Madre, te bendigo porque supiste hacer
De tu hijo un hombre real y enteramente humano.
Él triunfará en la vida. Se marcha y es el caso
De hablar de su regreso. Cuando seas volver,
En un día de fiesta, un viador que en la mano
Luzca joyas preciosas y haga notorio paso
Y ademán ¿insolencia, dinero o buena suerte?;
No salgas a su encuentro, puede no ser tu hijo.
Madre, si mirando al camino se acongoja tu alma
Y tras la tapia entonces asoma un caminante
Que trae renombre, espada poderosa,
Ceñida armaduras, en la frente la palma
De la victoria y gesto de sigamos adelante,
Por mucho que eso valga vale muy poca cosa
El poder de la espada, el oro y el renombre;
No salgas a su encuentro, puede no ser tu hijo.
Madre, si aspirando el aroma de una flor
En un día de otoño gris y meditabundo,
Oyes que alguien te llama y te dice: ¡Señora,
Allá por el camino viene un gran señor
Del brazo de su amada, conoce todo el mundo,
En la pupila clara trae la mar que añora
Y en su copa de mieles un sabor de aventura!;
No salgas a su encuentro, puede no ser tu hijo.
Madre, si en invierno, después de haber cenado,
Estás junto al bracero pensando con desgano,
Oídos a la lluvia que cae sobre el techo,
Y en eso, puerta y viento… Es alguien que ha entrado
Descubierta la frente y herramienta en la mano,
Levántate a su encuentro porque tienes derecho
de abrazar a tu hijo, de quien hiciste un hombre
que vuelve de la vida con el jornal ganado.











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