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COLUMNAS

O trabajar en una editorial

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Joseluís González 

Profesor y [email protected]

Más que profesionales expertos en hacer dinero vendiendo lo que sea, una buena editorial sigue necesitando hoy especialistas formados (formadas) en disciplinas humanas y técnicas. No vendría mal un máster útil.

“Querida Lucy: Escribí para ti este relato, pero cuando lo empecé no me di cuenta de que las niñas crecen más deprisa que los libros. En consecuencia, tú eres ya demasiado mayor para cuentos de hadas, y para la fecha en que se imprima y se encuaderne serás todavía mayor. Pero algún día tendrás la edad suficiente para comenzar a leer de nuevo cuentos de hadas. Podrás sacar el libro de algún estante de los de arriba, desempolvarlo y decirme qué te parece. Probablemente me habré quedado demasiado sordo para oír y me habré hecho demasiado mayor para entender ni siquiera una palabra de lo que me digas, pero seguiré siendo tu afectuoso padrino”.

C. S. Lewis (1898-1963) le envió en mayo de 1942 a su ahijada Lucy Barfield el manuscrito completo de El león, la bruja y el armario con esa breve y cariñosa carta que acabo de traducir. El 16 de octubre de 1950, cuando la novela se publicó en Londres, esas líneas se convirtieron en la dedicatoria. Fotos de esa época retratan a Lucy como toda una señorita de su tiempo: iba a cumplir quince primorosos años, quería ser bailarina y, sin saberlo, le prestó su nombre a la heroína del libro, a Lucy Pevensie, la primera niña en adentrarse en Narnia a través de un armario. Tras los abrigos que cuelgan de las perchas, se despliega el frío mágico que se hace blanco en ese reino donde falta el león Aslan. Que los niños crecen más deprisa que los libros podría ser la máxima de todo editor consciente. Y valiente. Han variado, es cierto, la manufactura y el proceso de engendrar un libro. Y de incubarlo. La rapidez tecnológica ha avanzado siglos en unos decenios.

Por editor se entiende hoy una vertiente doble.

Y la legítima aspiración de todo negocio de ganar dinero debe estar presente en una editorial. Aunque una criatura crezca más rápido que las hojas de papel o las pantallas que se suceden en un dispositivo, cada etapa requiere su tiempo. Se trabaje azuzado por la presión y los plazos o con parsimonia. Un libro necesita un equipo coherente de unas cuantas personas, no solo un autor. Y más, si se trata de ir engrosando una colección digna y un fondo con personalidad. Porque no es lo mismo editar una comedia del Siglo de Oro castellano, un cuento infantil, un manual de Bioestadística, una novela gráfica, una guía de viaje o un poemario o el catálogo de una exposición. Mantienen similitudes y algunas diferencias. Y no es lo mismo editar que vender. Siguen haciendo falta editores. Los graduados universitarios pueden aspirar a ejercer ese oficio de preparar textos (con palabras, imágenes, sonidos…) y trabajar para redondear los resultados. Increíblemente, tres mil editoriales declaran estar activas en España en estos tiempos nuestros.

Por editor se entiende hoy una vertiente doble. El inglés diferencia dos palabras: “publisher” y “editor”. El “publisher” es un gestor que se dedica empresarialmente a descubrir nombres y temas novedosos, a sacar libros asumiendo los riesgos financieros de la publicación. Decide qué títulos lanzar, necesita conocer el público y sus expectativas y preferencias y, por supuesto, la legislación de derechos de autor; tener aptitudes mercantiles y de organización para cualquier proyecto. 

“Editor” es en la actualidad también quien hace “editing”, o sea, quien revisa y prepara (y procura mejorar) el contenido del original, “con la anuencia del autor”. Este editor puede trabajar en una editorial o en una agencia literaria, o en un gabinete de prensa, en una multinacional, en un bufete… y no debe manifestar dotes solo para despiojar erratas en las pruebas, ni siquiera embalsamar cadáveres de textos sin reflejos de vida, ni cazar líneas huérfanas o viudas en una página o justificar por qué el nombre de origen hebreo Míriam lleva tilde en nuestro idioma. Además de esa imprescindible habilidad para captar los detalles y minucias, necesita más cualidades. Como en toda dedicación profesional, hace falta unir conocimientos, comportamientos y destrezas con rasgos personales. Lo complejo es precisarlos.

Colaborador DCA
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COLUMNAS

¿De verdad se divide el mundo en dos?

