Frank Gálvez
Locutor y escritor
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El decir que vivimos en un “valle de lágrimas” rezuma drama medieval. Proviene del latín vale lacrimarum, presente en la Salve Regina, y sugiere que ser humano es atravesar el dolor con dificultad, como una tormenta permanente. Justamente la vida puede sentirse así. Pero con voluntad no tenemos que construir una casa en ese valle. La voluntad no es magia. No cancela el dolor ni elimina la desgracia. Se acerca más a lo que Viktor Frankl describió en El hombre en busca de sentido: “Todo se le puede arrebatar al hombre, menos una cosa, la última de las libertades humanas: elegir la propia actitud en cualquier circunstancia”. En otras palabras, la tranquilidad no es la ausencia de carga, sino una recalibración de cómo la llevamos. Abandonar el valle de las lágrimas no es negar el dolor, es rechazar la residencia permanente en él. Es elegir regar el pequeño jardín que está bajo nuestro control: amar mejor, conversar honestamente, poseer una gratitud real ante el día a día. Es aceptar los límites —en la medida de las posibilidades— sin renunciar a la aspiración. Los estoicos llamarían a esto distinguir lo que depende de nosotros de lo que no.
Sin el dolor, las heridas, los golpes, la sangre y las lágrimas, la victoria queda incompleta
(Hiral Nagda).
Así, una vida tranquila se trata menos de conquistar el mundo que de gobernarse a uno mismo. Humanizamos esta idea cuando admitimos nuestra inconsistencia. Algunos días nos despertamos heroicos; otros, mezquinos. La voluntad no es un interruptor, sino un músculo. Se fortalece con la repetición: eligiendo la paciencia sobre el impulso, la perspectiva sobre el pánico. La felicidad, entonces, se vuelve modesta y duradera. No son fuegos artificiales, sino una lámpara constante. No es la erradicación de las lágrimas, sino la decisión de que las lágrimas irrigarán el crecimiento interior en lugar de ahogarnos. Con voluntad, no escapamos de ser humanos; practicamos el bienestar humano. Porque al final no es el valle, es la actitud.











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