Ana Silvia Monzón
Profesora/Investigadora
No hay mal que dure cien años, ni pueblo que lo aguante, como lo muestra el hecho de la Revolución de octubre 1944, gesta que cumplirá 80 años en este 2024 y que fue la culminación de años de lucha contra el oprobio de una de las dictaduras que ha padecido nuestro país.
El trabajo forzado de miles de indígenas, los salarios precarios en la ciudad, la represión de la libertad de expresión y organización, la subordinación de las mujeres, predominaron durante casi 14 años de tiranía. Situación heredada de la Colonia y de una Independencia que apenas alteró las relaciones de poder y la concentración de la riqueza en este territorio.
En ese proceso también participaron las mujeres, aunque su papel no es reconocido plenamente.
Lentamente, se fue forjando una alianza entre varios sectores cuyo objetivo era no derrocar al dictador, sino promover una transformación que sacudiera las estructuras aún feudales que mantenían a Guatemala en el oscurantismo y a la mayoría de la población excluida.
En ese proceso también participaron las mujeres, aunque su papel aún no es reconocido plenamente. Por ejemplo, las maestras y mujeres del pueblo que marcharon meses antes vestidas de luto, cuando fue asesinada la maestra María Chinchilla, relegada en la historia a pesar de que el 25 de junio se instituyó como Día del Maestro en su memoria.
El legado de esa Revolución, más allá de leyes y programas inéditos en un país que los gobernantes manejaban como una finca, con mentalidad de patrones y no de estadistas, fue abrir los cauces a la dignidad, reconocer a las personas como sujetos de derechos, empezando por los trabajadores, que por primera vez tuvieron un Código Laboral que les reconocía derechos y cobertura de seguridad social. Y para las mujeres, aunque solo a las alfabetas, el voto como signo de la ciudadanía.










