En algún lugar entre los clasificados del periódico y las historias que cuentan las abuelas, Emerson Leiva encontró su vocación y, con esta, una misión que supera la actuación frente al público.
Fue en 2001 cuando un anuncio anónimo en la prensa lo llevó a su primera audición. Lo que comenzó como una oportunidad acabó en una sentencia: ese día cerró la puerta de su vida secular y abrió, de par en par, la del teatro.
Actor, director, maestro, sastre y maquillador. No se conforma con interpretar vidas ajenas; quiere transformar la manera en que Guatemala las cuenta.
A través de su emprendimientoTeatralidad GT desmonta vicios en la enseñanza actoral, rescata el imaginario de los pueblos y lenguajes que se ignoran en el país. En esta entrevista descorre el telón de su vida al rememorar obras como Relatos de un sátiro, La Tatuana, Sing y Cartas a Cupido. Además, se prepara para el estreno de La casa de doña Alicia, programado para marzo.
¿Hay cambios en el panorama teatral?
Hay cambios de todo tipo. En lo positivo, veo más apertura y propuestas de generaciones nuevas; ahora hay más oportunidades de formación que antes no existían, seguimos estancados en técnicas de actuación clásicas de hace 40 años.
Existe una falta de preparación tanto en maestros como en estudiantes. La situación es crítica en el cine, donde las convocatorias suelen anunciar: “No importa si no tienes experiencia”. Con ello, las compañías reducen costos y, en algunos casos, incluso hay personas dispuestas a pagar por estar en escena.
¿Cómo influye su formación empírica en la enseñanza?
La influencia es total. Empecé desde cero, como actor empírico, a los 21 años, y no reniego de ello porque gracias a esa oportunidad encontré camino.
El problema surge cuando uno se queda en el empirismo. El actor debe evolucionar. Mi propósito es formar intérpretes que no sean “plásticos”, sino artistas capaces de proponer, investigar y adaptarse a los distintos lenguajes escénicos.
¿Cómo nació su idilio con el escenario?
De niño yo era el “mico” en los escenarios de mis maestras. Mi primer diploma lo obtuve en un concurso de baile en la primaria.
La primera vez que me llevaron a un teatro, la Universidad Popular fue una revelación: no sabía que ese mundo existía. Mi carrera comenzó gracias a una audición que encontré en los clasificados de la prensa. Era para la obra Corona de amor y muerte en el 2001.
¿Por qué apostar por la memoria oral?
Es fundamental: la tradición oral es la base de todo. Para La Tatuana encontré tres versiones escritas, pero me apoyé, sobre todo, en lo que cuentan las abuelas. Guatemala posee una riqueza enorme, aunque muchas veces se proyecta hacia afuera solo como una nación maya, pero que invisibiliza a los xinkas, garífunas y ladinos.
El idioma xinka, por ejemplo, está en extinción y casi nadie lo dice. Mi intención es que la representación teatral refleje la identidad diversa, sin caer en clichés diseñados solo para vender.

¿Cuáles retos enfrenta Teatralidad GT?
El mayor reto es el desinterés y la desinformación. Muchos creen que actuar significa fingir o recitar poemas con poses exageradas. Hace tres años fundé Teatralidad GT para tener la solvencia de criticar desde la acción.
Para mí, el actor debe ser multidisciplinario, conocer de danza, iluminación, fotografía, arquitectura y más. Necesita una cultura general más amplia que el promedio, porque su labor es interpretar vidas ajenas con verdad y profundidad.
¿Cuéntenos acerca de sus metas y aspiraciones?
Sueño con un espacio propio para la academia y, como todo actor, con tener mi teatro. Deseo dejar una huella, que cuando ya no esté, mi nombre permanezca ligado a algo que hice por el país: quizás una escuela o sala de teatro.











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