La Academia de Geografía e Historia de Guatemala (AGHG) se erige como custodio de una herencia de siglos de arte. La sabiduría de las civilizaciones indígenas prehispánicas quedó impresa en códices, monumentos y cosmovisiones que llenan los estantes en su sede ubicada en la 3a. avenida 8-35, zona 1 de la ciudad capital. La raíz ancestral se vincula con elementos de la tradición europea, que, con sus mapas, tratados y exploraciones, enriqueció el horizonte intelectual que hoy define a la institución. Además, en su interior, las paredes lucen tesoros pictóricos, entre ellos las obras del maestro Guillermo Grajeda Mena, cuyas pinceladas entablan un diálogo silencioso con otras piezas que evocan la riqueza artística del pasado.
Gilberto Rodríguez, editor y secretario administrativo de la AGHG, conoce el recinto como la palma de su mano y recibió a Revista Viernes para hacer un recorrido, mientras se prepara para cerrar un capítulo que culminará el 31 de agosto de 2025. Entre nostalgia y satisfacción cierra un ciclo laboral de 50 años, marcado por logros memorables, entre ellos, la celebración del centenario en 2023.


Desde su establecimiento en 1923, esta entidad ha trazado una ruta clara y ambiciosa: convertirse en un faro del conocimiento geográfico e histórico de Guatemala y Centroamérica.
Sus objetivos esenciales han girado en torno a la promoción de la investigación y a divulgar estas disciplinas, así como las afines, con énfasis en el contexto nacional y regional.
También ha asumido la tarea de traducir y editar trabajos de mérito realizados por investigadores extranjeros, ha contribuido así a la circulación de saberes históricos y geográficos de la región.
El despertar intelectual
En una tarde histórica del 15 de mayo de 1923, en los pasillos académicos del edificio que hoy alberga al Museo de la Universidad de San Carlos (Musac), un grupo de intelectuales se congregó con un propósito trascendental. Unidos por su pasión hacia los estudios históricos, geográficos, arqueológicos y otras disciplinas afines, estos visionarios dieron vida a la Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, para convertirla en una manifestación tangible de la conciencia nacional que despertó con renovada fuerza.
El momento no podía ser más propicio: en el mundo se sentía un soplo de esperanza tras el fin de la Primera Guerra Mundial, mientras que Guatemala experimentaba un renacer político con la caída del gobierno de Manuel Estrada Cabrera. En este contexto de optimismo y transformación, 13 hombres de letras y ciencias forjaron un centro que salvaguardara el acervo cultural de la nacion; ellos fueron Antonio Batres Jáuregui, José Matos, J. Antonio Villacorta, Juan Arzú Batres, José Víctor Mejía, Félix Castellanos, Fernando Cruz, Ernesto Rivas, Virgilio Rodríguez Beteta, Adrián Recinos, Carlos Wyld Ospina, José Castañeda y Rafael E. Monroy.
Bajo los altos techos del Palacio del Centenario, el presidente José María Orellana inició oficialmente las actividades de la Sociedad de Geografía e Historia, que fue el alba de una nueva conciencia colectiva. A partir de ese momento, la entidad amparó en su seno a hombres y mujeres apasionados por las ciencias sociales, lo que facilitó interacciones entre ideologías, donde liberales y conservadores hallaron terreno común en la búsqueda del conocimiento.
Durante la ceremonia inaugural, el historiador Rodríguez Beteta pronunció palabras que resonaron como un llamado urgente a la conciencia histórica: “Muy poco hemos hecho por honrar nuestro pasado; parece que ignoramos que únicamente los pueblos que no se aprecian a sí mismos son incapaces de estimar los hechos y las fuentes de donde proceden. Pesa desde nuestro nacimiento, en los albores de la colonia, una maldición de incuria sobre nuestra riqueza documental histórica”.