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Juan Ángel Monreal, redactor de Diario de Noticias de Navarra, compañero de asignatura en la Facultad de Comunicación, maestro en la elegancia de la amistad, deja planear en clase este dilema decisivo sobre la prontitud en la profesión: No hay más que dos tipos de periodistas: los rápidos… y los que no son periodistas”. Es una clasificación incontestable.

Enseñar con el aliciente del humor ayuda a aprender, me parece a mí. Y a asimilar. Otro amigo nos reveló un día esta otra división, no tan comprobada: “No existen más que dos tipos de personas: los que tienen úlcera de estómago y los que la provocan”.

¿De verdad se divide siempre el mundo en dos? Y el futuro… ¿en cuántos gajos? Y el presente, con planos numerosos, inclinados, tangenciales, paralelos, con más encuadres que un largometraje, ¿cuántas fragmentaciones y visiones admite? ¿Vemos el mundo tal y como es? Uno casi prefiere sobrellevar una perforación intestinal que encarar lo real y sus contradictorios enfoques. ¿A quién no le tienta separar en dos campos todo lo que tenga por delante? Vencedores o vencidos, dentro o fuera.

¿A quién no le tienta separar en dos campos todo lo que tenga por delante?

Apocalípticos e integrados, carne o pescado. Parece este un tiempo de redes implacables y de riesgos de polarización política, económica, social, cultural… Parece nuestra propia era, tan global y tan local. Sin embargo, un libro titulado Factfulness (2018) (la parte de la realidad fundada en hechos), del médico y profesor y estadístico Hans Rosling, quiere desmentir con datos gigantes la idea rotundamente equivocada de que el mundo está dividido en dos.

Por ejemplo: a escala global, ¿qué porcentaje aproximado de adultos sabe leer y escribir? ¿El 80 por ciento, el 60 por ciento, el 40 por ciento…? ¿Aumentaron en el siglo XX las muertes por desastres naturales? Las respuestas que da la mayoría de la gente (periodistas, responsables de grandes empresas, cargos políticos, pensadores, público en general…) se desvían de la realidad de los hechos, de los datos condensados. Es más: tienden (tendemos) a creer que las cosas van peor de lo que van.

Sin embargo, el mundo se encamina hacia el progreso material. Leen y escriben ochenta de cada cien adultos. La esperanza de vida promedio ronda los setenta años. Y la perspectiva suele ser amplia y favorable. En definitiva, aseguraba el bueno de Rosling, este mundo no es tan malo ni tan peligroso ni está tan desesperado como pensamos. Pero ¿por qué lo vemos mal? Diez inclinaciones (instincts), diez sesgos parecen explicar por qué entendemos erróneamente la vida. Según Rosling, son el instinto de la separación (esa tendencia a dividir todo en dos), el instinto de negatividad, el de la línea recta, el del miedo, el del tamaño, el de la generalización, el del destino o la suerte, el de la perspectiva única, el instinto de culpa y el de urgencia. El sesgo de la negatividad se plasma en que retumban con más eco y más información los sucesos negativos que las cosas que van bien.

El prejuicio de la línea recta asevera que, si nos ceñimos a los hechos, la vida dibuja altibajos, curvas. Rosling lo explica con amenidad y encadenando anécdotas y ejemplos. Da gusto leerlo. Un profesor de Redacción de la Universidad explica que lo contrario de vender no es exactamente comprar. Y pregunta si desaconsejar equivale a no aconsejar.

Colaborador DCA
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COLUMNAS

La protección social y la sostenibilidad

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Antes del Covid-19, el 40 por ciento de la población en América
Latina no cotizaba en sistemas de salud y el 52.8 por ciento no estaba registrado en pensiones.

El 15 de octubre de 2021, tuve la oportunidad de participar en un conversatorio sobre la Sostenibilidad y Desafíos de la Protección Social en Centroamérica, organizado por la Universidad del Valle de Guatemala (UVG), con participación de representantes de la Comisión Económica para América Latina (Cepal), el Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (Icefi), el Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos (Cemca), la UNOPS y el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social.

Por ello, me gustaría compartir algunas ideas expuestas en el foro, las cuales considero relevantes para analizar las oportunidades de la Seguridad Social en el marco del cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Durante los últimos dos años, y debido a la pandemia, en la región pasamos de 187 millones de personas en situación de pobreza a 230 millones, que afecta mayoritariamente a las poblaciones de ingreso medio, bajo y en extrema pobreza.

Según el Oficial de Asuntos Sociales de la Cepal, Humberto Soto, en 2019, un 52.8 por ciento de las personas económicamente activas en América Latina y el Caribe no estaban afiliadas, ni cotizaban a los sistemas de pensiones, y el 40 por ciento no cotizaba en ningún sistema de salud.

