El Palacio de los Deportes de la Ciudad de México fue el escenario para la adrenalina de heavy metal que inyecta Iron Maiden allá a donde va. El negro riguroso es la etiqueta obligada para recibir a una de las bandas insignes del género y del rock mundial. La fortuna de verlos en vivo es el aditivo que el destino nos celebra ante tal comunión. Sobre todo porque la primera fecha, la del viernes 27 de septiembre, no debió existir. Fue añadida a las del 29 y 30, que se agotaron, igual que esa tercera, a la que asistí.
Dieron las 21:00 y el discurso de Churchill de la II Guerra Mundial daba inicio al show. De pronto un avión con hélices giratorias se movía por todo el escenario y la banda saludó con Aces High. Aquello era una guerra y Maiden mostraba su arsenal. Una canción era un concepto teatral acompañada de solos estridentes, una batería cabalgante, un bajo punzante, y la voz y la presencia de Bruce. “Scream for me México”, decía.
Where Eagles Dare vino después y 2 Minutes to Midnight arrancó los más feroces gritos y alaridos. El épico The Clansman me maravilló la primera vez que lo escuché, y sentirlo tan vivo fue un mandato de resistencia ante la injusticia de estos tiempos. Está dedicada al gigante escocés William Wallace, dibujado como el zombi que nunca descansa, nunca se rinde, nunca jamás. El arpegio y el solo que evocan en el grito “Freedom” me conmovió intensamente.
The Trooper, otro de los clásicos de Eddie en un duelo de sables, siempre es alucinante. El escenario se transformó en iglesia y Revelations fue seguido por For The Greater Good God, The Wicker Man y The Sign of the Cross, cuyo común denominador es usar la religión como la manipulación del hombre sobre el débil. Flight or Icarus es la liberación de todo sobre una letra casi bíblica, con un destino trágico. Una oda a la rebeldía.
Fear of The Dark era infaltable. Dickinson, como un Diógenes de Sinope, describía su aislamiento y abandono. Aunque la canción habla del miedo a la oscuridad, Bruce le da otra dimensión y es fascinante. Siempre es bello saludar al gran actor Vincent Price en el intro del clásico The Number of The Beast. El escenario se encendió con miles de celulares, en vez de puños al aire y signos del rock, en la mano. Los tiempos cambian y no para bien. Finalizaron con Iron Maiden, de su primer disco.
El encore de The Evil That Men Do me deja con un desasosiego, y la eterna pelea del bien y del mal para la posesión del hombre. En Hallowed Be Thy Name, acerca del último día de un sentenciado a muerte y sus reflexiones existenciales, Dickinson lucha con la letra. Por momentos se queda sin aire, pero le ayudamos. Run To The Hills es otra de las infaltables, y con esta cerraron la presentación.
Aunque hubo fallos en el sonido y el Palacio no es apto para una banda de este calibre, se eriza la piel. A pesar que ya se ve el paso de los años en Dickinson, Steven Harris, Nicko McBrain, Janis Gers, Dave Murray y Adrian Smith, todos viven y mueren sobre el escenario y no se puede pedir más. Un show explosivo.











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