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COLUMNAS

La última frontera del conocimiento (II)

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Dr. José Luis Lanciego

Investigador del Programa de Neurociencias del Cima

Cuando se conoció la existencia de esta circuitería cerebral nació la
necesidad de trazar la ruta de las vías nerviosas y sus conexiones. Y a este intrincado mapa de carreteras se le denominó conectoma. Llegar a describirlo con precisión constituye el proyecto de investigación más ambicioso de la humanidad.

Como el cerebro es electricidad en movimiento, el conectoma no constituye la imagen estática de un plano callejero, sino que varía a lo largo de la vida: se refuerza y destruye con las experiencias y el aprendizaje, con el uso y desuso. Cartografiar su forma y funcionamiento supondrá contar con una especie de GPS que proporcionará información detallada de sus circuitos y tráfico en tiempo real. 

Se dará así un paso de gigante para entender los principios operativos cerebrales que sustentan rasgos como la memoria, la cognición, la conciencia, el lenguaje, la identidad y la personalidad, las sensaciones, los impulsos o la capacidad intelectual. Esta tarea es comparable al salto de conocimiento existente entre los primeros mapas del Nuevo Mundo dibujados por Juan de la Cosa en el año 1500 y aplicaciones como Google Maps. 

Si, como una parte de la comunidad científica, asumimos que nuestra identidad descansa en nuestro cerebro, y que lo determinante son sus conexiones, llegamos a la conclusión, en palabras del neurocientífico sudafricano Sydney Brenner, de que “somos nuestro conectoma”. En cierto modo, cada uno de nosotros es una compleja representación creada por las relaciones que las neuronas del cerebro establecen entre sí. 

Asumimos que nuestra identidad descansa en nuestro
cerebro.

Brenner, uno de los pioneros de la disciplina, tardó una década en descifrar el cerebro del Caenorhabditis elegans, un gusano transparente de un milímetro de longitud cuyo sistema nervioso consta únicamente de 302 neuronas con 7 mil contactos entre ellas. Reconstruyó miles de cortes histológicos en un ordenador de 64 K que ocupaba toda una habitación y en 1986 publicó un trabajo de 450 páginas titulado La mente de un gusano. En él llegó a la conclusión de que “la identidad no reside en nuestros genes, sino en las conexiones entre nuestras células cerebrales”.

La historia del conectoma es reciente. Solo dos años después de que se completara el Proyecto Genoma Humano, el investigador de la Universidad de Indiana Olaf Sporns y su colega del Hospital Universitario de Lausana Patric Hagmann acuñaron en 2005, de manera independiente, el término conectoma para definir el conjunto de conexiones neuronales del cerebro.

Para llegar a este nivel de comprensión de la actividad cerebral, la ciencia ha recorrido un largo camino. Algunos pensadores griegos atribuyeron a áreas específicas del cerebro funciones como la razón y la memoria. Posteriormente, Luigi Galvani (1737-1798) descifró la naturaleza eléctrica del impulso nervioso. Y bien entrado el siglo XIX, el neurólogo francés Paul Pierre Broca demostró que la lesión en la parte frontal provocaba un trastorno del lenguaje denominado afasia. En la actualidad, gracias a avanzados sistemas de neuroimagen, se ha conseguido distinguir más de quinientas zonas en el cerebro, cada una con misiones específicas y que trabajan de forma coordinada según sus conexiones.

En los inicios del siglo XX desempeñó un papel decisivo la figura de Santiago Ramón y Cajal, junto con sus discípulos de la Escuela Española de Neurohistología. Para este médico y científico resultó determinante la reazione nera, descrita por el italiano Camilo Golgi en 1873. El método de Golgi consiguió teñir neuronas individuales en color negro sobre un fondo amarillento. Para ello, empleaba nitrato de plata como colorante en muestras tratadas previamente con dicromato potásico. 

En 1887, el neurólogo español Luis Simarro mostró la técnica a Ramón y Cajal, que la perfeccionó y obtuvo sus principales descubrimientos: la teoría neuronal, la ley de polarización dinámica neuronal y los estudios sobre degeneración y regeneración del sistema nervioso. Estos tres postulados suponen para las neurociencias lo mismo que las leyes del movimiento de Newton para la física. 

Tanto Golgi como Ramón y Cajal se sentaron frente al microscopio para dibujar con papel y lápiz imágenes prácticamente idénticas pero las interpretaron de manera diferente.

Continuará…

Colaborador DCA
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COLUMNAS

Santiago Top 5

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Pablo Allard Serrano
Facultad de Arquitectura y Arte

Pese a lo mucho que nos quejamos de cómo ha empeorado la seguridad, calidad y costo de la vida en Chile, lo cierto es que la Región Metropolitana de Santiago se encuentra entre las mejores metrópolis para vivir, trabajar e invertir en Latinoamérica. Y esto no lo digo yo, sino que los principales rankings
internacionales.

