El compositor, guitarrista y marimbista Mariano Valverde es una figura emblemática de la música guatemalteca, cuyo legado sigue resonando en las notas de la marimba y en los valses que marcaron época. Nacido el 20 de noviembre de 1884 en Quetzaltenango, dedicó su vida a la creación musical y dejó más de un centenar de composiciones.
Desde temprana edad mostró inclinación por la música. Estudió en el Instituto para Varones de Occidente y recibió formación particular antes de trasladarse al Conservatorio Nacional de Guatemala, donde refinó su técnica. Fue un virtuoso del piano, brillante guitarrista y un innovador en la ejecución de la marimba, instrumento que enseñaba a tocar por solfa (lectura de partituras).
Valverde fue integrante de la reconocida Marimba Hurtado Hermanos, con la que realizó giras por Guatemala y Estados Unidos a principios del siglo XX. En estas presentaciones, grabó varias de sus composiciones, que le valieron su reputación como uno de los grandes músicos de su tiempo. En 1917, participó en una histórica presentación de marimba en la ciudad de Guatemala, dedicada al presidente Manuel Estrada Cabrera, junto a los hermanos Ovalle Bethancourt y el compositor Jesús Castillo. En México, continuó perfeccionando su formación musical, con la compañía del escultor Rafael Yela Günther.
Más adelante en su vida, el instrumentista fue el primer director de la Marimba Maderas de mi Tierra, considerada en su momento como la mejor agrupación de su tipo en el mundo. Su influencia se extendió como profesor de educación musical, formando a toda una generación de músicos.
Piezas insignes
Entre sus obras más destacadas se encuentran: Horas grises, Último amor, Ondas azules y Reír llorando, todas estas interpretadas principalmente con el instrumento nacional y reconocidas por su sensibilidad melódica.
No obstante, su composición más famosa es el vals Noche de luna entre ruinas, compuesta en 1902 tras el terremoto de San Perfecto, que destruyó gran parte de Quetzaltenango, y donde falleció su madre.
El músico murió el 27 de diciembre de 1956, pero su obra continúa viva en las calles, teatros y festivales guatemaltecos. Su contribución al arte nacional no solo se mide en partituras, sino en la inspiración que ha brindado a generaciones de músicos y en el orgullo que despierta su nombre en la ciudad altense. Su legado es tal que su rostro figura en los billetes de 200 quetzales, un honor que lo consagra como una figura inmortal de la cultura y la música del país.

Su rostro figura en los billetes de Q200, junto a Sebastián Hurtado y Germán Alcántara.











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