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Regular la IA en Guatemala (III)

Reflexiones tecnológicas

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Luis Assardo
Periodista e investigador
[email protected] 

Si algo atraviesa toda conversación sobre inteligencia artificial es el uso y abuso de datos. Todos los sistemas se alimentan de información, incluida la nuestra. De ahí la relevancia de preguntar ¿quién protege al usuario?

En países como Guatemala, donde la cultura de protección de datos aún está en construcción, el riesgo no es solo técnico, sino estructural. Las grandes empresas de IA operan con volúmenes masivos de información y reglas que muchas veces se definen fuera del alcance local. Sin marcos claros, los ciudadanos quedan expuestos a prácticas opacas: recopilación excesiva, uso secundario de datos o decisiones automatizadas difíciles de cuestionar.

Por eso, más que confiar en la autorregulación, es necesario construir defensas concretas. Esto incluye derechos básicos como saber qué datos se recogen, para qué se usan y poder exigir su eliminación. Pero también implica algo más ambicioso: mecanismos efectivos para impugnar decisiones tomadas por sistemas automatizados, especialmente cuando afectan acceso a servicios, reputación o ingresos.

La IA abre la puerta para que empresas exploten las vulnerabilidades del usuario.

El debate sobre derechos de autor también entra en juego. Muchos sistemas de IA han sido entrenados con grandes cantidades de contenido disponible en internet, sin que esté claro si hubo consentimiento o compensación. Esto plantea tensiones entre innovación y propiedad intelectual. Proteger a los creadores no significa frenar la tecnología, sino establecer reglas claras sobre uso, atribución y remuneración.

A esto se suma un grupo particularmente vulnerable: los menores de edad. La IA no solo puede influir en lo que consumen, sino también en cómo se relacionan con el mundo digital. Desde asistentes conversacionales hasta contenidos generados automáticamente, existe el riesgo de exposición a información inapropiada, manipulación emocional o recopilación de datos sensibles sin suficiente supervisión.

La seguridad y la privacidad son el núcleo en esta discusión. Regular la IA sin considerar estos aspectos es construir sobre terreno inestable. La pregunta de fondo no es solo qué pueden hacer estas tecnologías, sino qué límites estamos dispuestos a exigir para proteger a quienes las usan. Porque sin esas garantías, la IA abre la puerta para que empresas exploten las vulnerabilidades del usuario.

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