Gente como uno

No pido ser recordado, ni por bueno, ni por malo. Como todo ser humano algún día abandonaré este valle de lágrimas y mi cuerpo sufrirá la natural transformación de la materia, sea que decida la incineración, o bien, despojarme de un poco de egoísmo y permitir ser comida para otros seres de la escala inferior: los gusanos.

No me interesan las estatuas postreras, ni los homenajes, ni reconocimiento alguno. Quizá solo alguna lágrima de un ser querido que bañe el recuerdo hermoso de los días vividos, de las penas compartidas, de las alegrías atesoradas como trofeos del diario vivir en una sociedad cada vez menos estable, menos solidaria, menos dispuesta al perdón, menos comprometida con los grandes intereses nacionales, menos armónica, menos tolerante.

Alguna vez escribí este pequeño poema: He visto pasar la vida/simplemente como el agua/sin detenerme a contemplar/si he sido mar/o he sido río/o quizá tan solo he sido/una gota de rocío/pero he visto pasar la vida/tan clara como he podido. A la altura de mis próximos 67 años, estoy más convencido de aquella valoración de entonces; y no pretendo cambiarla. Cada día salgo a la calle con la frente en alto, a ganarme el jornal de cada día, con los peligros que, como cualquier guatemalteco de a pie, debo enfrentar.

¿Por qué habría de cambiar mi hoja de ruta si me ha dado buenos resultados? Es verdad que no he sido un personaje relevante en la política nacional, ni en el mundo empresarial, ni en la high life o el jet set, ese mundillo que aparece en las revistas rosas y en las páginas de los periódicos y que se codea con la flor y nata de la realeza mundial. ¡Ja, ja, ja! A decir verdad, la ropa de casimir me produce alergia. Ustedes dirán que soy un tonto por no aspirar a dichos niveles de vida; y respeto su opinión, aunque no la comparto.

Nunca he pretendido acumular riqueza, quizá por ello, no me quita el sueño no saber con exactitud si comeré mañana; me interesa, eso sí, que mis seres queridos tengan el sustento porque es a través de su bienestar que persigo mi propio punto de equilibrio. ¿Deudas? Las tengo a montones y variadas: económicas, emocionales, sociales, y un largo etcétera; pero tampoco me quitan el sueño, porque sé que en la medida de mis posibilidades las solventaré, o cuando muera, los demás se olvidarán de ellas. Habré saldado cuentas con la vida.

He vivido con el espíritu de un alma libre; he sido un alma libre. Nadie ha podido encarcelar mi corazón ni mucho menos mi conciencia. Como todo ser humano he cometido errores, y muchos, mas no me doy golpes de pecho por ello, sino he tratado de aprender de estos, para no tropezar dos veces con la misma piedra. No tengo vocación de mártir.

Me encanta la poesía de Amado Nervo, especialmente aquel poema que refleja a gente como uno: porque veo al final de mi rudo camino/que yo fui el arquitecto de mi propio destino. El poema termina así: Amé, fui amado, el sol acarició mi faz/¡Vida, nada me debes!/¡Vida, estamos en paz!

Carlos Interiano