Final de un ciclo

La vida es una sucesión de momentos. Estos se interpretan o adquieren significado a partir de nuestra actitud ante ellos. La vida es también la sucesión de ciclos. De manera general si concluimos el período de infancia (en 2016, a días de haber nacido, fallecieron 1 mil 815 bebés, según datos tomados por el vespertino La Hora, y a su vez, información suministrada por el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social –abril 5 del año en curso–), pasamos al ciclo de la niñez, adolescencia, juventud, adultez, hasta los años seniles (tercera edad, según otra clasificación). En fin, todos ciclos como se puede apreciar. Hoy les comparto la columna 222, de un conjunto de aportes que se iniciaron a partir de la gentil invitación del apreciable y respetado amigo Héctor Salvatierra y renovado por el actual Director General y también estimable amigo Pavel Arellano.

Mi profundo agradecimiento a ambos por darme la oportunidad de contribuir, aunque sea modestamente, en el proceso de generación de opinión en el “Decano de la Prensa del Istmo”. Es un hecho de enormes repercusiones, pues sin caer en lo servil y panfletario, propio de los aduladores y los seguidores de estos, ofrecer reflexiones en el Diario Oficial del Estado de Guatemala, guardando equidistancia entre la subjetividad propia de cualquier autor, la médula de la coyuntura y el planteamiento en lontananza que es hacia las estructuras que nos tienen como estamos, no es nada fácil, en absoluto. Concluyo el presente ciclo como parte de los columnistas del primer día de la semana en tan importante medio de comunicación. No hay ninguna desavenencia de por medio. Concretamente es la presentación de otras oportunidades que me envolverán en su propia dinámica y los espacios para expresar mis puntos de vista se verán obstaculizados por la limitación del único recurso que no vuelve, del aspecto irrepetible en nuestras vidas, es irrenunciable además: me refiero al tiempo. La dinámica social guatemalteca se desenvuelve en medio de un conjunto de hechos que no terminamos de entender con precisión. Persiste un constante afán por hacernos creer que dejamos de ser nacionalistas al hacer de la corrupción y la impunidad una forma de vida que no nos incumbe. Que es de políticos, de mafiosos y nosotros no lo somos; se arguye. No obstante, al estar vinculadas esas prácticas con el manejo de lo público, nos concierne, nos impacta, nos lastima, nos hiere, nos mata. Espero que ese nefasto ciclo concluya pronto y ser rotas sus redes hasta perfilar hacia un horizonte verdaderamente democrático e incluyente. Finalmente, gracias por su atención y tiempo de lecturas. Humildemente, mil gracias apreciable lector.

Walter del Cid