos: quienes tienen prohibido entrar a Estados Unidos (y otras 40 naciones más) seguirán así. Vetados. Más solos que nunca.
Luego, habrá que anotar el trato amigable. Afable. Respetuoso entre Arévalo y Rubio. La buena vibra que irradiaron fue la antesala a los acuerdos alcanzados. Al intercambio de ayuda. El Gobierno patentizó su capacidad para recibir a más connacionales y atender, de manera pasajera, a ciudadanos de otras nacionalidades. Además, ofreció crear una fuerza especial que se encargará de resguardar las fronteras. Todo dentro de lo normal y legítimo.
A cambio, la administración de Donald Trump apoyará la creación de infraestructura productiva, que permita generar inversiones y riqueza. En fin, como lo describió Rubio, fue un encuentro de tanto impacto que provocó un terremoto. Un
sismo que derribó a las mafias. Que sacudió al pacto de corruptos. Que destruyó fantasías. Que los dejó desconsolados.











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