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COLUMNAS

Mariúpol

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Dr. Jorge Antonio Ortega G.

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Mariúpol es geopolíticamente estratégico. Permite un corredor terrestre en el este de Ucrania y el control de las dos repúblicas separatistas, además de la libertad de tránsito por el mar Azov, reabastecimiento, así como mantenimiento de sus naves en la península de Crimea en la base naval de Sebastopol, salida al mar Negro y navegación en el mar Mediterráneo, sin obstáculo alguno, hasta llegar a Gibraltar y desaparecer en el océano
Atlántico.

Hoy, con más de cincuenta días de guerra, los rusos han concentrado fuerzas terrestres, aéreas y navales para tomar la posesión de dicho puerto y ciudad, cumpliendo con una planificación secundaria al no poder tomar Kiev, la capital de Ucrania. Pero no todo está bien en las tropas de la federación rusa; por ejemplo: el barco insignia ruso fue vulnerable al fuego ucraniano y se hundió. No hay información disponible de los marinos rusos
fallecidos.

En este momento hay ofrecimientos de naves de combate para fortalecer la fuerza aérea ucraniana. Estados Unidos sigue empeñado en la ayuda monetaria y de material bélico para fortalecer el Ejército de Ucrania, principalmente con obuses, municiones y entrenamiento para su empleo. La Alianza Atlántica sigue con cautela los acontecimientos, para evitar que la guerra se expanda a otros territorios que involucren a otros Estados. 

Las cicatrices indelebles de la guerra nos recuerdan día a día el precio de la paz (Goja).

Los corredores humanitarios no han funcionado debido a que las tropas invasoras han violado el alto al fuego y bloqueado el paso de los vehículos. Hay centenares de ucranianos en los sótanos del complejo industrial de Azovstal, que se encuentra cercado y presionado por bombardeos y tropas de la federación rusa.

Los soldados de la 36 Brigada de Marina mantiene la posición a pesar de estar en desventaja de 10 a 1 con respecto al enemigo. El comandante Serguiy Volyna afirma que “están viviendo sus últimos días u horas”, pero no se rendirán a pesar de las advertencias de los mandos rusos que se encuentran en el territorio invadido.

Putin está presionando con todo el poder de su brazo armado para obtener un premio de consolación a su aventura de colapsar el Gobierno de Ucrania y tener una salida honorable de la guerra en las negociaciones de paz; se han realizado dos rondas y el Gobierno de Turquía está fomentando y aportando todo lo necesario para realizar en su territorio una tercera ronda y lograr poner fin de la confrontación.

Mientras esto sucede, en la parte diplomática y política, Moscú recrudece los combates en el este, sur de Ucrania y, en el noreste en el área de Járkov. 

Los bombardeos son masivos y las autoridades de las ciudades bajo asedio han urgido a los civiles a huir debido a la complejidad de la situación y a la crudeza de los combates. Con centenares de fallecidos entre soldados confrontados, civiles y la destrucción de las ciudades.

Los refugiados en países vecinos suman más de 4 millones y los desplazados internos aún no son contabilizados, pero pueden exceder la cantidad anterior.

Las tropas de tierra de ambos ejércitos se encuentran en estos nuevos sectores de confrontación atrincherados, preparado las respectivas
ofensivas. 

La paz se ve muy lejana, a pesar de los esfuerzos de alcanzarla y enterrar la zozobra e incertidumbre de la guerra, el mundo está a la expectativa del desenlace de la confrontación, pero Putin insiste en que se logrará si se aceptan las condiciones invariables de Rusia, las cuales aducen como exigencias legítimas y de carácter históricas, además de negar el ingreso de Ucrania a la Otán. 

Ucrania resiste gracias al liderazgo de su presidente, el coraje de sus soldados y ciudadanos, hombres y mujeres que luchan por la libertad, la paz, la integridad territorial y la independencia de su nación. 

Colaborador DCA
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COLUMNAS

Filosofía contra el dominio de lo trivial (II)

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Ana Marta González
Profesora del departamento de Filosofía e Investigadora del Instituto Cultura

Naturalmente, hay verdades y verdades. Cada cual, el filósofo, el científico, el artista… persigue la propia de su ámbito, igual que todos perseguimos, con mayor o menor acierto, esa verdad que Aristóteles designó una vez como “verdad práctica”, la verdad de la acción y, en último término, la verdad de la vida.

