Conocí a Manuel Barquín cuando era el alcalde de La Libertad, municipio del departamento de Petén –buen alcalde–, momento en que, además del giro ordinario de la alcaldía, se había echado sobre los hombros una importantísima tarea, lograr que la explotación petrolera llegara a ser para sus vecinos algo más que (como el chino, milando) ver pasar los camiones cargados de crudo, empeño en que prosiguió, años después, y entonces ya para beneficio de todo el departamento, cuando estuvo al frente de la Procuraduría General de la Nación en Petén, asesor y consultor de todos los órganos del Estado en el departamento y representante en este del Estado. Nombré a Manuel Barquín procurador de Petén, tal y como nombré también durante mi mandato como procurador general de la nación (18 de mayo de 1994-18 de mayo de 1998). Siempre he gustado de administrar y evaluar por resultados, tal y como me gusta también ser evaluado, y en el caso de los procuradores regionales y departamentales que me permití designar (no los había habido antes, concentrado todo en la capital), tal fue la forma de administrarles y evaluarles. Si un mandato no se da con los poderes suficientes, mejor ni darlo, y se dan estos poderes por razón de confianza: se confía o no se confía en el subalterno, y si no se confía, cambiarlo; malas consejeras en verdad –las medias tintas– en estos avatares. Manuel Barquín fue un gran procurador, y, con otros alcaldes que habían sido sus colegas, tal el caso de Teresita Casanova, en Melchor de Mencos, y de Julio Godoy, en Sayaxché y, en general, de todos los alcaldes peteneros hicimos causa común hasta alcanzar los objetivos. La carretera asfaltada La Libertad-El Naranjo fue posible gracias a Rodolfo Sosa, el abogado y representante legal de Basic (sector privado ), al procurador de Petén, Manuel Barquín, y al Ejército de Guatemala (sector público) y al campesinado del área (sociedad civil auténtica ) y, a tal extremo, que si algún día hubiera de dársele un nombre a esta carretera, en su momento el tramo más lago asfaltado en el departamento, bien merecería el de Sosa-Barquín. El Naranjo se encuentra en la Frontera con México, y no había en aquel entonces en aquel lugar aduana alguna. El embajador de los Estados Unidos Mexicanos me habló alguna vez en cuanto a la conveniencia de establecer una aduana “para evitar el contrabando”... No puede menos que sonreír cuando le dije al distinguido diplomático: “En esa área, querido embajador, no existe contrabando, sino libre comercio (y sin necesidad de tratado), ocasión que habré aprovechado para recordarle –me imagino– que el contrabando no es un tema aduanero sino –así lo ha sido siempre y lo sigue siendo– de seguridad nacional. El contrabando no pasa por aduanas. Manuel Barquín ha muerto. Su buen desempeño como alcalde de La libertad y como procurador de Petén lo llevaron a la política nacional, y esta lo llevó al Congreso, momento en su vida de luces y sombras: el sistema –en una u otra forma– determina, y en tanto no se cambie la forma de elegir a los diputados que integran el Congreso con la reforma del artículo 157 de la Constitución, a cualquiera que llegue le ocurrirá lo mismo. Muy distinto hubiera sido el mandato de Manuel Barquín como diputado si los diputados no se eligieran por listado nacional y por distritos electorales inmensos –cada departamento un distrito, con excepción del de Guatemala que tiene dos, tan inmensos como los otros– y los consecuentes listados distritales. Muy distinto su mandato si hubiera sido electo por un distrito pequeño, conocedor de sus electores y conocido por estos, el premio de la reelección, a los dos años de mandato, o el castigo de la no reelección, según su desempeño... Murió Manuel Barquín, inocente de los cargos que se le quisieron imputar y a pesar de ser inocente (ningún proceso podría haber ya contra él, después de muerto), decía, y de haber muerto inocente, murió en prisión –en prisión preventiva– sin que se hubiese probado que existiera peligro de fuga de su parte o de que pudiera entorpecer las investigaciones que se hacían, extremos jamás probados por el Ministerio Público –a este le corresponde probarlos– y sin que los delitos que se le imputaron –jamás probados– obligaran a decretarla o sostenerla. Los fiscales y la juzgadora deberán verse ante el espejo. Son varios ya los casos –trágicos casos– de personas inocentes que han muerto en prisión preventiva sin que se hubiera probado ningún peligro de fuga de su parte o de entorpecer las investigaciones y sin que los delitos que se les imputaran obligasen a decretarla o sostenerla, casos que deberían servir al menos –la vida del ser humano es irrepetible– para que otros seres humanos no sufran de esta infamia. El expresidente Colom recuperó su libertad –libertad bajo fianza– mucho tiempo después de que la pudo haber recuperado, retraso que se dio como consecuencia de una apelación del Ministerio Público que fue declarada sin lugar (el entorpecimiento de la administración de justicia, sin embargo, fue consumado) y, para ajuste, la libertad ya confirmada, había amenazado el Ministerio Público conque interpondría un amparo para impedirla... Basta ya de luz, de cámara y de acción, cual filmación de una película; el telón de la clac mediática debe cerrarse. La prisión preventiva debe ser excepción y no regla, y aunque la libertad no arrastre aplausos, debe concederse, salvo si lo impide el tipo de delito o si existen –probados– el peligro de fuga o el de obstaculizar la Justicia. Cuando la juzgadora reciba algún premio internacional o sea becada o se le invite como disertante (esto es algo que ocurrirá) bueno será que no olvide que - por decisión suya murió en prisión un inocente, ser humano que bajo fianza (esto hubiera asegurado su presencia en juicio) y con todas las limitaciones de movimientos, visitas y comunicaciones a que se hubiera querido sometérsele, hubiera podido morir como el inocente que era, y que es (su inocencia es ya inevitable) rodeado de los suyos, en su casa. Ojalá que la amarga lección sea aprendida, que también es corrupción la festinada administración de justicia. Descanse en paz Manuel Barquín Durán, inocente, procurador que fue de Petén. Los homenajes y reconocimientos, que conste, deben rendirse en vida, pero –afortunadamente en este caso– tuve el honor y la dicha de habérselos rendido: esta columna, tan solo un llamado a la reflexión, en su memoria.











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