Con vocación de servicio público, ha impulsado la creación de una biblioteca abierta a la ciudadanía, que fomenta el acceso libre al conocimiento.
“En este espacio se efectúan actividades públicas de acceso gratuito, y se dispone de una biblioteca especializada en ciencias sociales que brinda servicio a la comunidad. Otra vía de proyección son las ediciones de la revista Anales, cuyo primer número se publicó en 1924”, comentó Rodríguez.
Consciente de que uno de los principales desafíos son los avances tecnológicos, el entrevistado señaló que la juventud cada vez lee menos libros y hace menos trabajos en formatos tradicionales como en el papel. “Considero que se han dado algunos pasos importantes, pero es necesario fortalecerlos y explorar otros medios, como redes sociales, para despertar el interés de nuevas generaciones y acercarlas al conocimiento”, afirmó.
José Molina, quien participó en el Congreso conmemorativo del centenario de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala, en su conferencia El acontecimiento de la conquista y evangelización: 500 años después, expresó que “la historia no es un relato estático ni una colección de fechas; es herramienta viva que permite comprender quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde podemos ir como nación”.
La academia se estructura en tres categorías de integrantes que reflejan su diversidad intelectual y su alcance internacional. Los honorarios, distinguidos por sus aportes excepcionales al conocimiento y a la cultura nacional representan el reconocimiento a quienes han influido en las disciplinas que forman parte del quehacer académico. Los numerarios, por su parte, son los pilares permanentes de la asociación, admitidos tras cumplir rigurosos requisitos estatutarios que garantizan su compromiso y trayectoria. Finalmente, los correspondientes, radicados en el extranjero, extienden el espíritu académico más allá de las fronteras.


Cómo llegaron y quiénes son los activos
Para optar a la calidad de miembro numerario de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala, es indispensable cumplir con los requisitos establecidos en sus estatutos y reglamento. Entre ellos se incluyen: ser guatemalteco de origen, no tener objeciones ni impedimentos que lo descalifiquen, y obtener el voto afirmativo de la mitad más uno de los académicos numerarios presentes en la asamblea correspondiente.
Según lo estipulado en los estatutos, los requisitos inherentes a esta categoría académica también contemplan ser guatemalteco natural o naturalizado con una residencia continua en el país de al menos diez años, gozar de reconocido prestigio personal, y haber realizado investigaciones meritorias en los campos de la Geografía, Historia o disciplinas afines.
A lo largo de sus años ha contado con distinguidos intelectuales como sus directivos: Ana María Urruela, Dieter
Lehnoff, Rodolfo Quezada Toruño, Virgilio Rodríguez Macal, Carlos García Bauer, Edgar Carpio Rezzio, Alfredo Herbruger Murga y Jorge Luján Muñoz, entre otros.
La Junta Directiva de 2024-2025 está integrada en la presidencia por José Molina Calderón; vicepresidencia, Coralia Anchisi; vocal primero, Alejandro Conde Roche; vocal segundo, Guillermo Antonio Aguirre; vocal tercero, Johann Melchor; primera secretaria, Regina Wagner; segunda secretaria, María del Carmen Muñoz y tesorero, Jorge Antonio Ortega Gaytán. La entidad ha sido una fuerza vital en el nacimiento de entidades como el Instituto de Antropología e Historia, el Instituto Indigenista Nacional, el Seminario de Integración Social Guatemalteca, el Archivo General de Centro América y el Consejo Nacional para la Protección de La Antigua Guatemala.


Riqueza documental
La Biblioteca Jorge Luján Muñoz se fundó el 6 de septiembre de 1928 y se inauguró el 25 de julio de 1929 donde e acuden numerosos estudiantes e investigadores en busca de información, así como científicos nacionales e internacionales de muchos países del mundo. Esto debido a la calidad de su fondo bibliográfico, hemerográfico y documental. Hoy día, indicó Rodríguez, se han digitalizado las gacetas con el apoyo de México, las cuales se han completado en diferentes partes de América Latina.
Se formó gracias a donaciones que, hasta la fecha, se reciben de los miembros, personas e instituciones amigas, así como por medio de compras o convenios de canje con instituciones locales y del exterior. La mayoría de las obras producidas por sus miembros se encuentra en una sección especial, llamada Galería de Académicos.
Cinthya Mejía, una de las encargadas, abre con delicadeza las cajas que resguardan joyas bibliográficas, algunas con más de tres siglos de antigüedad. Este recinto, considerado uno de los más importantes en el ámbito de las ciencias sociales, recibe a visitantes ávidos de conocer el pasado.
Gracias a un catálogo digitalizado, la búsqueda de información se ha vuelto más ágil. La bibliotecaria consulta los listados y localiza obras específicas, como aquellas que exploran el origen etimológico de los apellidos, una temática que despierta gran interés.


