El problema no es el Congreso

La política era una vocación.

El problema de la mala calidad de la política en Guatemala, no es el Congreso, ni son los diputados, ni los dipukids. El problema son los partidos políticos, o mejor dicho: la inexistencia de partidos políticos independientes, desarrollados organizados y con presencia territorial, con fuerte identidad ideológica y planes de gobierno con visión de Estado y nación. Esta debilidad se refleja en una militancia guiada por el oportunismo e intereses materiales, y en candidatos que tienen o consiguen los recursos para pagarse una campaña, no en quienes se ganan la candidatura en un largo trabajo partidario y se forjan líderes del partido en las batallas políticas.

En 2011 se puso de moda tener candidatos jóvenes, y entonces los partidos se fueron a la caza de patojos para llenar las listas de candidatos a diputados. Desafortunado. Los resultados los estamos observando ahora en el transfuguismo crónico y la pobre vida parlamentaria. Sin duda, los jóvenes son clave en la vida de los partidos, son la sangre nueva que no se encuentra bloqueada a compromisos, amarrada a intereses creados y favores espurios, de ahí su gran capacidad de emprender las transformaciones. Pero en la vida de los partidos, los jóvenes se forjan en la militancia, desde la talacha hasta la conducción, pasando por el estudio; comienzan desde abajo y pueden tener un ascenso rápido o no, pero tras probarse en la lides políticas.

Ahora la pregunta es por qué no tenemos partidos políticos en donde las candidaturas se ganen, se merezcan, sean resultado de méritos. La explicación está en diferentes causas, pero hay una central que resume los defectos de nuestro sistema político. La causa principal de que no tengamos partidos políticos está en el mismo diseño del sistema político de 1985, cuando se les dejó a la merced de financistas privados al no otorgarles financiamiento público, lo que significó darle las llaves del sistema a la élite económica tradicional, primero, y conjuntamente al crimen organizado, después.

Esta privatización de la política explica también la paradoja de que Guatemala tuvo partidos políticos institucionalmente desarrollados en la época de la democracia de fachada (el autoritarismo militar de los 1960, 1970) y ahora, en el marco de la supuesta democracia, no los tenga. En aquellos años, la política era una vocación, cuya principal recompensa era la satisfacción de luchar por ideales, no el engrosamiento de una cuenta bancaria.