Comunícate con nosotros al 1590

Revista Viernes

Los grafitis coloniales: lo que nos dicen los muros

Publicado

-

Fotos: Katheryn Ibarra y cortesía de Gabriela Luna

Es importante conocer que los grafitis eran vistos “como una expresión artística de lo que estaba pasando, no solo en las sociedades prehispánicas y coloniales, sino en todo el bagaje cultural que lleva un país con más de 3 mil años de historia como Guatemala”, indica Gabriela Luna, al consultarle acerca de su investigación.

Luna es maestra en Restauración de Monumentos con especialidad en bienes inmuebles y centros históricos, por la Facultad de Arquitectura, licenciada en Arqueología por la Escuela de Historia, ambas de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Ha laborado en diversos sitios arqueológicos como Tikal, La Joyanca, San Bartolo, Salinas de los Nueve Cerros, entre otros. Su compañero de fórmula es Hairo Castellanos, arquitecto egresado de la Universidad Mariano Gálvez que cuenta con 15 años de experiencia en la restauración de bienes inmuebles. Ambos han estado documentando desde hace cuatro años lo que denominan grafitis coloniales, que son marcas que han encontrado en las paredes de ciertos monumentos históricos de La Antigua Guatemala.

Según el Diccionario de términos de arte y elementos de arqueología, heráldica y numismática, de Guillermo Fatas y Gonzalo M. Borras, grafitos o graffitti, son inscripciones, letreros, etcétera, en las paredes de los edificios y que expresan sentimientos, ofensas, invocaciones, escenas o fechas, hechas por los visitantes, especialmente en lugares de veneración, prestigio o visita frecuente.

En la historia se han encontrado grafitis rupestres que datan de hace más de 40 mil años y en Guatemala desde el prehispánico, cuando se documentaron unos en Tikal en el Templo II y de la Estructura 5D-65. Sin embargo, en la Ciudad Colonial no habían sido registrados, hasta ahora que se han dado a la tarea de investigar y clasificarlos.

¿Cómo se inició la búsqueda?

La arqueóloga comentó que en 2020 participó en una ponencia vía Zoom en donde explicaban que en muchos conventos en México habían ubicado estas figuras. “En cuanto más los veía, me decía: si hay en México tiene que haber en Guatemala; era casi seguro que los iba a encontrar y, entonces, empecé a aplicar la técnica de barrido de muro, que yo llamo barrido ocular”.

“Empecé a analizar las paredes de espacios que no eran tan transitados para el público en general, porque yo sabía que tenían que estar en lugares bastante privados. Y se lo comenté a la arquitecto Hairo Castellanos y le inyecté la emoción por este tema, para buscarlos y documentar, porque son parte del legado histórico visual que tiene el país”, indica.

Ambos empezaron la investigación de campo y, en efecto, en conventos como San Agustín, Capuchinas y Santa Teresa fueron apareciendo diversidad de trazos. Para poder clasificarlos, crearon una ficha técnica y determinaron el proceso para catalogarlos y conocer el estado en el que se encontraban, “porque a partir de ahí se podrán conservar para un largo tiempo”.

El registro

“Llegamos a la conclusión de que había que extraer los dibujos de forma técnica sin alterar la morfología, ni las dimensiones. Vimos el proceso de conservación y la única forma de extraerlos era de manera digital o reproduciéndolos sobre un papel translúcido. En este caso, utilizamos papel calco para las piezas donde difícilmente se podía llegar, además de un registro fotográfico donde no se podía calcar. Posteriormente, se pasó de forma digital a la plataforma de AutoCAD (programa de diseño utilizado para realizar planos y dibujos en 2D y 3D), y se generaron con polilíneas y, luego de eso, se comparó el dibujo original a escala con el que está colocado en los muros”, explica Castellanos, quien es el encargado de ejecutar gran parte de esta fase.

