“No se arriesguen. Aquí, aunque cuesta, al menos uno está en su país, con su gente”, afirma María, quien narra el paso por un área de detención norteamericana. Ella fue entrevistada en el Centro de Atención y Registro (CAR), en las instalaciones de Ferrocarriles de Guatemala, que abrió el 2 de junio y, desde entonces, ha atendido a 1 mil 445 personas, de las cuales 1 mil 221 son hombres y 224 mujeres.
El recinto forma parte del Plan Retorno al Hogar, como un espacio que brinda servicios dignos y gratuitos para que puedan acceder a atención médica, psicológica, orientación legal y social, así como oportunidades laborales, en alianza con el sector privado.
Además, se les entrega alimentación, alojamiento temporal, un kit de limpieza, llamadas nacionales e internacionales y transporte hacia terminales de buses, con el objetivo de facilitarles el regreso a sus lugares de origen.
El Instituto Guatemalteco de Migración (IGM) ha dado apoyo a 20 mil 696 retornados; entre ellos, 3 mil 103 procedentes de México y 17 mil 593 de Estados Unidos, según datos actualizados el 25 de junio.
“Lo que queremos es trabajar, empezar una nueva vida”. María, migrante Historias ingratas
“No se duerme. A las tres de la mañana nos levantan a bañarnos con agua fría. Es horrible”, agrega María. “Hasta en las cárceles tratan mejor a las personas”, cuenta.
“A veces uno toma decisiones a la ligera, pero el camino es muy malo”, dice con voz quebrada.
Durante el trayecto pasó hambre. “Yo no comía desde hacía días. Aquí en el Centro de Retornados, cuando pasé al área de comedor, la comida me supo a gloria. No tenía fuerzas ni para hablar”, enfatiza. Ahora regresa con la esperanza de reencontrarse con sus cinco hijas y su madre. “Dejé mi número para optar a un trabajo. Lo que más queremos es laborar, rehacer nuestras vidas”, explica.
Don Miguel, originario de Huehuetenango, luego de tres años en EE. UU. de manera irregular, lo detuvieron y deportaron mientras trabajaba en un restaurante.
“Me agarraron con malos tratos. Ya ni comimos. Solo nos subieron y ya, directos para acá”, narra con resignación.
“Ya pasé tres años lejos. Aquí me esperan mis dos hijas, de 5 y 6 años. Están con mi mamá”, comenta. “Ahora solo quiero estar con ellas y encontrar una plaza, espero que me puedan ayudar con eso”.
Él indica que la vida allá es muy cara y que lo que ganaba no le alcanzaba. “Solo por una habitación, uno paga hasta 500 dólares”, recuerda. Acá, confía en que encontrará una oportunidad laboral. “No es fácil, pero al menos estoy con mi familia. Eso lo vale todo”, señala con esperanza.
Cuando se le pregunta si piensa volver a migrar, es contundente: “No. Ya tuve suficiente, fueron años muy difíciles. Esta vez me voy a quedar, tengo que salir adelante”, puntualiza.
El reencuentro
Guadalupe, originaria de la capital, enfrenta momentos de incertidumbre y miedo. “Es eterno; uno siente como que no va a acabar nunca”, relata.
Ella salió confiada en mejorar su situación, pero pronto se dio cuenta de que el trayecto, sobre todo al cruzar México, era más duro de lo imaginado. “A pesar de que fueron solo 22 días, enfrenté uno de mis momentos más difíciles en mi vida”, subraya.
A quienes piensan irse, les deja un mensaje claro: “No recomiendo que se vayan. Acá, aunque con dificultades, nos apoyamos entre nosotros”. A su llegada, fue orientada para acceder a servicios de educación, salud mental y empleo.











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