El Plan de Reparación y Dignificación, presentado por el presidente Bernardo Arévalo, es una muestra de la voluntad del Gobierno de resarcir la memoria y el legado de guatemaltecos que ofrendaron sus vidas en la búsqueda del rescate de la democracia, la igualdad y la justicia. El dolor de las víctimas y sus familias se ha convertido en un grito silencioso que clama por saber la verdad de lo ocurrido en “aquella noche larga” de 36 años de guerra interna. Esas voces, imposibles de acallar, resuenan en la mente colectiva de un pueblo negado a olvidar y ansioso de respuestas. Como bien lo expresó el jefe de Estado, el programa no devolverá las vidas arrebatadas ni calmará el sufrimiento, pero sí es una prueba irrefutable del interés de sanar el tejido social y construir una nación que aprende de sus errores y cimenta su futuro sobre bases más sensatas e igualitarias. Guatemala es una patria que no acumula rencores ni venganzas, aunque demuestra respeto por las víctimas. Esta es la verdadera importancia del citado plan, en el cual están comprometidos ministros y secretarios, a quienes se les exige no defraudar a los afectados ni olvidar su dolor.
El planteamiento, cuyo inicio lo marcará la “búsqueda humanitaria de personas desaparecidas”, debe ir, necesariamente, acompañado de acciones dirigidas a solventar las precariedades sociales y económicas que afligen a la mayoría de compatriotas, causales del conflicto armado. En la coyuntura actual, se empezará a reescribir la historia. Cada exhumación y los memoriales que se levanten contarán la realidad de lo ocurrido. Sanarán conciencias y permitirán avanzar hacia una patria grande, que rechaza el dolor y la violencia política. Un país cuyas diferencias se resuelven por medio del diálogo y el consenso; una nación que logró alcanzar una paz firme y duradera que mandaban aquellos acuerdos que hoy cobran vida. En estos momentos en que el sistema de justicia se resiste al cambio, a implementar la decencia como política de Estado, conviene reiterar que la reconciliación llegará cuando se conozca la verdad, así como la paz definitiva se instalará cuando los infractores, sin distinción, hayan saldado sus cuentas.











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