Sin embargo, las verdades cuya ausencia desató la alarma de amplios sectores de la sociedad, hasta convertir el término posverdad en un tema de tertulia durante la friolera de varios meses, son humildes verdades fácticas.

Esas que, envueltas en una retórica más o menos persuasiva, tienen relevancia para la vida política: ¿ocurrió o no ocurrió tal cosa? ¿Dijo la verdad el candidato? ¿Estaba equivocado o mintió deliberadamente? En ese contexto, lo que el término posverdad pretendía poner de manifiesto es lo aterrador de un estado cultural marcado por una aparente indiferencia hacia la verdad, en el que ya no importa tanto lo que dijo, cuanto el modo en que lo dijo.

Como apuntaba Aristóteles en su Retórica, para un discurso eficaz no basta solo el argumento, sino la capacidad de llegar al público.

Sin duda, como apuntaba Aristóteles en su Retórica, para un discurso eficaz no basta solo el argumento, sino la capacidad de llegar al público, la apariencia de integridad… El problema aparece cuando la atención se dirige casi exclusivamente a estos aspectos, hasta extremos que rayan lo ridículo, y entre medias se sacrifica la verdad.

Porque, como argumentaba Hannah Arendt en un célebre ensayo, esto resulta letal para la credibilidad de la política.

El discurso populista constituye una reacción profundamente emocional, frente al discurso aséptico de una tecnocracia políticamente correcta.

Pero ambos sacrifican la verdad y terminan recurriendo a estrategias retóricas parecidas para hacerse un lugar en el escenario.

Formar una ciudadanía crítica, capaz de sustraerse a la dialéctica y a la superficialidad de discursos vacíos, requiere algo más que retórica: requiere esa clase de libertad que solo se conquista mediante un disciplinado amor a la verdad y un exigente ejercicio de autocrítica frente al dominio de lo efímero. De eso, no de otra cosa, trata la Filosofía

Colaborador DCA
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COLUMNAS

Al fondo a la derecha

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Javier Marrodán
@javiermarrodan

Hace diez años perpetré un reportaje coral con varios alumnos de la Facultad de Comunicación sobre los ‘sin techo’ de Pamplona. Nos habíamos propuesto descubrir qué tumbos habían ido dando por la vida antes de acabar en un banco de la plaza de la Cruz con un brick de vino peleón.

Muchos acudían a última hora al albergue que funcionaba entonces en un chalé de propiedad municipal próximo al Club Natación, cerca del río Arga: allí podían dormir a cubierto después de compartir un plato de sopa caliente y un poco de conversación.

Fuimos varios días al albergue y algunos accedieron a desandar con nosotros sus biografías, casi siempre turbulentas. Había historias tremendas.

Fuimos varios días al albergue y algunos accedieron a desandar con nosotros sus biografías, casi siempre turbulentas.

Enrique admitió que había pasado buena parte de sus setenta años agarrado a una botella, pero junto a la sucesión de carencias y borracheras que cabía imaginar al verle dando bandazos por la calle había episodios insospechados que trató de hilvanar en torno a unos vasos de vino: empezó a trabajar en una bodega recién cumplidos los nueve años, fue marino en el Gran Sol, estuvo enrolado en la Legión Extranjera, un consejo de guerra lo condenó a 36 años de cárcel en los compases finales del franquismo y el primer indulto de la Transición lo devolvió a la calle y a la bebida.

Entre sus compañeros de litera en el chalé había magrebíes sin trabajo, supervivientes de la heroína, alcohólicos de distinta edad y procedencia, expresidiarios, exfuncionarios, expadres de familia y perdedores en general: una representación bastante exhaustiva de los desheredados de la capital navarra.

Aún nos llamó más la atención la profesionalidad y el cariño que ponían en su trabajo las personas que atendían el albergue. Eran profesionales, sí, pero en su actitud, en las explicaciones que nos dieron de su cometido y en su modo de relacionarse con unos y otros había un compromiso que trascendía por completo las condiciones o el salario que pudiera estipular en su contrato.