Aunque suene increíble, hace décadas que Santiago se encuentra disputando los tres primeros lugares en la mayoría de los rankings de ciudades en Latinoamérica, y en los últimos días surgieron tres muy relevantes.

Ciudades más vivibles al 2024, presentado por The Economist, ranqueó 173 ciudades de todo el mundo, las cuales fueron evaluadas en cinco áreas: estabilidad, atención médica, cultura y medio ambiente, educación e infraestructura. Como era de esperarse, las top 5 fueron Viena, Copenhague, Zúrich, Melbourne y Calgary; y las cinco peores, Damasco, Trípoli, Argel, Lagos y Caracas.

Se analizaron 227 ciudades en cinco continentes.

La crisis de acceso a la vivienda es lo que más afectó a ciudades como Sídney, Vancouver o Toronto, que bajaron su ubicación y por otro lado, las ciudades de Europa Occidental y Estados Unidos bajaron o se estancaron, mientras que las de Europa del Este como Varsovia o Budapest suben significativamente.

En el caso de Latinoamérica, Santiago se ubicó en el tercer lugar de las mejores ciudades de América Latina para vivir en 2024, detrás de Buenos Aires y Montevideo, y seguida de San Juan de Puerto Rico y Lima.

Otro ranking reciente es el Informe Costo de Vida 2024 desarrollado por la empresa de recursos humanos Mercer, el cual analiza la evolución de precios en una canasta de más de 200 variables como vivienda, transporte, alimentos, ropa, artículos para el hogar y entretenimiento, de 227 ciudades en cinco
continentes.

En la lista, Santiago se ubicó como la sexta ciudad más cara de Latinoamérica, pero cayó 73 lugares hasta el puesto 160 en la clasificación general, por lo que es más barato vivir en nuestra capital que en Montevideo (42) o Buenos Aires (77), Sao Paulo (124) o Quito (148).

Finalmente, el Institute for Management Development (IMD) y la Organización Mundial de Ciudades Inteligentes y Sostenibles (WeGO) publicaron la semana pasada el Índice anual de ciudades inteligentes. En el reporte, Santiago se queda con el primer puesto a nivel regional, superando a ciudades como Medellín, Buenos Aires y Bogotá. Como podemos ver, siempre es bueno medirse, y muchas veces las comparaciones son odiosas y sin una metodología seria.

Colaborador DCA
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COLUMNAS

Soñar es cosa de muchos (III)

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Paola Bernal Hirata
Revista Nuestro Tiempo

Sabía que necesitaba amigos que le apoyaran en la tarea: “Nosotros funcionamos siempre a través de la amistad. La generosidad de la gente ha sido el motor”. Cuarenta años más tarde, en 2007, ese joven recién llegado se convirtió en el director ejecutivo de la Asociación.

A los ocho meses de empezar a trabajar hubo una crisis importante. El 26 de octubre, las Cortes franquistas retiraron a la Universidad la ayuda que le otorgaba el Estado, a pesar de los esfuerzos de Ángel González y Vicente Mortes, ambos miembros de ADA y también de las Cortes, por evitarlo. Para cubrir ese agujero, en la campaña de 1969 se creó la figura del socio de honor, con una contribución más alta que los socios protectores, y se animó a los padres de los alumnos a que, si podían, colaboraran también en la Asociación.

El resultado de lo obtenido fue de 128 millones de pesetas, lo que no solo igualaba, sino que superaba el importe de la subvención. Alfonso Sánchez-Tabernero considera que el éxito del proyecto de ADA es que “quien ayuda no es un donante, es un amigo, que merece que su afecto a la Universidad sea correspondido”.

Aquellos pioneros eran hombres apasionados por la Universidad cuyo optimismo, fe y valentía los llevó a crear una cultura de la donación.

Crea vínculos estables y profundos que hace que las cifras se traduzcan en personas. La Universidad, que contaba con 873 estudiantes y 92 profesores en 1960, pasó a tener 6 mil 628 estudiantes y 512 docentes a finales de la década. Para 1972, ADA tenía ya 17 mil 230 socios.

Ese año, San Josemaría hizo su penúltima visita a la Universidad. Invistió a tres doctores honoris causa: el jurista francés Paul Ourliac, el médico alemán Erich Letterer y el polifacético Juan de Contreras y López de Ayala, marqués de Lozoya, que fue historiador, crítico de arte, político, literato… y presidente de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra.

Durante su presidencia, en 1975, se inició un fondo para dar becas de posgrado a investigadores que ya ha concedido 8 mil 500 y sigue activo.

José Luis Gracia se siente agradecido con cuantos le han enseñado sobre la amistad: “Los que han sido mis maestros eran personas chapeau”. Trabajó codo con codo con Eduardo Ortiz de Landázuri, a quien nombraron presidente de la junta directiva en 1978, hasta su muerte en 1985. Gracia colaboró estrechamente con el “doctor Abrázuri,” como le llamaban algunos por su carácter jovial.