Agrega que se utilizó luz ultravioleta, ya que esta sirve para dar a conocer lo que el ojo humano no puede ver, y hace un contraste de colores en donde los pigmentos relucen con mayor intensidad.

Al consultar por los trazos que son poco visibles, Castellanos comenta que depende mucho del área. “Los monumentos a veces tienen varias capas de pintura dentro de las cuales borran algunas áreas. En este caso, hay que hacer una exploración arqueológica por medio de escalpelo: quitar las capas y definirlo bien, y si no, se dibuja únicamente lo que visualmente se puede apreciar y es un trabajo de mucho tiempo, muy técnico y de mucha paciencia”.

Al concluir con este proceso, Luna revela que se inicia el estudio para “empezar a entender y a dar un análisis iconográfico de qué eran, qué representaban, cómo estaban vestidos. Los grafitis no son solo una muestra de arte, sino que son señal del sentimiento de algo que estaba pasando y nos permite ver qué hacía la gente en ese momento. Hay uno en donde están percutiendo un arma, vemos estas guerras que se estaban dando en el momento de la conquista, entonces todo eso es un legado gráfico e histórico de nuestro patrimonio y es importante conservarlo sobre todo porque están en muros expuestos que cualquier restauración los puede borrar, alguna persona los puede tachar y estamos perdiendo años de historia”.

La unión de estas dos ciencias (arquitectura y arqueología) es importante porque al implementar la estratigrafía muraria “leemos los muros, por ejemplo, cuál es el primer revestimiento, el segundo; entonces, es una mezcla bastante importante. La parte técnica de la arquitectura y científica de la arqueología trabajan juntas. Yo creo que por eso logramos hacer esta investigación, porque había cosas que yo no podía interpretar de una iglesia arquitectónica; pero el arquitecto sí podía darme ese conocimiento”, menciona la experta.

Esta averiguación les ha servido para conocer las diferentes ocupaciones que han tenido las edificaciones; por ejemplo, en el convento de Capuchinas se encontraron unas manos impresas en carbón, ya que ese lugar después del traslado a la Nueva Guatemala de la Asunción funcionó como una fábrica de pólvora. En el convento de Santa Teresa se ubicó un grabado de 1905, aproximadamente, de unas vacas, ya que funcionó como un establo, y de esta forma también se puede tener información cronológica de los edificios.

De este tema únicamente se tiene un registro previo con las excavaciones arqueológicas en el templo del Monasterio de Santa Catalina, Virgen y Mártir (Arco de Santa Catalina), efectuadas en 1997 por el doctor Mario Ubico, en los que “es posible apreciar en los paramentos de la cripta objetos de atención, tanto en los muros como de la bóveda misma inscripciones y dibujos que parecen corresponder a los siglos XVIII o XIX”.

“Espero que esto sea más público para que más investigadores se puedan seguir interesando porque sé que hay muchos que han documentado algunos, pero se han quedado en informes. Porque en la medida en que la gente conozca su patrimonio lo va a proteger; si no lo conoce, no puede protegerlo, tampoco amarlo”, finalizó Luna.

Katheryn Ibarra
Seguir leyendo

Revista Viernes

Su pasión por la ópera dejó huella en el país

Publicado

-

Aída Doninelli nació en Guatemala el 4 de noviembre de 1899, y sus padres fueron Antonio Doninelli y Ángela Pozzi.

Una soprano que debutó como solista en noviembre de 1918, en la base militar de la Zona del Canal de Panamá, ante soldados que habían regresado de Europa. Posteriormente, viajó a Estados Unidos, en donde actuó en la Ópera de Chicago. Trabajó para el Metropolitan Opera House, uno de los teatros de más renombre; esto sucedió en Nueva York, en 1928. Su director era el maestro Rullio Serafín.

En su carrera artística participó en óperas como La Boheme, La Traviata, Rigoletto, Madame Butterfly, Turandot y Carmen, entre otras. Formó parte de las compañías Rosa Ponselle, Lilly Pons y Beniamino Gigli.