“He tenido el privilegio de apoyar a estudiantes de primaria, nivel diversificado, universitario y de posgrado, provenientes de la capital y los departamentos. Incluso, extranjeros aprovechan sus vacaciones para investigar sobre Guatemala”, comentó la bibliotecaria.
Entre las anécdotas que ha vivido, recuerda el caso de un visitante que acudía varios días seguidos, conectaba su computadora portátil y solicitaba siempre el mismo libro. Al ser cuestionado, se mostró incómodo y se retiró, lo que generó sospechas sobre sus verdaderas intenciones que no se supieron. Sin embargo, ha tenido buenas experiencias con muchos estudiosos que han logrado encontrar documentaciones únicas que imposible de localizar en otros centros de investigación. Entre su fondo documental también se cuenta con el Archivo Histórico Fotográfico de Valdeavellano, adquirido en la década de los 80, de Bolaños y Kabath (hay negativos, internegativos, postales y fotos). Al contemplar las imágenes en blanco y negro, el tiempo pareció detenerse para revelar la Guatemala de principios del siglo XX: una ciudad con edificaciones que ya no existen, muchas de ellas derrumbadas por terremotos, y con vestimentas que rememoran la moda de aquellas décadas.
A más de un siglo de su fundación, se encuentra ante un desafío histórico: adaptarse a los vertiginosos avances científicos y tecnológicos que redefinen el conocimiento. Así que, lejos de perder vigencia, reafirma su relevancia con encuentros presenciales que celebran la memoria y el pensamiento. Recientemente, se llevó a cabo la donación de documentos de Enrique Gómez Carrillo, titulada Historia y contenido de un rescate documental, presentada por el académico numerario y antropólogo Carlos Navarrete Cáceres y la académica Elsa Hernández Pons. Ellos compraron a dos libreros, uno radicado en Buenos Aires, Argentina y otro en París, Francia, de donde se recuperó un lote de documentos que pertenecieron al
cronista.
En la actividad salieron a la luz piezas que hablan con elocuencia del pasado: cartas que revelan su vínculo periodístico con La Razón, testimonios de una entrañable amistad con la familia Mitre que se extendió por casi dos décadas, y hasta un diploma en idioma griego, entre otros que, más que papel, son huellas vivas de la historia de uno de los grandes escritores.

Reconocimientos
El 19 de junio de 2023, con motivo del centenario de su fundación, la institución recibió la Orden de Isabel La Católica, otorgada por el Rey Felipe VI de España, en reconocimiento a su labor en la conservación, estudio y difusión de la historia guatemalteca. En julio de 2001, fue distinguida con la Orden Presidencial del Patrimonio Cultural de Guatemala. Años más tarde, mediante el Acuerdo No. 01-2025, el Ministerio de Cultura y Deportes la declaró oficialmente Patrimonio Cultural de la Nación.
La AGHG no solo preserva documentos, resguarda la memoria viva de una nación. Su labor, sostenida por generaciones de académicos, investigadores y visionarios, sigue siendo fundamental para el desarrollo cultural y científico de Guatemala y la región.
En sus archivos reposan misivas, diplomas y obras de grandes literatos nacionales, como Enrique Gómez Carrillo junto a imágenes que retratan el país a inicios del siglo XX, capturadas por el lente pionero de Alberto G. Valdeavellano.
Mientras existan manos dispuestas a pasar las páginas de la historia y ojos ávidos de descifrar sus misterios, se mantendrá como una fuente esencial del conocimiento.
La tinta no se borra cuando está escrita con la pasión de quienes creen que salvaguardar el pasado es construir el futuro y ese es el caso de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala.











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