Pablo Sigüenza Ramírez
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Mi abuela Ana siempre dijo que el color que más disfrutaba de la vida era el verde. Lo afirmaba cada vez que recorría las carreteras del país con campos colmados de árboles y sembradíos o cuando trabajaba en el colorido jardín de su pequeña casa. Lo que más le llamaba la atención era la amplia variedad de tonalidades que el color verde presenta en Guatemala: algunas regiones muestran verdes oscuros en montañas cubiertas de pino y ciprés, allí las nubes y el quetzal (el de las plumas verdes, verdes, verdes) tratan de sobrevivir en síntesis de armonía ecológica contra la acción depredadora de grandes madereros; en otras partes, admiramos verdes encendidos en las hojas de amates, ramones y ceibas que animan la temperatura de los bosques latifoliados y el sabor de la gente de Izabal y Petén, ahí donde la avaricia del monocultivo de palma africana ha dejado algo de selva; de estos verdes también hay algunos parches que quedaron en la Costa Sur luego de que el verde uniforme del algodón y la caña de azúcar, mezclados con el verde mugre de los billetes de cien dólares, devoraron la selva subtropical de la Costa en los últimos 70 años.
Hoy, los verdes que despliega la naturaleza están en peligro.
Vemos otros tonos en los surcos de hortalizas; en los profundos y aterciopelados verdes del maíz en crecimiento, en las pinceladas esmeralda de las aguas del Río Cahabón y la Laguna de Lachuá o en las cálidas plumas de los loros peteneros. El verde nos acompaña de enero a diciembre. Incluso, podemos decir que la Navidad en Guatemala no es la blanca fiesta que impone Hollywood en el imaginario social, sino una verde Navidad. Hoy, los verdes que despliega la naturaleza están en permanente peligro. La lucha es entre el poder de las grandes empresas contaminantes con su modelo de explotación irracional de los recursos frente a la movilización de cada uno de nosotros (usted y yo) como parte de los pueblos del mundo que proponemos nuevas formas de convivencia, un humanismo construido por la solidaridad, el respeto y amor a la Madre Tierra. Esta sagrada Tierra que a los habitantes de Ixim Ulew nos ha regalado mil y un verdes para disfrutar la vida. La abuela Ana vino a casa este Día de Muertos, me recordó su pasión y preocupación por el verde.











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