Luis Assardo
Periodista e investigador
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En un mundo cada vez más interconectado por gigantes tecnológicos y plataformas de mensajería centralizadas, estamos presenciando cómo resurgen aplicaciones que habilitan redes “mesh” basadas en bluetooth o wifi. Aplicaciones como Bitechat, Fernweh o Bridgefy nos invitan a repensar la forma en que nos comunicamos, especialmente en contextos como Guatemala. Lejos de ser meras curiosidades tecnológicas, estas soluciones ofrecen alternativas concretas frente a la vulnerabilidad de las infraestructuras tradicionales, tanto ante desastres naturales como bloqueos o fallos de la red celular e internet.
En Guatemala, un país que convive con los desastres y regiones rurales de difícil acceso, la capacidad de establecer enlaces directos de dispositivo a dispositivo cobra relevancia estratégica. Imaginemos comunidades en Alta Verapaz o Quiché que, tras un deslave, pierden cobertura y ya sabemos que pasará un tiempo para que vuelvan a tener conectividad. Con una app mesh, los celulares cercanos se convierten en nodos, retransmitiendo mensajes hasta encontrar un puente estable. Este “internet de emergencia” podría salvar vidas, coordinar rescates y restablecer lazos cuando más se necesitan.
Estas apps ofrecen un canal resistente a la censura, garantizando que la información fluya entre ciudadanos y organizaciones sociales.
Pero el impacto va más allá de la gestión de crisis. En zonas urbanas con barrios densamente poblados y recurrentes sobrecargas de red, el uso de mensajería offline alivia la presión de los operadores y (algo que me gusta pensar mucho) democratiza el acceso, reduciendo la brecha digital. Asimismo, en un contexto donde la libertad de expresión puede verse coartada por bloqueos de sitios o plataformas, estas apps ofrecen un canal resistente a la censura, garantizando que la información fluya entre ciudadanos y organizaciones sociales.
Para aprovechar plenamente este potencial en Guatemala, es clave fomentar alianzas público-privadas que impulsen la adopción de estas herramientas: desde campañas de capacitación en colegios y universidades, hasta acuerdos con municipios para incluirlas en protocolos de seguridad local. El reto técnico de tener interoperabilidad y un consumo energético óptimo convive con un desafío cultural: generar confianza en soluciones descentralizadas.











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