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La tiranía de la productividad

Colaboración

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Claudio Araya
PhD en
Investigación en Psicoterapia

Una colega preguntó recientemente: ¿ Cuántas cosas deberíamos quitar de nuestras vidas para ser más productivos? Es una invitación bien intencionada: reducir lo superfluo para enfocarnos mejor. Sin embargo, lo que rara vez se cuestiona —y aquí reside el riesgo— es la propia premisa de la productividad como ideal. ¿Queremos realmente ser más productivos? ¿ Vale la pena ese objetivo?

Hoy, la lógica de la productividad se ha expandido más allá del ámbito laboral, impregnando la vida cotidiana e incluso el descanso. Opera bajo una lógica instrumental: enfoca todo en un resultado final, en algo tangible, medible, cuantificable. Esta visión convierte procesos vitales en medios para un fin, donde todo debe justificarse por su rendimiento.

Se habla de proyectos, optimización de recursos, eficiencia. El lenguaje de la productividad goza de buena prensa. Y aunque no se trata de negar sus aportes, sí es urgente revisar críticamente sus supuestos. La productividad puede volverse tiránica cuando coloniza espacios que no deberían regirse por su lógica. ¿Debemos ser productivos mientras jugamos con nuestros hijos, conversamos con amistades o compartimos con nuestras parejas? Claramente no. Pero muchas veces nos autoexigimos incluso en estos momentos, olvidando que no todo debe convertirse en “resultado”.

Esta mirada también invade el trabajo, generando estrés, ansiedad y el creciente burnout. La obsesión por rendir borra el valor del proceso y el aprendizaje que en él ocurre. Así se sacrifican la creatividad, la libertad y el goce que surge del hacer significativo.

Esta visión convierte procesos vitales en medios para un fin.

Tal vez mucho de la crisis de salud mental que estamos viviendo provenga de no cuestionar este paradigma. La invitación entonces es a tener una conversación honesta sobre cómo queremos vivir: ¿ desde la presión constante por producir o desde una relación más respetuosa, creativa y con sentido en nuestras vidas?

Por suerte, existen metáforas alternativas. En vez de productividad, podemos hablar de generatividad: una disposición que valora el proceso y sus frutos, sin la urgencia del resultado inmediato. La generatividad no impone, permite. No exige, cultiva.

En vez de proyectos, podemos hablar de vivencias y narrativas. Nuestras vidas no son proyectos, aunque contengan algunos, nuestras vidas son más bien un viaje, con historias compartidas, vivencias orgánicas y cambiantes. Esta perspectiva, más amable y vital, nos permite salir de la lógica del control y reencontrarnos con formas más humanas de habitar el tiempo y las relaciones con los demás. Valorar las vivencias y narrativas nos conecta con la creatividad, la singularidad y la profundidad de la experiencia.

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