Es difícil encontrar algo nuevo que decir después de lo que la mayoría de fanáticos, críticos y conspiradores ha dicho del Joker. Las expectativas de esta cinta fueron sobrepasadas por mucho.
Todo parte del enfoque emocional expuesto en la vida marginal de Arthur Fleck, pues la conexión con el espectador es inmediata. Es decir, Fleck es alguien que quiere hacer una diferencia en la vida y honrar las palabras de tu madre: “Siempre sonríe y haz sonreír a los demás”.
Una de tantas máximas sobre la vida es que ya está perdida y que lo único que vale la pena son las pequeñas victorias a la rutina. Cosas simples como tener una cita, contemplar la sonrisa de plenitud de alguien que te admira, hacer la diferencia, tus 15 minutos de fama. Sin embargo, la vida pega más duro, y todas esas aspiraciones son efímeras e insustanciales.
Si a esto le añadimos pobreza, miseria, desempleo, abandono del sistema y una dosis de locura reflejada en una risa enferma, la cosa no pinta bien. Fleck tiene una carcajada asmática y dolorosa que lo condena a la vergüenza y aislamiento ante la incomprensión. El contexto de Arthur es sombrío, alimentado por una Ciudad Gótica de concreto asfixiante y que se ahoga en basura, mientras la clase privilegiada vive segura en su nube.
Fleck, entonces, es presentado como el inmaculado en asunción hacia unas escaleras sin rumbo y preso de sus circunstancias. Vestido de payaso, en el tren tiene un ataque de risa, y cuando tres jóvenes lo atacan decide defenderse de ellos y de la vida. Ese hecho da origen al Joker. Su aparición es un baile macabro, catártico y casi angelical. Aquel acontecimiento inspira a muchos a iniciar una revolución frente a la clase poderosa.
La mente de Fleck, que es donde ocurre Joker, bien podría ser la de cualquier persona. Mas, su testimonio no es una fuente verídica de hechos, ya que la narrativa de la historia va de alucinación en alucinación y nos trastorna.
Joker reproduce ecos de otras cintas de los años 70 y 80. El ritmo narrativo que posee es otro reflejo de aquel cine de autor. El personaje está encerrado en un loop a lo Travis Bickle, de Taxi Driver, y es este círculo el que hace que el filme sea agonizante.
Sin duda, es la película del año. Salimos del cine en un estado catatónico y afectados por el testimonio de vida del Joker. Incluso, al final de la última escena, se podrían inventar teorías analgésicas para alivianar la carga. Es esa ambivalencia la que juega con nuestra empatía por Arthur Fleck. ¿Fue verdad lo que vimos, o el Joker nos manipuló? ¿Acaso no es eso lo que buscaba? “Cabalgar hacia la risa perfecta” o “ver arder el mundo”. De cualquier manera, este Joker, con todo y su accidental origen, es magistral.











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