En el nombre de la rosa, de Connery y del joven Slater

Habiendo llegado a casi un año de haber comenzado a opinar acerca del cine, me dispongo a dejar constancia sobre The name of the rose, película acerca de los hechos asombrosos y terribles que le fue dado presenciar a Adso de Melken (Christian Slater) en su juventud, hacia finales del año del Señor de 1327. Que Dios me conceda sabiduría y gracia para ser fiel fanático del cine y hable como es debido de los sucesos que tuvieron lugar en una remota abadía del recóndito norte de Italia. Una abadía cuyo nombre parece, aún ahora, más piadoso y prudente omitir.

Ojalá mis palabras puedan algún día rendir un tributo como es debido a Umberto Eco, ese erudito que está detrás de la novela El nombre de la rosa. La película homónima, estrenada en 1986, es de esos clásicos instantáneos. El guión es tan genial como los actores y la puesta en escena. Todos tienen rostros demasiado curtidos, duros, como me imagino que fue esa Europa medieval e inquisidora.

Sean Connery es William de Baskerville, un franciscano cuya lógica y razón recuerdan a Sherlock Holmes y contradicen de alguna manera su condición sacerdotal. Es un hombre guiado por la lógica y la razón en la época más oscura de la humanidad: el medioevo. Él es un hombre que representa una amenaza.

“La única evidencia que veo del Anticristo aquí, es el deseo de todos de verlo trabajar”, William de Baskerville (Sean Connery).

La crudeza de los asesinatos en una abadía benedictina, junto con los misterios que las envuelven, hacen pensar a los monjes que el apocalipsis ocurrirá en pleno 1327. Pero Baskerville sabe que no hay nada de divino en los crímenes. Tiene razón y lo va a demostrar, así deba enfrentar a la Inquisición. De eso se trata El nombre de la rosa, una película medieval de detectives.

Pese a que soy un detractor de las películas dobladas, la versión en español americano de esta películas es muy rica en lenguaje y metáforas, pese a que se dan varias licencias narrativas. Además, las voces hacen suma justicia a la película original.

El argumento puede resumirse así: hay un libro de Aristóteles, uno que celebra la risa. Eso en épocas oscuras debe ser prohibido, so pena de muerte. El final de la película es el mismo que el del libro, un lema para que el espectador resuelva e interprete por su cuenta: stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus (“de la rosa nos queda únicamente el nombre”).

Decepción Fílmica: War for the Planet of the Apes

El trabajo de Andy Serkis como Caesar no se pone en duda. Ahora, el cierre de esta trilogía sí. He visto las nueve películas de este ícono del sci fi, pero aunque la película es entretenida, ofrece un final simplón. No la volvería a ver y creo que el origen del planeta de los simios cierra sin pena ni gloria, pese a la maravilla del avance tecnológico.

 

Gabriel Arana