Recuerdos de Navidad

Me gusta la Navidad por los recuerdos de mi niñez que ella evoca, pero sobre todo, el preámbulo que antecede a esa fecha: las vacaciones. Y con esta, las tardes de chamuscas en noviembre y diciembre, las idas al barranco con los amigos, los atardeceres, el frío de esos meses y sobre todo, las vivencias que compartimos con mis amigos. A mediados de octubre constituía el fin de año escolar y con este, la finalización de las angustias. Aprobar el año era incuestionable y superado ese obstáculo, gozar las merecidas vacaciones constituía un deber.

Recuerdo los chiriviscos extraídos del barranco para el siete de diciembre, pequeñas y grandes ramas de árboles secos que ardían en esa fecha conmemorando la quema del diablo. He de confesar que nunca supe el por qué de esa tradición; sin embargo, gozábamos planificando las idas al barranco, su extracción y compilación de lo recolectado en el zaguán de la casa. Más tarde tomé conciencia de la contaminación ambiental que esa tradición representa.

Cerrar un ciclo más, comenzar uno nuevo para todo estudiante, tiene por pausa los meses de noviembre y diciembre, al menos en este país. Olvidarse de los estudios, hacer de la existencia un juego constituían las vacaciones y con estas, la espera de la Navidad y los estrenos. Pienso en esas fechas y de inmediato percibo la generosidad de mi mamá, las viandas que se esmeraba en preparar para todos los amigos.

El recuerdo de las uvas que me robaba de la intocable caja que compraba mi padre, la cual solo podía abrirse el 24 de diciembre. El olor de las manzanas, la parafernalia de la época con sus colores, olores y sabores. Olores a pino, manzanilla, hojas de pacaya que en cruz adornaban las paredes de la casa. El arbolito de Navidad colocado encima de una falsa chimenea, con foquitos rojos y papel de china que simulaban el fuego, todo eso una invención de mi hermano.

El olor de la hoja del tamal que envolvía a los colorados, mis preferidos, con su chile pimiento, aceitunas y alcaparras. Y el ponche de frutas con el distintivo sabor a piña. Decía mi madre, el ponche no tiene el mismo sabor si no se le agrega mamey, fruta de forma redondeada, de un distintivo aroma y de superficie marrón, cuyo interior de un vivo color naranja provocaba nuestro sentido del gusto. A pesar de no ser fruta de temporada, no sé cómo lo hacía, pero el ponche de la casa tenía mamey.

Me gusta el ambiente de esa época, pese al culto al consumismo, a las hipocresías religiosas, al falso oropel que venden los centros comerciales, ya que oculto dentro de todo eso encuentro detalles significativos de fraternidad que me hacen sonreír y me devuelven a la vida.

Jairo Alarcón