La vida y la muerte

La vida y la muerte, unidas en la existencia, dejan tras su paso una serie de hechos que, impresos en la memoria, determinan la naturaleza de cada persona, lo que son y han sido, su data personal.

La muerte se alimenta de la vida, y esta, a su vez, hasta cierto punto, lo hace de aquella. Existe una comunión dialéctica entre la una y la otra, que se esparce en toda región del planeta y cuya contradicción genera cambio.

Sin embargo, del ser, que en este caso es la vida, al no ser, que constituye la muerte, hay una significativa distancia.

No es lo mismo ser y estar, que no haber nacido, y por lo tanto no ser. Es más, se muere porque se estuvo vivo, pero, de la muerte no surge vida.

A pesar de las trasformación incesante de la materia, con el paso de lo inorgánico a  lo orgánico, es esta la que persiste, más no la vida. Pese a ello, Inmortales mortales, mortales inmortales: viviendo la muerte de aquellos, muriendo la vida de estos, sabias palabras de Heráclito que muestran el eterno cambio y el ineludible salto de la vida a la muerte.

Así, la extensión de la vida es el encuentro con la muerte, y con esta, la nada. La vida para los seres humanos es corta, la existencia es breve comparada con la bastedad del tiempo, con la duración del todo.

Pero existir es tener la oportunidad de dejar huella, de inscribirse en los anales de la vida, que sin esta, no sería.

La abrumadora muerte devora la vida, y la angustia de estar consciente de ello y del incesante paso del tiempo mina la vida.

Vivir, disfrutar cada momento, saber que la posibilidad del bienestar, de amar y ser feliz se logra con la vida, es razón suficiente para revalorarla y respetarla. El valor de la vida es inconmensurable y, curiosamente, muchos no tienen conciencia de ello.

Así, el respeto a la vida se pierde cuando se patentiza la ignorancia a través de la sobrevaloración de lo unitario, del individuo sobre los otros, y se es prisionero de los miedos engendrados por otros a partir de su egoísmo.

Son los miedos los que inculcados o asumidos no permiten avanzar y vivir plenamente, haciendo indistinta la condición de estar vivo o muerto.

Las conexiones orgánicas que con su complejidad patentizaron la existencia humana, no hubieran sido factibles sin la fecundación y el nacimiento a la vida de miles de millones de mujeres y hombres en el planeta.

Se es humano porque antes se tuvo vida, y se asume con honestidad la calidad racional, emotiva y social, que se le exige a esa peculiar especie. Sin duda, vivir es mejor que estar muerto o no tener la posibilidad de ser.

Jairo Alarcón