Es decir, cuando llegó el coronavirus, un buen porcentaje de la población estaba desprotegida. Otro de los impactos de la pandemia ha consistido en el aumento de la desocupación y la reducción de ingresos en las mujeres, los jóvenes, los empleados de menos ingresos y los trabajadores informales. Sobre esto último, el profesor Thierry Marie, investigador del Centre Maurice Halbwachs, de París, destacó que la informalidad de la fuerza laboral en Centroamérica impide a la mayor cantidad de la población que pueda incorporarse al sistema de seguridad social. Por lo tanto, y para hacer frente a los efectos de la crisis por el coronavirus, a partir de marzo de 2020, los países de la región, incluyendo a Guatemala, desplegaron medidas de protección social.

Durante el conversatorio, el especialista en salud pública de UNOPS Dr. Francisco Becerra destacó la importancia de la respuesta frente a la emergencia sanitaria.

Las medidas consisten en transferencias monetarias en 30 países; entrega de alimentos y medicamentos en 29 países; aseguramiento del acceso a los servicios básicos como agua, energía, teléfono e internet en 26 países. Adicionalmente, en Guatemala, se vienen formulando propuestas como la del Icefi para la creación de una renta básica de 220 quetzales mensuales. Este monto puede significar un 50 por ciento de los ingresos de los trabajadores informales y las familias en pobreza.

Durante el conversatorio, el especialista en salud pública de UNOPS Dr. Francisco Becerra destacó la importancia de la respuesta frente a la emergencia sanitaria, por parte de los Seguros Sociales y de los Ministerios de Salud en los países centroamericanos, tomando en cuenta aspectos como la infraestructura física y digital; así como la disponibilidad de insumos sanitarios, vacunas y medicamentos. Por su parte, José Adolfo Flamenco, Presidente del IGSS, destacó los esfuerzos que viene realizando el Instituto para la mejora de la atención en salud, incentivos, pensiones y las estrategias implementadas a fin de garantizar la sostenibilidad financiera del Seguro Social de Guatemala.

A manera de conclusión, felicito a la UVG en alianza con la Embajada de Francia, por facilitar estos espacios de debate académico, ya que la reforma de la protección social en Guatemala implica una mayor diversificación de servicios; el aumento de afiliaciones y cobertura para llegar hasta las personas más vulnerables. Sobre esto último, quiero enfatizar que el mayor desafío para la sostenibilidad de la Seguridad Social consiste en el cambio de enfoque en la provisión de servicios, hacia una atención integral centrada en el bienestar de las personas, con transparencia y eficiencia. Esto, guarda una estrecha relación con la Agenda 2030 y el acceso a servicios públicos de calidad e instituciones sólidas.

Colaborador DCA
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Influencers y responsables (II)

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Algunos hasta llegan a sentir preocupación o ansiedad por el miedo a perderse algo que otras personas están viendo. Así describen los expertos el síndrome FOMO (Fear of Missing Out).

Pero el poder de las redes sociales va más allá del entretenimiento: mueve a la acción, y de ahí el interés que despiertan en las marcas. Detrás de las decisiones de compra motivadas por los influencers se esconde el crecimiento de un fenómeno psicológico llamado “prueba social” por el que las personas tienden a imitar comportamientos: cuando algo lo respalda un influencer se considera aceptado socialmente.

Todos necesitamos modelos de conducta, y los jóvenes encuentran en internet sus nuevos puntos cardinales. ¿Cómo podemos ayudarles a que sean conscientes de la influencia que ejercen sobre ellos y a elegir bien qué instagramers, youtubers, gamers, cantantes, humoristas, cocineros digitales… van a convertirse en sus referentes? La pandemia nos ha ofrecido la posibilidad de ver la cara más humanitaria de estos líderes de opinión digitales.

El poder de las redes sociales va más allá del entretenimiento.

Por ejemplo, Chiara Ferragni (@chiaraferragni), bloguera y empresaria de moda que ronda los veinticinco millones de seguidores en Instagram, donó cien mil euros y logró recaudar otros cuatro millones para una nueva unidad de cuidados intensivos en el Hospital San Raffaele de Milán.

Así una de las personas más influyentes del mundo, la Audrey de nuestros días, conjugó ser la única invitada al desfile crucero de la casa francesa Dior con su rol solidario y responsable en la lucha contra el coronavirus. Para bien o para mal, todos podemos influir, lo importante es pensar cómo queremos hacerlo.

Colaborador DCA
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