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COLUMNAS

Jerusalén: capital eterna de Israel

Mattanya Cohen, Embajador de Israel en Guatemala

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Hoy, 10 de mayo, celebramos la fiesta nacional israelí más joven, la cual conmemora la reunificación de nuestra ciudad capital, Jerusalén, en 1967, y el establecimiento del control israelí sobre la Ciudad Vieja. Yom Yerushalaim, o el Día de Jerusalén, marca nuestro regreso de la Ciudad Vieja al corazón del pueblo, junto con el único resto del Segundo templo, el Muro occidental, que ahora está bajo el gobierno del moderno Estado de Israel.

Jerusalén, cuyo nombre en hebreo es “Ciudad de Paz”, fue, es y será por siempre el corazón del judaísmo y la capital eterna del pueblo de Israel. Nunca, en su larga historia de 3,000 años, ha sido la capital de ninguna otra nación. En la Biblia hebrea, el nombre Jerusalén es mencionado 669 veces. Los judíos nunca dejaron Jerusalén, física o espiritualmente. Sin embargo, cabe mencionar que Jerusalén es una ciudad sagrada, no solo para el judaísmo, sino también para las dos otras religiones monoteístas: el cristianismo y el Islam.

Durante 2,000 años, una pequeña comunidad judía permaneció en la Ciudad Vieja, y sobrevivió a muchos gobernantes. Aún más, nosotros los judíos nunca dejamos Jerusalén espiritualmente. Seguíamos soñando con Jerusalén, rezando con la mirada puesta en Jerusalén, y ascendiendo a Jerusalén. Tampoco ella nos abandonó.

A pesar de las diferentes soluciones ofrecidas al movimiento sionista, a principios del siglo XX, a fin de buscar un hogar nacional para los judíos, la mayoría se negó a aceptar otra opción que no sea Sión, es decir Jerusalén.

El capítulo 137 del libro Salmos, declara: “Si me olvidase de ti, Jerusalén, que mi mano derecha olvide su habilidad, que mi lengua se pegue a mi paladar, si no te recordare, si no recordase a Jerusalén en mi regocijo”. Este versículo se recita al final de cada boda, en el momento más feliz de la vida, cuando rompemos la copa para recordar la destrucción del Gran Templo y nuestra alianza con Jerusalén. Así de profunda es la conexión.

En la actualidad, Jerusalén es una ciudad dinámica, con una cultura vibrante (en la ciudad hay más de sesenta museos, y los turistas que la visitan disfrutan de 30 festivales culturales anuales), llena de energía, mucha naturaleza y, simplemente hermosa. Una ciudad con plena libertad de credo, democracia, instituciones académicas, un sistema judicial, innovación, turismo, coexistencia, política y más.

Tiene una población de casi un millón de ciudadanos, entre ellos judíos, árabes, cristianos, musulmanes, etíopes, armenios, rusos, palestinos, coptos, griegos y más. Probablemente, más que cualquier otra ciudad, Jerusalén, como la Ciudad de Dios, permite esta maravillosa coexistencia.

Jerusalén y Gua-temala tienen una conexión especial. En mayo de 2018, gracias a la decisión justa, correcta y valiente del gobierno guatemalteco, se retornó la embajada guatemalteca a Jerusalén, y su bandera orgullosamente está ondeando en sus cielos. Pocas semanas después, inicié una nueva campaña con los alcaldes de Guatemala, algo único en todo el mundo. Les invité a nombrar calles en sus municipios cuyos nombres fueran “Jerusalén, capital de Israel”. Estoy muy orgulloso de informar que en Guatemala han sido inauguradas, con mi presencia, 22 calles, avenidas, calzadas, plazas y parques con este nombre.

Una vez las circunstancias lo permitan, les invito a todos a visitar nuestra capital Jerusalén, la ciudad en la cual nací y crecí, y la ciudad en donde miles de años de gloriosa historia se entrelazan con la vida moderna.

Mattanya Cohen, Embajador de Israel en Guatemala
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El Bicentenario, una oportunidad

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Consejo Editorial Conadi

Este 15 de septiembre se conmemoraron los 200 años de la independencia patria, el Bicentenario de Guatemala, oportunidad idónea para fomentar el fervor nacional, a pesar de vivir esta fase de la historia bajo la sombra de la pandemia a causa del Covid-19. Un millón seiscientos mil guatemaltecos con discapacidad fueron testigos de este acontecimiento, sector que no ha sido prioridad en la sociedad. Sin embargo, esta debe ser una oportunidad para renovar los ideales y continuar la lucha por alcanzar una participación en todo ámbito con las mismas oportunidades en igualdad de condiciones que los demás, tal como lo refiere la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, instrumento adoptado por el Estado de Guatemala.