Recuerdo que compartí mi admiración con Yago, recién incorporado, y que nos refugiamos en una frase de Oswald Spengler que habíamos leído poco antes: “En los momentos decisivos de la Historia siempre hay un último pelotón de soldados cansados que acaba salvando la civilización”.


Continuará…

Colaborador DCA
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COLUMNAS

Venecia rinde homenaje al genio Rafael Moneo

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Miguel Ángel Alonso del Val
Director de la Escuela de Arquitectura.

La concesión del León de Oro de la Bienal de Venecia a la trayectoria de Rafael Moneo Doctor Honoris Causa por la Universidad de Navarra a propuesta de nuestra Escuela de Arquitectura en 2019, culmina una dilatada y extensa relación del arquitecto tudelano con Italia, que se inicia con su estancia, entre 1963 y 1965, en la Real Academia de España en Roma, en el inigualable marco de San Pietro in Montorio.

Como ya tuve el honor de glosar en la obra Vislumbres editada por la Embajada de España en Italia a modo de homenaje a las personalidades que más han contribuido a la historia común de Italia, España y Iberoamérica, Rafael Moneo ha logrado compaginar con maestría sus vertientes académica, teórica y creativa hasta convertirse en el más alto referente de la arquitectura española actual.

Y también de la arquitectura mundial, hecho probado con la entrega de este último premio en el marco de uno de los eventos artísticos y culturales más prestigiosos en la actualidad, como es la Bienal de Venecia.

Desde aquella primera conexión con la Cittá Eterna a comienzos de los sesenta, la cultura y la arquitectura italiana van a ser cruciales en la formación de Rafael y en el desarrollo de su personalidad como arquitecto. Allí entró en contacto con Bruno Zevi, historiador que había reivindicado la arquitectura orgánica frente al dominio del racionalismo en el relato del Movimiento Moderno.

A estos galardones se han sucedido otros muchos, próximos y lejanos.

Y pudo conocer, a través de los viajes del segundo año de la Academia la arquitectura más insigne de Grecia, Estambul, Viena, Amsterdam o París; lo cual no impidió que Italia siguiera siendo, para él, referencia máxima para interpretar la obra de arquitectos modernos de corte más monumental y expresionista.

En los años setenta Moneo mantiene una estrecha relación con arquitectos italianos tan relevantes como Aldo Rossi o Manfredo Tafuri. En este tiempo también va creciendo su admiración no solo por la historia y las teorías arquitectónicas del país, sino por el mecenazgo industrial de familias como la Olivetti, cuyo modelo consideró paralelo al del empresario navarro Félix Huarte (que había promovido el edificio Torres Blancas de Sáenz de Oíza y en el que colaboró como estudiante el propio Moneo) y cuya relación con su hija María Josefa se fraguó en el encargo del Museo Universidad de Navarra, en 2015.

A partir de los años 80, como chairman de la GSD de Harvard, su carrera tomó una dimensión internacional, que culminó con la concesión del Premio Pritzker (el considerado Nobel de la Arquitectura) en 1996. No obstante, Rafael enlazó de forma continua los concursos en Italia.

Concretamente en Venecia, participó en el del Cannaregio en 1978 y allí ganó, en 1990, el del Palazzo del Cinema para el Lido. Un proyecto que materializó en un brillante ejercicio de equilibrio entre tradición y modernidad todavía pendiente de construcción.

Como contrapartida, la figura de Moneo también ha sido ampliamente reconocida por la cultura italiana. Desde 1992 es miembro de la Academia de San Luca de Roma y en 1998 recibió el prestigioso Premio Feltrinelli de manos del presidente de la República, Oscar Luigi Scalfaro. En su discurso de agradecimiento él mismo expresó su alegría por un reconocimiento que satisfacía “los sueños del joven arquitecto que fui en Roma”.

A estos galardones se han sucedido otros muchos, próximos y lejanos, como el Premio Príncipe de Viana 1993, el Premio Príncipe de Asturias 2012, la Medalla de Oro de la UIA 1996 o el Praemium Imperiale de Japón en 2017. Al recibir el Premio Internacional Piranesi en 2010 por el Museo de Arte Romano de Mérida, símbolo de la arquitectura pública de la joven democracia española.

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