Javier Andreu Pintado
Catedrático de Historia Antigua
Es gracias a las inscripciones que sabemos que algunas féminas oriundas de ciudades como Cara (Santacara) o Pompelo (Pamplona) fueron esposas de importantes notables que sirvieron a la administración romana en la capital provincial, en Tarraco (Tarragona) donde sus maridos desempeñaron el flaminado, un sacerdocio elegido por una asamblea integrada por representantes de todas las comunidades de la provincia Tarraconense, una de las mayores del Imperio.
Así, Postumia Nepotiana, de Cara, fue, en torno al 130-180 d. C., esposa del flamen Tito Porcio Verrino, y Sempronia Placida, natural de Pompelo, lo fue de Cayo Cornelio Valente en época del emperador Marco Aurelio.
Como tal fue nombrada flaminica, sacerdotisa del emperador, recibiendo así honras públicas en el foro provincial. De su marido sabemos que sufragó los gastos de una carísima embajada de la provincia ante el emperador que, a la sazón, se encontraba en Pannonia, Serbia.
A esa misma elite influyente, pero a escala local, debió pertenecer Sempronia, hija de Firmo, documentada en una inscripción de Cara pero natural de Andelo y que pertenece a una familia, la de los Sempronios, que, en Andelo, contaba entre sus miembros con, al menos, un edil, Sempronio Caro, atestiguado en una placa en bronce también en el Museo de Navarra.
El aun exiguo repertorio escultórico romano en Navarra no incluye todavía representaciones de esas mujeres de la élite.
Si la mujer debía ser la garante de la excelencia y el prestigio familiar, debía “cuidar de la casa” –tuere domum– y “servir a los hijos” –inseruire liberos–, como recordaba Tácito, es lógico que algunas de ellas promovieran en sus propiedades rústicas grandes monumentos para exaltar a los miembros de su familia. Si así lo hizo Atilia Festa en Sádaba (Zaragoza), no lejos de Los Bañales, en un monumento que resulta todavía hoy imponente, también debió hacerlo una Valeria en las proximidades de Santa Criz.
Es más, de las algo más de treinta inscripciones funerarias romanas conservadas en el Museo de Navarra, casi la mitad fueron promovidas por mujeres. Ello no solo nos habla de su mayor esperanza de vida sino, también, nos ilustra cómo se comprometieron con visibilizar la estirpe de pertenencia y con hacer gala, a la vez, de su fecunditas, de su “fecundidad” como mujeres.
Caso singular es el de Antonia Criseida que, en la necrópolis de Santa Criz, la única que hoy puede visitarse in situ en territorio vascón, dedicó un monumento de envergadura a su marido Athenión que ostentó en la ciudad el cargo de dispensator, un prestamista público del que, normalmente, las fuentes ponderan su extraordinaria riqueza.
Lógicamente, hay casos en que son los hijos, como Lucio Emilio Serano en Andelo, los que honran a sus madres, en este caso a Calpurnia Urchatetel, cuyo cognomen remite a las lenguas vernáculas –varias y no solo la vascónica– habladas en territorio vascón.
No debe descartarse que el coronamiento en arenisca que exhibe el Museo de Navarra junto al felizmente recuperado togado de Pompelo y que conserva todavía dos huellas para estatuas –una de ellas con parte del calceus broncíneo–, perteneciera a una estatua doble, de un varón y de su esposa, miembros de la elite de la ciudad de los Carenses.
Al margen de algunas representaciones de divinidades procedentes de Sangüesa o de Los Arcos, el aun exiguo repertorio escultórico romano en Navarra –excepción hecha del sensacional conjunto de Santa Criz– no incluye todavía representaciones de esas mujeres de la elite.
Si esa obsequentia respecto del marido y esa pietas, esa “devoción”, respecto de los hijos se traslucía en los homenajes públicos, también ambas cualidades tenían presencia en el ámbito privado y, en particular, en dos universos que marcaron el día a día de la sociedad romana que, según Cicerón, creía que todo se regía con la intervención de los dioses en la vida de los hombres.
Continuará...