De él aprendió a poner a la gente en primer lugar. Con frecuencia, Gracia y don Eduardo viajaban a Madrid en un tren nocturno para estar allí a primera hora y poder exprimir la mañana visitando a tantos miembros de ADA como les era posible.

El doctor Ortiz de Landázuri no podía dejar su bata en casa; cuando algún socio se quejaba de alguna molestia, él llamaba a su colega José Cañadell para programar una revisión en la Clínica. Gracia bromea con que no daba tiempo ni a tomarse un café a media mañana: “Era el hombre que no tenía pereza para nada, quería a la gente con locura”.

A don Eduardo le sucedió otro de los incansables pioneros de la Universidad, don Ismael Sánchez Bella, su primer rector. Bajo su dirección surgió la Agrupación de Graduados en 1992, a ejemplo de las universidades estadounidenses, cuyo objetivo era que los alumnos que habían estudiado en Navarra ayudaran, en la medida de sus posibilidades, a que otros disfrutaran de lo mismo.

Alfonso Sánchez-Tabernero remarca que aquellos pioneros eran hombres apasionados por la Universidad cuyo optimismo, fe y valentía los llevó a crear una cultura de la donación en un país donde no existía: “Creyeron que lo imposible podía ser realidad y lo consiguieron”.

El 25 de septiembre de 1998, la Asociación de Amigos recibió la Medalla de Oro de la Universidad; la única que se ha otorgado a una no persona, que a su vez representa a miles. José Luis Gracia, sentado en primera fila, rodeado de Amigos, recuerda que el rector, José María Bastero, agradeció a los donantes su apoyo a lo largo de casi cuatro décadas.

Colaborador DCA
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COLUMNAS

Seres acuáticos sintientes

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Daniel Loewe
Facultad de Artes Liberales

“Se deberá respetar el estado físico y mental” de los peces, prohibiéndose generarles “estrés y dolor innecesario”. Considerando la recepción transversal, la indicación del diputado chileno Brito a la Ley de Pesca sería absurda: una demanda identitaria, de la izquierda woke, que no responde a las preocupaciones ciudadanas, el tipo de propuestas que destruye la confianza en los políticos, etcétera.

Se puede discrepar que esta Ley sea el lugar apropiado para esta preocupación. Pero el interés normativo subyacente no es absurdo. Los peces son seres sintientes. Quizás, siguiendo la sabiduría popular, usted piensa que no lo son. Error.

La etología como ciencia (y no mero proceder cuasi anecdótico) es reciente, y lo poco que ya sabemos ha destruido mitos, como que los peces no sienten. Y si son sintientes, y sufrir es en principio malo, ¿no es razonable evitarles sufrimiento innecesario?

Hay que esforzarse por sacudir la modorra que embota la inteligencia. Siempre.

Las críticas sofisticadas señalan que decretar la relevancia moral de la sintiencia implicaría abrazar el utilitarismo (sacrificando así a algunos en pos de la maximización de la felicidad) e igualar moralmente humanos y animales. Incorrecto.

Las arquitectónicas morales son más complejas. Usted puede sostener su relevancia moral para imputar un interés en no sufrir de los animales no-humanos, sin por ello reducir el estatus moral a la sintiencia y renunciar a instituciones apreciadas. De hecho, el código napoleónico por excelencia, el francés, ya reconoce que “los animales son seres vivos dotados de sensibilidad”, sin dejar de considerarlos sujetos al régimen de propiedad.

¿Demanda identitaria? Estas se direccionan al reconocimiento de una identidad o bien identitario. Pero acá no se trata de la identidad animalista, sino de dar expresión legal a una evaluación normativa del hecho científicamente establecido de la sintiencia. ¿Izquierda woke? No hay que ser lumbrera para saber que la preocupación por el bienestar animal no es exclusiva de la izquierda.

¿No responde a la preocupación ciudadana? La política no trata solo de lo urgente, sino también de lo importante. ¿Destrucción de la confianza? Lo que destruye la confianza bien fundada en la política (además del autoservicio descarado de los políticos: como eliminar la multa del voto obligatorio) es declarar la propuesta como absurda sin más, ya que, como el peor populismo, ello muestra indiferencia al conocimiento científico (o al sufrimiento).

¿Implica acabar con una industria cuando requerimos crecimiento económico? No. El criterio es sufrimiento innecesario y es parte del debate democrático establecer, en vista a objetivos, necesidades, costes y tecnologías, el umbral del sufrimiento “necesario”.

Un riesgo de pensar en cajas es meter todo lo que no nos gusta o parece extraño en una con una etiqueta que despreciamos. Por eso hay que esforzarse por sacudir la modorra que embota la inteligencia. Siempre.

Colaborador DCA
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