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Páginas vivas en tiempos digitales

Un repaso del presente y futuro de algunas de las bibliotecas más reconocidas de Guatemala

La tecnología avanza a una velocidad impresionante y, con ella, crece también el temor de que sustituya la experiencia humana. Hoy, se compra por internet, se trabaja a distancia y se comparte a través de una pantalla. Hay niños que nunca pusieron un casete en una grabadora, que no saben lo que era ir a alquilar una película o que nunca han buscado un libro entre estantes. Pero ¿qué tanto lo digital puede sustituir el olor de un libro, el peso de una página, el silencio compartido de una sala de lectura? Ante la digitalización, ¿qué pasa con los espacios que resguardan siglos de historia, memoria y conocimiento? ¿Qué tesoros guardan para que todavía valga la pena levantarse del sillón y visitarlos? Revista Viernes visitó tres bibliotecas para responder a estas preguntas.

Cirma
En una casona silenciosa de Antigua Guatemala, la puerta se abre a un tipo de visitante muy particular, desde investigadores que llegan con hipótesis bajo el brazo hasta estudiantes que buscan material para sus tesis o turistas atraídos por la historia maya. El acervo nació en 1978 con las bibliotecas personales de sus fundadores, el historiador Christopher H.Lutz y el arqueólogo William R. Sweezey y al año siguiente, se les unió Mitchell Denburg, fotógrafo fundador de la Fototeca, considerada una de las colecciones visuales más importantes de Centroamérica. Cirma (Centro Investigaciones Regionales de Mesoamérica) cuenta con más de cien mil libros dedicados a la región, se ha convertido en un punto de consulta para investigaciones especializadas.

David Rosales, catalogador de la biblioteca, comenta que sus principales visitantes son investigadores, nacionales e internacionales, interesados en la cultura e historia de la región. Sin embargo, afirma que “la biblioteca no es un lugar exclusivo, está abierta a todo el público”. Esa vocación amplia también los ha llevado a buscar nuevos públicos a través de una colección infantil y actividades como el club Pequeños Investigadores, espacios que intentan que la lectura sea una experiencia viva desde las primeras edades.

Gemas del acervo
El ejemplar más antiguo es De iustitia tomi tertii prior pars de maioratibus et de tributis, una obra en Latín publicada en 1600 en España y conservada con un control ambiental constante. Entre otros tesoros que más llaman la atención están las gramáticas del náhuatl y del kaqchikel elaboradas por sacerdotes españoles y los relatos del misionero inglés Thomas Gage, piezas que muestran cómo se narraba la región desde distintas miradas. La catalogación se realiza con el sistema de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, lo que permite que cada libro tenga un lugar preciso entre miles. Una de sus mayores batallas es contra la humedad, en días de lluvia los deshumidificadores pueden llenar galones enteros, pero con revisión constante mantiene vivos papeles que ya cargan siglos.

Fondo de imágenes
Además, la fototeca amplía el archivo historico, y con 220 colecciones que suman más de un millon de fotografías, esta abierta al publico por medio de cita previa, ya que encontrar una foto supone tiempo. El proceso de digitalización es más sencillo que el de los libros, aunque igual requiere delicadeza, sobre todo cuando una pieza empieza a mostrar señales de desgaste.

Espacio que crece
El crecimiento del material hizo necesario habilitar un anexo en San Lorenzo del Cubo, donde se guardan duplicados. Mientras tanto, la sede principal se ha convertido en un centro cultural vivo que organiza talleres, exposiciones, presentaciones artísticas y conversaciones que reúnen a lectores de todas las edades.

Así aunque se busca la modernización, la conservación sigue siendo una prioridad y la digitalización de libros continúa en evaluación mientras consideran los riesgos para los ejemplares más frágiles. Es un lugar donde el pasado convive con la investigación contemporánea y la gente encuentra historias que no siempre aparecen en internet.

La Biblioteca Nacional
Detrás de una fachada que se confunde con el ritmo caótico de la zona 1, la Biblioteca Nacional Luis Cardoza y Aragón abre un mundo distinto. No es un lugar detenido en el tiempo, tampoco uno que haya cedido por completo ante las herramientas digitales. Es, más bien, un espacio que intenta convivir con lo nuevo sin renunciar a lo que la hace esencial, la posibilidad de tocar un título, de buscarlo y encontrarlo. “Los maestros ahora piden referencias de libros y eso internet no lo otorga. Entonces, es necesario acudir a una biblioteca tradicional”, explica Sergio Robles, coordinador general, mientras camina entre salas que siguen llenándose de público todos los días.

Aunque noviembre y diciembre suelen ser meses con menos afluencia, la biblioteca nunca se queda sola. En vacaciones, por ejemplo, la sala infantil se transforma en un pequeño laboratorio creativo con cuentacuentos, manualidades y clases de ajedrez, “que no es solo un juego, es una forma de desarrollar tanto la mente como el alma”, dice Robles. Todo es gratuito y es financiado por el Ministerio de Cultura y Deportes. Esa gratuidad ha permitido que los usuarios sean diversos, desde niños, en visitas guiadas, hasta adultos mayores que llegan en las tardes a jugar el deporte ciencia.