Fue una docente en las aulas del Conservatorio Nacional de Música, y una de sus salas lleva su nombre desde 1964.

También, participó como Agregada Cultural de Guatemala en México. Asimismo, fungió como madrina del barítono Luis Felipe Girón May.

Falleció en México, en 1996.


•Con información del Diccionario Histórico Biográfico de Guatemala.

Katheryn Ibarra
Seguir leyendo

Revista Viernes

“No hay imposibles”: Alejandra Ramírez

Publicado

-

Fotos: Norvin Mendoza y cortesía de PhotoSportGT

Para Alejandra Ramírez, el mundo de la gimnasia y el porrismo ha sido su vida desde los 8 años. La experiencia y logros que acumuló quiso compartirlos con niñas que tuvieran esos mismos sueños o deseos de su infancia y por eso ahora entrena gimnastas con Síndrome de Down.

En 2013, junto a Gabriela Martínez fundaron el Gimnasio Smart Jump, pues notaron que esta disciplina no contaba con espacios adecuados para desarrollarse. La experiencia de ambas permitió que las menores con deseos de aprender y disfrutar de sus clases llegaran al gimnasio y los logros deportivos comenzaron a colocarse en las vitrinas del local, en las especialidades y niveles que imparten.

La milla extra

Pero la inquietud de sobresalir y dar la milla extra las impulsó a participar en el curso para entrenadores a Olimpiadas Especiales, donde conocieron el programa y se enamoraron de él.

El gusto por esta disciplina propició la propuesta a Yaeko Cifuentes, directora de Olimpiadas Especiales Guatemala, de convertirse en patrocinadores de la Gimnasia Rítmica en 2015.

Formando atletas de alto nivel

En la actualidad, este proyecto tiene 13 atletas que entrenan todos los miércoles, y se les enseñan los pasos que formarán la rutina final. “Entrenar atletas con discapacidad es tan normal como entrenarlos sin discapacidad; se les exige igual, para ellas no hay imposibles; tal vez, la única diferencia es que están más dispuestas y comprometidas. Me encanta entrenar con ellas: me enseñan muchísimo. Son 13 gimnastas que actualmente forman parte de este programa”, indica Martínez. 

Las jóvenes de Smart Jump se han destacado en el ámbito internacional, clasificando a Juegos Latinoamericanos y Juegos Mundiales, entre otros.

En los Juegos Mundiales que se disputaron en Berlín, Alemania, el año pasado, la gimnasia rítmica obtuvo seis medallas: Diana Mendizábal, cuatro (dos de oro, una de plata y una de bronce), y Alejandra Solórzano, dos de plata. Este año, se clasificaron cuatro para los Juegos Latinoamericanos: Diana Mendizábal, Alejandra Solórzano, Sayra Barrios y Luz Lemus. 

Norvin Mendoza
Seguir leyendo

Revista Viernes

Asturias y el dictador

Publicado

-

Fotos: Archivo

Al hacer un repaso por la vida y obra del premio Nobel de Literatura 1967, Miguel Ángel Asturias, solo puede concluirse en que todo lo que vivió en la “tierra de Ilom”, desde su niñez hasta consagrarse como uno de los más grandes escritores de Latinoamérica y el mundo, no fue producto de la
casualidad.

Podría pensarse que crecer en medio de una dictadura feroz y despiadada como la de Manuel Estrada Cabrera (22 años en el poder, 1898-1920), limitaría su contacto con las letras o la posibilidad de expresarse, pero al contrario, la figura del presidente de turno resultó ser una inspiración para el joven Asturias. No fue en forma de musa, como ocurre para muchos literatos, sino como una figura política de la que había mucho que decir, a pesar de la policía, los militares, los “orejas” y la represión de entonces.

