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La abuela no es para siempre

Aunque a mis dos abuelas las recuerdo con cariño, confieso que fui super cercano a la materna y alejado de la paterna. Tanto que la primera en mención fue quien me cuidó y crió durante mis primeros años de vida. Inclusive, la llamaba por “mamá”. Fuimos muy cercanos y puedo contar decenas de anécdotas que harían que usted, respetado lector, la adore o la odie. Cara o escudo. Así de intensa fue ella.

Pero a quien tengo hoy en mente es a la otra abuela, con quien me relacioné poco, pero tuve la oportunidad de conocerla de cerca pocos años antes de su partida. María se llamaba, como muchas mujeres en Guatemala.

Ella vivía sola. Mi papá y mi tío almorzaban en su casa de lunes a viernes. Cuando tuve que hacer mis prácticas atrasadas de diversificado en el trabajo de mi papá, lo acompañé a almorzar a la casa de mi abuela durante un par de meses.

Noté que ese era el momento más importante de su día: recibir a sus hijos y darles su almuerzo. Se notaba su esmero y emoción. Siempre colocaba tres lugares: dos para sus hijos más pequeños, que siempre llegaban, y otro para el hijo más grande, que tenía años de no entrar por la puerta de su casa. “Tal vez hoy sí viene”, se justificaba la abuela, al colocar en la mesa el mantel individual, platos y cubiertos.

Vivió sola durante décadas, hasta que la edad ganó la batalla y, debido a un par de caídas, fue trasladada a un asilo, claro, contra su voluntad. Fueron años de lucha. ¿Quién tenía que hacerse responsable? ¿Es válido inclusive pensar en esta
pregunta?

También por medio de ella noté que, al buscar ser justa con sus hijos, una mamá puede llegar a ser todo lo contrario. Esto me ha revoloteado en la mente al haber visto el tan cómico como cruel filme tailandés Cómo ganar millones antes de que muera la abuela (2024).

Los abuelos suelen ser esas figuras en nuestra vida que están allí, y que a veces no notamos hasta que faltan. Ya sea porque la rutina diaria nos consume o porque pensamos que “siempre estarán ahí”, tendemos a dejarlos en segundo plano.

Quizás no les demos toda la atención que merecen, pero sin duda, su presencia marca nuestro viaje más de lo que creemos.
Cómo ganar millones antes de que muera la abuela logra ser más que una comedia negra: es una radiografía emocional de las familias bajo presión.

El filme está disponible en Netflix. Y quizá, al terminar de verla, te den ganas de llamar a tu abuela y preguntarle cómo está. Te invito a hacerlo.

Miniserie
Muñeca rusa

La producción Muñeca rusa toma el cliché del bucle temporal y lo transforma en una experiencia existencial con el toque justo de comedia negra. Muestra cómo morir una y otra vez puede ser, curiosamente, lo más terapéutico que te ocurra. Nadia (interpretada por la icónica Natasha Lyonne) queda atrapada en el día de su 36 cumpleaños: cada vez que muere, despierta en el mismo punto, el baño de la casa de su mejor amiga. Extraña, melancólica, hilarante y visualmente poderosa, esta miniserie disponible en Netflix, dirigida por mujeres, utiliza el bucle como metáfora del estancamiento emocional. Con solo 15 episodios de 25 minutos, es ideal para entrar en una repetición y morir de risa o intriga un par de veces.

Docuserie
Investigación periodística

Esta docuserie de Netflix transporta al verano de 1977 en Nueva York, cuando David Berkowitz asesinó a seis personas y sembró el miedo en toda la ciudad, decía que un perro negro le ordenaba matar. Dirigida por Joshua Zeman, la serie retoma la investigación del periodista Maury Terry, quien siempre dudó que Berkowitz actuara solo. Su obsesión lo llevó a una teoría escalofriante: la existencia de un culto satánico operando en las sombras de una ciudad marcada por la paranoia, apagones, música disco, violencia urbana y una creciente descomposición social. Aunque Terry murió en 2015, Zeman retoma su legado con este documental inquietante que deja una pregunta abierta: ¿Cuánta verdad hay en las versiones que elegimos creer?

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