Como se reiteró anoche, la suscripción del acuerdo entre los gobiernos de Guatemala y Estados Unidos, que permitirá modernizar y ampliar la comunicación estratégica del país, es más que un tratado en materia de infraestructura. Es, en esencia, el medio que asegura mejores condiciones y oportunidades para que este pueblo, sufrido y olvidado, crezca y prospere en un ambiente de seguridad.
Pero no es todo. Esta alianza consolida la relación entre dos naciones que están más unidas que nunca. Que trabajan mano a mano y comparten objetivos tan claros y dignos como la transparencia y la lucha contra la corrupción.
Este histórico convenio de infraestructura es, como se advirtió insistentemente, un proyecto de nación, con objetivos claros y realizables. Incluye la modernización portuaria y continúa con la rehabilitación de las vías férreas que, además de conectar las costas, posicionará a esta tierra como un centro logístico continental. El tercer elemento es la recuperación de los aeropuertos y carreteras. Toda una estrategia a largo plazo, que sentará precedentes imborrables, por su impacto social y económico.
Es importante advertir que las bases que se sentaron anoche, que empezaron con la visita del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, también tienen un sentido regional, dado el impacto que las reformas implicarán en el combate de la trata de personas, el tráfico de drogas y el crimen organizado
transnacional.
En fin, Guatemala y Estados Unidos ratificaron una relación histórica, que se basa en la confianza y visión compartida de los presidentes Donald Trump y Bernardo Arévalo, quienes se han propuesto llevar resultados concretos a sus dirigidos.
Conviene recordar que este proyecto de país no solo está abierto para todos los sectores, sino que precisa la participación de otros actores políticos. El Congreso de la República tiene en sus manos la aprobación de la iniciativa de ley general del sistema portuario, propuesta que vendrá a reforzar esta visión futurista de los gobiernos.
Pero hay que insistir. El acto de anoche, más que una ceremonia protocolaria, fue una señal inequívoca de respaldos y apoyos mutuos. De confianza y lealtad. La posición de dos administraciones democráticas, que defienden la libertad y la decencia.











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