Estrada Cabrera estuvo presente en la vida del Nobel desde la infancia, lo que lo llevó a conocer una realidad que parecía inexistente más allá de la “Tacita de Plata”. Y es que de todos es conocido que el niño Asturias tuvo que mudarse a Salamá, Baja Verapaz, a la casa de sus abuelos, ya que su padre, Ernesto Asturias, abogado, y la madre, María Rosales, maestra, habían sido separados de sus cargos por considerárseles opositores al régimen dictatorial.

Por ahí de 1905, estudió sus primeras letras y hay quienes aseguran que además comenzó su contacto con la población indígena salamateca, pero además se adentró en la tradición oral a través de su niñera, Lola Reyes, quien se encargó de relatarle historias, mitos y leyendas de sus antepasados.

Durante siete años exploró, por un lado, la miseria que se vivía en la provincia guatemalteca, así como la riqueza cultural, tradicional y espiritual que lo rodeaba, insumos suficientes para comenzar a pensar distinto, pero también para desarrollar esa incesante inquietud por la política y la creación literaria, lo que más adelante se convirtió en lo que hoy conocemos como realismo mágico.

El joven está de vuelta

En 1907, Miguel Ángel regresó a la casa de su abuela materna en la capital, y un año después se suman sus padres, quienes se establecieron en el barrio de La Parroquia Vieja. Durante su adolescencia estudió en un par de colegios católicos. En 1912, inició su bachillerato en el prestigioso Instituto Nacional Central para Varones, cuna estudiantil de muchas celebridades guatemaltecas y foráneas. Ahí fue testigo y partícipe de los primeros levantamientos contra la dictadura de Estrada Cabrera.

Matasanos y güisachín

El joven Miguel Ángel comenzó sus estudios superiores, cursó un año medicina y luego, en 1917, pasó a formar parte de la facultad de Derecho en la entonces Universidad Estrada Cabrera (como se conocía a la actual Universidad de San Carlos de Guatemala), mismo año del devastador terremoto que convirtió la capital guatemalteca en escombros.

La falta de respuesta o indiferencia de Estrada Cabrera detonó, en 1919, a los movimientos populares que involucraron a artesanos, obreros, campesinos, maestros, estudiantes, intelectuales y jóvenes militares en contra del régimen. La historia da fe de que tras cuatro meses de alzadas, campañas cívicas y ocho días de lucha militar (La Semana Trágica), el miércoles 14 de abril de 1920, el Bárbaro de la Palma fue derrocado, poniéndose fin a 22 años de dictadura, la más prolongada de la historia de este país. Asturias y los activos compañeros de aula formaron lo que hoy en día se conoce como “La Generación del 20”, por su participación en dichas jornadas.

En 1921, quien ya era conocido como Moyas, participó en la fundación de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU), por lo que viajó a México como delegado al Primer Congreso Internacional de Estudiantes. Ese mismo año, junto a un grupo de universitarios, entre ellos Alfredo Valle Calvo, José Luis Barcárcel y David Vela, integró la comisión que dio vida al canto de guerra de todo sancarlista hasta el sol de hoy: La Chalana.

El repaso por la niñez y juventud del Nobel de Literatura permite afirmar que la figura del dictador Manuel Estrada Cabrera siempre estuvo presente, de manera paralela, en su proceso creativo, al punto que encarna al personaje principal de una de sus obras cumbre, El señor Presidente.

“…¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre! Como zumbido de oídos persistía el rumor de las campanas a la oración, maldoblestar de la luz en la sombra, de la sombra en la luz. ¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre, sobre la podredumbre!” (Inicio de la novela El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias, premio Nobel de Literatura 1967).

Mario Ramos
Seguir leyendo

Directorio

  • Dirección General: Carlos Morales Monzón
  • Coordinación General de Redacción: Miguel González Moraga
  • Coordinación de Información: Mario Antonio Ramos
  • Editores: Carlos Ajanel Soberanis, Jose Pelico, Erick Campos, Katheryn Ibarra y Max Pérez
  • Página Web: Isabel Juárez

©2024 Diario de Centro América - Todos los derechos reservados.