Antes de ser un espacio cultural, incluso de llevar el apellido de Don Rufino Ibargüen, esta casa fue escenario de celebraciones fundacionales. Entre sus patios y corredores se reunieron figuras clave del nacimiento de la república, en un momento en que la ciudad aún se estaba inventando a sí misma. Hoy, ese mismo inmueble sigue dialogando con el presente desde su memoria arquitectónica.

El origen de la casa
Conocida originalmente como el Palacio de Beltranena, la casa fue inaugurada en 1778, en los primeros años de la Nueva Guatemala de la Asunción, fundada en 1776.
Su arquitectura refleja la transición del barroco tardío al neoclasicismo.
Según el arquitecto Poly Osmundo Salvatierra Archila, este proceso convirtió a la capital en un caso singular en Hispanoamérica, al consolidarse como una ciudad trasladada en pleno auge del neoclasicismo.
El inmueble casa de la familia Beltranena y Llanos, entre ellos Mariano Beltranena y Llano, firmante del Acta de Independencia y presidente interino de la República Federal de Centroamérica. En sus salones se hicieron celebraciones cívicas y encuentros políticos que marcaron el inicio de la vida republicana.
Construcción
Como muchas casas de la élite criolla, su arquitectura respondía a un modelo concebido para la vida social. Amplios patios, corredores porticados y un zaguán de acceso articulaban los espacios destinados tanto a la recepción como a la intimidad familiar.
Salvatierra Archila explica que detalles como la concesión temprana de agua potable, otorgada en 1780 por la Real Audiencia, dan cuenta de la relevancia del inmueble dentro del trazado urbano colonial.
Asimismo, la ubicación de la casa reafirma el estatus de élite de la familia. “Estamos a escasas cuatro cuadras de la plaza. Entre más cercana estaba una familia a ella, mayor era su importancia. Eso nos habla del peso de la primera familia que ocupó esta casa”, indicó Maria Teresa Pérez, guía de turistas del centro histórico.

La segunda etapa
A finales del siglo XIX, el inmueble cambió de uso. En 1898 el Banco de Occidente adquirió el solar y estableció allí su primera agencia en la capital.
Entre 1900 y 1902 se hicieron remodelaciones para adaptar la casa al banco, como la división del patio.
Para 1905 el banco pasó a llamarse Banco Reformador, mientras la casa quedó en manos de la familia Ibargüen, lo que permitió su conservación durante el siglo XX.
Acervo y cuidados
La casa es en sí un tesoro histórico, tanto por quienes la habitaron como por sus detalles arquitectónicos. Destacan los pisos que, según Pérez, responden a un estilo art déco de inspiración floral.
“Aquí vemos el art déco, caracterizado por lo geométrico, aunque en el Centro Histórico se impuso una tendencia floral que se afianza tras los terremotos de 1917 y 1918, con la llegada de corrientes europeas”, explicó.
Los baños conservan pastillas de diseño geométrico, grifería de bronce y cerámica tipo palissandre, vidriada en barro, con accesorios originales de la época. “Estos elementos transmiten un mensaje claro de poder y jerarquía”, afirmó Pérez.

Completan el conjunto una pila fechada en 1778, rescatada arqueológicamente, y zócalos de cerámica y madera de notable valor patrimonial.
Edy Muñoz, arquitecto a cargo del mantenimiento de las casas municipales, explicó los retos de conservar el inmueble. “Por su categoría patrimonial, estas casas están sujetas a regulaciones estrictas. Incluso la Municipalidad debe solicitar permisos para cualquier intervención”.
No obstante, afirmó que existe un compromiso constante con su cuidado, a través de mantenimiento preventivo (como limpieza y pintura) y correctivo, cuando ya se presentan daños.

En la actualidad
Desde 2009, la Casa Ibargüen es sede de la Dirección del Centro Histórico de la Municipalidad de Guatemala y se ha convertido en un espacio vivo para el arte y la cultura.
Exposiciones, cine, literatura, danza y proyectos educativos han devuelto a la casa su vocación original como punto de encuentro ciudadano.
Más que un vestigio congelado en el tiempo, la Casa Ibargüen es hoy un edificio que respira, donde la memoria no se conserva en silencio, sino que dialoga activamente con el presente.











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