El modelo de vida autónoma que promueve el movimiento de personas con discapacidad está basado desde un enfoque de derechos humanos,  con el propósito que las personas con esta condición sean protagonistas de su propio destino y dejar en el pasado los paradigmas de prescindencia y asistencialismo,  a través del desarrollo de políticas públicas que impulsen una Guatemala para todos.

Un millón seiscientos mil guatemaltecos con discapacidad fueron testigos de este acontecimiento. 

La institucionalidad pública y el sector privado, con la asesoría del Consejo Nacional para la Atención de las Personas con Discapacidad (Conadi), son elementales para que el colectivo en referencia tenga nuevos logros.  Entre las principales conquistas del sector Discapacidad está la aprobación del Decreto 135-96, Ley de Atención a las Personas con Discapacidad; la ratificación de instrumentos de derechos humanos con enfoque de discapacidad, como la Convención Interamericana para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra las Personas con Discapacidad y la Convención Sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de las Naciones Unidas. Asimismo, la ratificación del Tratado de Marrakech y la Ley que Reconoce y Aprueba la Lengua de Señas en Guatemala.

En el marco del Bicentenario, continúa la búsqueda del reconocimiento a la igualdad de las personas con discapacidad, teniendo como objetivo la equiparación de derechos, mediante la armonización de las convenciones adoptadas por el país con la legislatura nacional y dar vida de esta manera al proverbio maya “Que nadie se quede atrás”.

Colaborador DCA
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COLUMNAS

2021

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Dr. Jorge Antonio Ortega G.

[email protected]

Entre aciertos y desaciertos, llegamos al Bicentenario de ser un país independiente. Son doscientos años de experiencias en el abordaje de nuestras oportunidades y problemáticas, así como de nuestros desafíos y amenazas en cada una de las épocas de nuestro pasado, que bien que mal hemos enfrentado con un solo ideal, la libertad de nuestra amada Guatemala.

Algunos vociferan que el Bicentenario no tiene razón de celebración, que no es y no se acondiciona a su bienestar ideológico o, posiblemente, es el desconocimiento de cada uno de los momentos que nos permiten llegar a este aniversario de la emancipación de la Corona española. Somos una concepción atípica de cómo logramos separarnos de la autoridad ibérica; imagine la incertidumbre de pasar de ser súbdito a ciudadano, de la noche a la mañana.

De construir un Estado en medio de la incertidumbre política, económica, social, militar y de las ambiciones de otras latitudes, por ser un territorio geopolíticamente estratégico. Visualizar el pasado de nuestro inicio como Estado es de suma importancia hoy día, toda esa experiencia se convierte en una plataforma para construir nuestro futuro. No es válido improvisar en el ejercicio de nuestra nueva oportunidad de desarrollar un proyecto de nación. Ya nos merecemos una patria con oportunidades para todos, pero es un esfuerzo en conjunto donde todas las fuerzas vivas aporten soluciones a nuestro destino, en busca del bien común. Es un momento para reflexionar y planificar qué destrezas y conocimiento necesitan las nuevas generaciones de guatemaltecos; ¿qué Guatemala deseamos heredar?, la Guatemala que soñamos, esa Guatemala que nos merecemos y a la cual nos debemos.

Imagine la incertidumbre de pasar de ser súbdito a ciudadano, de la noche a la mañana

Es en sí la oportunidad de construir un mejor futuro para todos, sin excepción alguna, donde demos lo mejor en beneficio de ese nuevo modelo inclusivo, donde el respeto a nuestras opiniones y profesiones sean garantes de ese derecho a expresar nuestro pensamiento, en una democracia joven que aún le falta madurar; somos una nación joven en comparación con otras y eso nos hace sinuoso el camino hacia la democracia, el progreso y la paz. Tenemos todo para ello: una posición geopolíticamente estratégica, un clima espectacular, bellezas y recursos naturales exclusivos en el mundo, una historia ancestral como herederos de la civilización maya, gente dinámica con mucha iniciativa y creativos sin límites, emprendedores y, sobre todo, seres humanos dispuestos a enfrentar el futuro sin miedo, a resolver las incógnitas del porvenir y desafiar las amenazas asimétricas de este tercer milenio.

Obstáculos siempre van a existir, detractores a los cambios también, pero eso nos obliga hacer más ancha la ruta a la construcción de ese nuevo proyecto, pensando en la seguridad, la defensa y el desarrollo en progresivo, hasta alcanzar ese buen vivir. Al final es nuestro destino como nación, lo consolidamos y nos subimos al tren de la posmodernidad o nos quedaremos viendo cómo otras naciones sin los privilegios de los guatemaltecos nos anteceden y alcanzan niveles de prosperidad superiores al nuestro; es el momento ideal de replantearnos los cambios necesarios, no todo lo existente es anacrónico o inservible, muchas de nuestras decisiones del pasado son válidas para hoy y el futuro próximo.   

