La lepra en Chile

Enfermedades como la lepra dejaron de ser vistas como una maldición.

Entre los múltiples mitos de la excepcionalidad chilena, había uno que decía que las enfermedades no llegaban al país por nuestras particulares condiciones geográficas. Supuestamente, el mar, el desierto y la cordillera eran una barrera natural para cualquier virus o bacteria. Lo real es que en Chile, desde hace mucho tiempo, sufrimos viruela, cólera, tuberculosis y lepra, al igual que el resto de nuestros vecinos.

Enfermedades como la lepra dejaron de ser vistas como una maldición, para empezar a ser enfrentadas a través de la ciencia. No obstante, este cambio no impidió que enfermedades como estas fueran estigmatizadas por una sociedad que, influida por la religión, era fácilmente impresionable.

El evangelio de San Lucas, por ejemplo, relata la historia de dos hombres, uno rico y otro pobre, lleno de llagas, que vivía de las migajas del primero. Cuando ambos murieron, el rico se fue al infierno, mientras que Lázaro, el leproso, ascendió al cielo, para compensar todos los males que había sufrido en la tierra. Esta valoración bíblica inspiró a bautizar como lazaretos los lugares destinados a confinar a los leprosos. Sin Jesús en el horizonte, la lepra era un mal terrible para quienes la sufrían. Además de soportar los dolores físicos que esta genera, debían sufrir el aislamiento y estigmatización del medio.

En lo que respecta a Chile, de acuerdo a diversos testimonios, todos los antecedentes parecieran indicar que la lepra llegó a Isla de Pascua, a través de Tahití, al poco tiempo de que la isla fue adquirida por el Gobierno chileno.

Un año antes de que concluyera el siglo XIX, el Ministerio del Interior publicaba un proyecto de ley, en el que se obligaba a los médicos que atendieran a un paciente atacado de una enfermedad infecciosa a dar cuenta de ella al “Consejo de la Hijiene” de la localidad o Municipalidad indicando si se trataba de cólera, fiebre amarilla, peste bubónica, difteria, viruela, tifus, escarlatina o lepra. En caso de no cumplir con esta labor, el médico se exponía a pagar una multa de entre 10 y 50 pesos de la época.

El año 1916, Monseñor Rafael Edwards llamaba la atención, en este mismo diario, sobre los abusos a los que habían sido sometidos los habitantes de la isla: “Se les ha robado cuanto tenían. El suelo en que nacieron, sus casas, sus barcas, sus animales, sus vestidos mismos, todo, todo ha sido objeto de la brutal codicia de los hombres sin Dios ni ley, sin entrañas y sin pudor. Arrinconados como animales, perseguidos en el último rincón de su propia isla viven de la merced de quienes los han despojado”.

Gracias a estas denuncias de Edwards, asegura Ernesto Paya en la Revista Chilena de Infectología, que el 29 de enero de 1917 se dictó la ley 3220, por la cual se autorizó la construcción de un lazareto. A fines de los setenta se edificó un sanatorio que lo reemplazó. Hacia el año 1992, quedaban solo tres leprosos que, luego de un tratamiento, fueron enviados a sus casas. Una década más tarde falleció, a los 86 años, el último interno, Papiano Ika.

Después de tanto tiempo, y gracias al avance de la medicina, la lepra aparece como un mal terrible, pero controlable. No así la ignorancia y falta de empatía frente a los nuevos casos de este mal, que ha llegado a Chile producto de la inmigración centroamericana. La xenofobia puede transformarse en una enfermedad infecciosa más terrible y letal que la misma lepra.

Redacción DCA