Los fusibles

Un amigo me comentaba sobre los cambios que hacen los presidentes en su equipo de gobierno. Me decía que daba la sensación de que los mandatarios no tienen gente para gobernar. O bien, que los partidos en el poder no se preocuparon por preparar cuadros técnicos para ocupar los cargos más importantes de la administración pública. Es una verdad a medias.

La otra cara es que, en política, no hay nada escrito en piedra. Es un campo de los más dinámicos que existen. Nadie llega a un puesto acariciando cuatro años, sino más bien, pensando que puede acostarse ministro y despertarse como un ciudadano común. Los vientos de la política van y vienen y a su paso a veces dejan una estela devastadora. En algunas ocasiones los cambios se producen sin pena ni gloria. Otras, por el contrario, son precedidos de vientos huracanados.

En la historia política del país han existido gobernantes que, con el nombramiento, exigen al funcionario su carta de renuncia; y la guardan bajo la almohada a la espera del menor descuido para hacerla pública. Así de gruesa es la política, y así de cruda la realidad que viven los funcionarios. Son fusibles que pueden ser cambiados en cualquier momento y a cualquier hora, con el fin de mantener la estabilidad y la salud de la administración pública. A veces, no es culpa del funcionario el hecho de ser cambiado. Puede deberse a intereses más globales, o bien, a medidas estratégicas que buscan mantener a flote al régimen de turno.

Nada de extraño hay en el cambio de funcionarios; al fin y al cabo, los únicos que pueden presumir de estar en el poder por un período completo son el presidente y el vicepresidente. A veces, ni ellos, tal como sucedió en el pasado reciente del país. En otros ámbitos, las reinas de pueblo suelen terminar el período para el que fueron electas.

Generalmente cuando un presidente juramenta a su Gabinete por primera vez, le advierte que no les promete el puesto por todo el período; y dependerá de muchos factores que un funcionario permanezca en su cargo. Sacar mucho la cabeza, como se dice corrientemente, le puede costar a un funcionario que se la corten. No debe olvidarse que, como persona pública, millones de ojos están sobre él y le esculcan el menor de los movimientos y acciones. La vitrina del Estado es de cristal y puede romperse ante cualquier golpe de viento.

El peor espejismo para un funcionario es emborracharse de poder y perder de dimensión que este será siempre efímero, y que tras sus mieles se esconde el más letal de los venenos. Nada es eterno en este mundo, y el poder, menos. Es verdad que el poder eleva el ego de algunos funcionarios, pero también es cierto que, al menor descuido, les da un remezón que los deja viendo estrellas.

Una vez, mi recordado amigo Julio Santos, quien ocupaba un alto cargo en el gobierno de Vinicio Cerezo, al preguntarle si aún permanecía en este, me dijo: estoy agarrado de una ramita, pero ayer cobré mi sueldo. Y sonrió, con esa mueca sarcástica muy propia.

Carlos Interiano