Colaborador DCA
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O trabajar en una editorial

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Joseluís González 

Profesor y [email protected]

Más que profesionales expertos en hacer dinero vendiendo lo que sea, una buena editorial sigue necesitando hoy especialistas formados (formadas) en disciplinas humanas y técnicas. No vendría mal un máster útil.

“Querida Lucy: Escribí para ti este relato, pero cuando lo empecé no me di cuenta de que las niñas crecen más deprisa que los libros. En consecuencia, tú eres ya demasiado mayor para cuentos de hadas, y para la fecha en que se imprima y se encuaderne serás todavía mayor. Pero algún día tendrás la edad suficiente para comenzar a leer de nuevo cuentos de hadas. Podrás sacar el libro de algún estante de los de arriba, desempolvarlo y decirme qué te parece. Probablemente me habré quedado demasiado sordo para oír y me habré hecho demasiado mayor para entender ni siquiera una palabra de lo que me digas, pero seguiré siendo tu afectuoso padrino”.

C. S. Lewis (1898-1963) le envió en mayo de 1942 a su ahijada Lucy Barfield el manuscrito completo de El león, la bruja y el armario con esa breve y cariñosa carta que acabo de traducir. El 16 de octubre de 1950, cuando la novela se publicó en Londres, esas líneas se convirtieron en la dedicatoria. Fotos de esa época retratan a Lucy como toda una señorita de su tiempo: iba a cumplir quince primorosos años, quería ser bailarina y, sin saberlo, le prestó su nombre a la heroína del libro, a Lucy Pevensie, la primera niña en adentrarse en Narnia a través de un armario. Tras los abrigos que cuelgan de las perchas, se despliega el frío mágico que se hace blanco en ese reino donde falta el león Aslan. Que los niños crecen más deprisa que los libros podría ser la máxima de todo editor consciente. Y valiente. Han variado, es cierto, la manufactura y el proceso de engendrar un libro. Y de incubarlo. La rapidez tecnológica ha avanzado siglos en unos decenios.

Por editor se entiende hoy una vertiente doble.

Y la legítima aspiración de todo negocio de ganar dinero debe estar presente en una editorial. Aunque una criatura crezca más rápido que las hojas de papel o las pantallas que se suceden en un dispositivo, cada etapa requiere su tiempo. Se trabaje azuzado por la presión y los plazos o con parsimonia. Un libro necesita un equipo coherente de unas cuantas personas, no solo un autor. Y más, si se trata de ir engrosando una colección digna y un fondo con personalidad. Porque no es lo mismo editar una comedia del Siglo de Oro castellano, un cuento infantil, un manual de Bioestadística, una novela gráfica, una guía de viaje o un poemario o el catálogo de una exposición. Mantienen similitudes y algunas diferencias. Y no es lo mismo editar que vender. Siguen haciendo falta editores. Los graduados universitarios pueden aspirar a ejercer ese oficio de preparar textos (con palabras, imágenes, sonidos…) y trabajar para redondear los resultados. Increíblemente, tres mil editoriales declaran estar activas en España en estos tiempos nuestros.

Por editor se entiende hoy una vertiente doble. El inglés diferencia dos palabras: “publisher” y “editor”. El “publisher” es un gestor que se dedica empresarialmente a descubrir nombres y temas novedosos, a sacar libros asumiendo los riesgos financieros de la publicación. Decide qué títulos lanzar, necesita conocer el público y sus expectativas y preferencias y, por supuesto, la legislación de derechos de autor; tener aptitudes mercantiles y de organización para cualquier proyecto. 

“Editor” es en la actualidad también quien hace “editing”, o sea, quien revisa y prepara (y procura mejorar) el contenido del original, “con la anuencia del autor”. Este editor puede trabajar en una editorial o en una agencia literaria, o en un gabinete de prensa, en una multinacional, en un bufete… y no debe manifestar dotes solo para despiojar erratas en las pruebas, ni siquiera embalsamar cadáveres de textos sin reflejos de vida, ni cazar líneas huérfanas o viudas en una página o justificar por qué el nombre de origen hebreo Míriam lleva tilde en nuestro idioma. Además de esa imprescindible habilidad para captar los detalles y minucias, necesita más cualidades. Como en toda dedicación profesional, hace falta unir conocimientos, comportamientos y destrezas con rasgos personales. Lo complejo es precisarlos.

Colaborador DCA
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