Oscar Peláez Almengor, Ph.D. (Tulane University, 1996).
Profesor Titular XII
Centro de Estudios Urbanos y Regionales
Universidad de San Carlos de Guatemala
Arévalo Bermejo, nos relata: “Llegamos a 1917. Es la medianoche del 24 de diciembre y Taxisco vuelve a temblar perturbadoramente. No sé por qué circunstancia dormíamos esa vez en la sala del piso de abajo. Nos despertamos en la oscuridad y palpamos las paredes hasta encontrar la puerta de salida, que habíamos trancado. Las paredes sacudían como si hubiesen sido de goma. Logramos alcanzar el patio, grandes y niños. Por todas partes del pueblo se oían voces y gritos. El mismo bullicio de cuando las gentes sienten que el piso se les resbala.
Tembló varias veces seguidas. Nos instalamos lejos de la casa, las mujeres rezando, los niños mudos, los hombres incapacitados para actuar. Al día siguiente conocimos la dura, la terrible verdad: se había perdido la ciudad de Guatemala, la hermosa ciudad colonial que yo acababa de recorrer calle por calle, plaza por plaza, barranco por barranco, iglesia por iglesia.
Según el terrorífico informe cablegráfico que nos vino de Barberena, todas las casas cayeron, habían muerto miles de personas, estábamos hospitalizadas otras tantas, los sobrevivientes llenaban los parques, los sitios grandes, los suburbios despoblados. No había luz , no había agua, no había tránsito porque las calles se obstruyeron con escombros. Ni los ferrocarriles podían entrar a la estación central. Apenas las iglesias, construidas para perdurar, se mantenían erectas, pero muchas decapitadas derribados sus campanarios: hasta la misma catedral vio en el suelo sus torres. Un comunicado oficial informaba al país sobre semejante desgracia nacional.
“Y se acabó mi ciudad capital: la mía, la de los portales muy graciosos, la de los Corpus coloridos y alegres, la de los ciclistas faltantes y de los tranvías a sangre. El teatro Colón había caído, la plaza de toros también, no había un cine en pie, el Colegio Domingo Sabio estaba en el suelo, el Instituto Central de Varones perdió sus techos. La Normal de Pamplona inservible.
Meses después, desde Quetzaltenango, la voz Continental de José Santos Chocano habría de perpetuar la memoria del desastre en dramáticos versos:
“ya no nomás en las torres anidarán palomas que aleteando arranquen del bronce hondo rumor; ya nomás tus ventanas se llenarán de aromas y músicas en lentas serenatas de amor; ya nomás el domingo florecerá en la misa con la que emocionaba tu augusta Catedral; ya no más la sonrisa buscará la sonrisa por los viejos portales de la PlazaCentral” (Ibíd. pag. 239).
“Y ya nomás colegios capitalinos para Juan José (Arévalo Bermejo) (IbÍd. pág. 239).











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