Una guía que ayuda
Entre los 300 mil libros que resguarda el edificio conviven colecciones para estudiantes, investigadores y curiosos.
La sala escolar, dirigida por la profesora Vicky Gómez, reúne textos desde primer grado de primaria hasta diversificado, junto con más de mil seminarios de colegios del país. Ella además, custodia el fondo antiguo, donde están los ejemplares más frágiles y valiosos. “Aquí regulamos humedad, ambiente y temperatura”, explica, mientras sostiene que las biblias políglotas del siglo XVII y el incunable Speculum Nature que data de 1494. Dichos ejemplares solo pueden consultarse bajo solicitud y con guantes.

También cuidan colecciones especiales como las obras de Juan José Arévalo y la del intelectual y coleccionista Gilberto Valenzuela, esta última según Gomez, es la más consultada por los visitantes. La digitalización ya forma parte del día a día. “Estamos trabajando primero con los libros más antiguos, para asegurar su conservación”, comenta Rosales frente a la pantalla donde aparece el escaneo de cada página. Todo este material irá a las plataformas de la Biblioteca y de la Hemeroteca Clemente Marroquín Rojas, aunque el proceso aún está en marcha.

La sala de Braille
La biblioteca también atiende a personas con discapacidad visual gracias a su sala Braille. Hay más de 8 mil libros en relieve, audiolibros y un laboratorio de computación donde se enseña un diplomado de seis meses para aprender a usar el teclado y programas básicos.

El programa lector de pantalla, verbaliza cada acción y permite que los usuarios practiquen, revisen sus correos o hagan búsquedas. Lejos de perder relevancia, este sitio se vuelve más necesario en un país donde la información digital convive con la carencia de referencias confiables. En un edificio donde caben diccionarios, manuscritos del siglo XV, libros en braille y un laboratorio de computación accesible, la modernización no ha borrado lo esencial, buscar.Aquí, la tecnología acompaña, pero no sustituye.

Banco de Guatemala
En el Banco de Guatemala (Banguat), en un espacio luminoso que combina estanterías renovadas con rincones infantiles llenos de color, este acervo funciona como un pequeño país propio donde conviven estudiantes, investigadores, familias y lectores cotidianos. Nos recibe Valeri Contreras, jefa de sección, quien conoce a muchos usuarios por nombre. Conforme avanza la conversación, queda claro algo que repite con ternura: aquí, nadie se queda sin acceso a la lectura. Su manera de contarlo confirma que este espacio sigue siendo, incluso en tiempos digitales, un punto de encuentro afectivo antes que un simple repositorio de libros.

El recorrido muestra una biblioteca pensada para públicos múltiples. Contreras explica que reciben estudiantes de distintos niveles; profesionales en busca de información técnica y familias que asisten al espacio en vacaciones. Las visitas guiadas se han convertido en parte esencial de la experiencia, ya que incluyen recorridos, cuentacuentos, juegos de memoria, rompecabezas y actividades lúdicas que transforman el ambiente en un aula abierta.



Afluencia sin detenerse
La idea tradicional de silencio rígido se desvanece ante la sala infantil llena de muebles diminutos, donde los niños pueden expresarse sin miedo. Ella lo resume con una sonrisa: ya no son solo las mesas de madera donde se exigía silencio absoluto. A pesar del avance digital, la afluencia no ha disminuido. El sistema de bibliotecas del Banguat ha registrado alrededor de 55 mil usuarios este año. Una de las razones de este crecimiento es la decisión de modernizar sin perder el valor del papel. Los anaqueles conviven con computadoras, wifi, impresoras y, pronto, pantallas que permitirán incorporar videos y presentaciones en las tutorías. La intención no es competir con internet, sino brindar experiencias complementarias. En esa línea también se han integrado materiales contemporáneos como el manga. La encargada cuenta que las nuevas adquisiciones están llegando y los usuarios las piden, lo cual confirma que la colección se abre a nuevas formas de lectura.

Dedicado a la economía
La especialidad de la biblioteca sigue siendo la economía. Los usuarios consultan publicaciones del Banco de Guatemala, documentos de numismática, historia institucional y bases de datos internas. Sin embargo, el espacio también abraza intereses diversos. Psicología, literatura, ciencias, arte y novela conviven bajo la clasificación decimal de Dewey, que organiza la colección desde las generalidades hasta la historia universal. Entre las joyas más buscadas se encuentran el Diario Oficial desde 1895 y la recopilación de leyes desde 1821, materiales que ella muestra con orgullo mientras detalla procesos de resguardo y actualización que mantienen la biblioteca en equilibrio entre lo antiguo y lo nuevo.

Con modernidad
El lugar está en plena transformación. El material deteriorado se retira, llegan estanterías nuevas y la colección infantil crece con textos tridimensionales y títulos recientes que entusiasman a quienes cruzan la puerta. Señala que la mesa donde los más pequeños hojean los libros sin pedir permiso y explica que estos cambios responden a una visión de convertirla en un espacio moderno, actualizado y en sintonía con las tendencias lectoras. Al terminar este recorrido, queda claro que las bibliotecas siguen siendo ventanas en un mundo que todo lo quiere inmediato. No compiten con la tecnología, la complementan, cuestionan y humanizan. En sus salas conviven niños que imaginan sus primeros cuentos, investigadores que persiguen una referencia perdida, adultos que hallan compañía entre páginas y estudiantes que descubren un dato que no aparece en algún buscador. En tiempos digitales, estos espacios recuerdan que leer también es detenerse, respirar y encontrarse con otros. Y que mientras exista alguien dispuesto a abrir un libro, una biblioteca seguirá viva.

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